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Blog de Gonzalo López Cerrolaza
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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2008. CON MI BOTE![]() El tonto con su bote, la tonta con su lata y enseñando el escote la tonta que me mata. Y yo aquí, tontamente, como si no quisiera, como si, torpemente, la voz no me saliera, de pie, tan estancado como el lago del parque, por siempre colocado con tan sólo mirarte.
Soy el que no se entera de que eres la primera, de que eres contrabando, de que eres mi quimera, el arco y la ballesta, el barco y la ballena, un narco que navega en charcos que se llenan; eres el pan, los peces, eres barro y arena, eres de chocolate, leche, azúcar, avena.
La vida atolondrada se me quedó parada al verte aquella tarde; el corazón me arde, me siento tan cobarde cantando esta balada.
Y yo aquí con mi bote, como un tonto cualquiera, un culo sin azotes, un coche por la acera; sigo dando la lata, sigo soltando el rollo, y metiendo la pata en uno u otro embrollo; sigo sin decir nada, sin ser impertinente, sin encontrar mi hada, sigo... por dar ambiente.
Sentado en la escalera veo pasar la vida, pasa la panadera al local de la vecina y corren Zipi y Zape que ya liaron otra y el Super a la TIA que anda en bancarrota y pasan Mortadelo, Carpanta y su bocata y, moviendo el trasero, la tonta que me mata.
La vida atolondrada se me quedó parada al verte aquella tarde; el corazón me arde, me siento tan cobarde cantando esta balada.
Pasa la Violetera y pasa Don Benito, pasan Pepito Grillo y el pillo de Pepito, un dos sin par, un niño, un tipo con alzheimer, una linda muchacha, un zombi o aftereighter, un dios, un jesucristo y dos o tres diablos, un caballo fugado huyendo de su establo;
y pasa su mirada pegada a su sombrero: Rafael Sarmentero, poeta y caballero, se lleva de la mano a la vecina guapa, a la que yo esperaba, a la que yo anhelaba, a la de los andares, a la que a mí me mata, me quedo con mi bote, y con la de la lata.
La vida atolondrada se me quedó parada al verte irte con Rafa; el corazón me arde, me siento tan cobarde... me pareció una estafa. ROMPIENDO MOLDES (O CÓMO HACER LITERAL UN DICHO CUALQUIERA) Entré decidido en la Boutique del Pan con las manos vacías y el dinero de mi hucha en los bolsillos, que bien cabía. El olor a pan horneado invadía todos los sentidos de las personas que se apilaban formando una cola de dragón gigante. “¿Quién es la última?”, preguntaba la señora que había entrado antes que yo. “Yo, la última soy yo”, le respondió un caballero trajeado con una ironía que salía contenta hacia el aire tras llevar un buen rato ahogándose por el nudo de una corbata rayada. Candeal, de Viena, chapata, magdalenas integrales, rosquillas, pan bimbo. “¡Me cachis en la mar salada, uno que se salva!”, pensé mientras cambiaba de pierna recta y de rodilla a doblar, que las colas cansan lo suyo. Un rato después, me encontré con un mostrador y un dependiente entre mi preciado tesoro y yo. “Buenos días”. “¿Qué hay?, pan de molde, todo el que tenga”. “¿Todo?”. “Eso he dicho”. “Aquí tienes, alhaja”. Pagué, sale caro el pan de goma, que así lo llamaba mi tío. Llegué corriendo a casa con dos bolsillos vacíos y tres bolsas llenas de mi futura víctima. El calor era un buen recuerdo que ya no podía pagar. El frío invadía todos los muebles y se mezclaba con el calcio de mis huesos, que debía ser poco, pues la leche tampoco era barata en esos tiempos míos. Saqué, una a una, todas las rebanadas de pan, construí cuatro torres unidas por murallas: un castillo de pan de goma. Lo destruí de una patada. Me senté en el suelo de hielo y escribí mi nombre con mayúsculas de miga. “Ya es la hora”, me dije. Prendí un cigarro, el humo no terminaba de distinguirse del vaho que despedía mi boca sonriente por el temprano cumplimiento de mi plan. Hice unas oes de humo y vaho y me puse manos a la obra. Disfruté como un enano desmenuzando, estirando, rasgando todo el pan. ¡Vaya si lo hice! En pocos minutos no quedaba una rebanada viva. Todo eran migas del tamaño de los trozos en que quedan los corazones de muchas personas que aman o amaban con la fuerza de un Sansón hasta un momento determinado, el mismo en que su amado rompió su corazón. Disfruté como un enano que se ve crecer. Disfruté rompiendo moldes. Ya podía decirme a mí mismo que, conmigo, rompí los moldes. |