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Cerrolaza

MATILDE, LA DEL TRABUCO

MATILDE, LA DEL TRABUCO

Matildita nació tras Alfredo y Kito, y creció junto a ellos como uno más. Eran casi como trillizos, estudiaban juntos, volvían a casa juntos, se peleaban con los Pérez, ¡ay, los Pérez, menudas pedradas se solían llevar puestas de sombrero!; y reían juntos, vaya si reían, hasta que les dolía la tripa y los dientes.

Para su séptimo cumpleaños, mamá Carmen le había comprado a Matildita una preciosa muñeca, la Barbie o la Nancy de la época, la había encargado con mucha antelación, en las rebajas de julio, y guardado con mucho cuidado en lo más alto del más alto armario, para que sus peques no la encontrasen cuando, entre juegos y risas lo revolvían todo y todo lo revolvían, que más que un juego aquello parecía un vendaval; hasta que llegó Noviembre y, un día antes de su séptimo cumpleaños, sus papás le preguntaron a Matildita: “¿qué quieres de regalo por tu cumple?” y Matildita respondió sin pensárselo, pues cuando se desea algo con todo el corazón, no hay razones que te detengan: “¡un trabuco de aire comprimido, un trabuco de aire comprimido!”. Y Alfredo y Kito, que estaban al lado, saltaron aplaudiendo por la acertada decisión de su hermana. Así que papá Ángel tuvo que salir aquella tarde de Noviembre, es posible que lluviosa y fría, a comprar el regalo que había pedido Matildita.

Aquel año, los tres peques mayores - ya habían nacido también Alberto, con esa cara de angelical y Alicia, con esa cara angelical – se lo pasaron entero jugando con el trabuco de aire comprimido. Matildita era la que mejor puntería tenía de los tres, así que era ella la que disparaba a las manzanas que Alfredo y Kito ponían sobre las cabezas de los Pérez, ¡menudas carcajadas!

Poco después nació Carmencita, en casa de los Cerrolaza Asenjo; Alfredo intentó cogerla en brazos, pero no le dejaron ese primer día, aunque luego se hartaría de cambiarle el pañal y cuidarla, como buen hermano mayor. Carmen heredaría de Alicia unos años después la muñeca guardada en lo más alto del más alto armario. Incluso Javier y Jaime, los más peques de la casa, llegarían a jugar con la muñeca disparándole unos dardos hechos con alfileres y palillos. Antes habían pasado dos guerras enteras, con los tres hermanos mayores, los inseparables, separados, y la parte más dura de una posguerra en la que Matildita se había convertido en Matilde, una bellísima mujer, y Alfredo y Kito habían aprendido a bailar con Josefina y Monste.

Del trabuco de aire comprimido nunca más se supo, seguramente se quedaría en Madrid cuando Matilde fue con Alfredo a vivir a Soria hacia el 40 o Kito se la llevó en su viaje a América para no echar tanto de menos a sus queridos hermanos; o, quizás, Matilde lo escondió en lo más alto del más alto armario durante varias décadas hasta que, ya octogenaria y tía de muchos sobrinos, allá por el año 2014, decidiese sacarlo a pasear: una mano en su bastón, en la otra su trabuco, recién engrasado y brillante, un pasamontañas negro en la cabeza, su hermano Alfredo a la derecha, sus sobrinos José, David y Óscar a la izquierda, armados hasta los dientes y con la cara también tapada, Laura aparcada fuera y con el coche en marcha, los relojes sincronizados. Una farmacia. Una sucursal bancaria. Alemania. Frankfurt. Deutsche Bank. Matilde, la del Trabuco, dispara tres veces al techo, ¡PUM, PUM, PUM! comienza a hablar y Alfredo, que lleva años estudiando para este momento, hace las veces de traductor…

FIN

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