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Cerrolaza

Algunos personajes de Claraboya 2

Algunos personajes de Claraboya 2

DANIEL BACH

 

Quiero recordar

aquel amor primero.

Caricias inventadas,

besos indecisos.

Miguel Bueno

 

“Venga, Clarita, invítale a un helado”, animaba Irene Gym a nuestra amiga pelirroja. Pero no se atrevía, Irene le sacaba un año a Clarita y era más lanzada, además, ella ya había tenido citas con chicos. Al final Clarita le hizo caso y le compró un helado a Daniel Bach, el chico más guapo de clase, del pueblo, del mundo - pensaba Clarita. Tuvo la mala suerte de tropezar mientras se lo llevaba temblorosa, de tal modo que el cono salió volando hasta aterrizar estrepitosamente contra la cara del niño. Clarita, muerta de vergüenza se levantó y salió corriendo con unas gotas de sal líquida en sus mejillas coloradas. Daniel Bach se limpió y salió tras ella. “¿Por qué has hecho eso?”, dijo muy enfadado y Clarita no sabía qué decir; en ésas, apareció Irene Gym y le dijo: “pero si te había comprado ese helado a ti, parece mentira que no se lo agradezcas invitándole a pasear por el arroyo, ¿es que no te das cuenta de que está coladita por ti?”. Clarita no sabía dónde meterse. Daniel Bach se quedó a cuadros, recapacitó, miró la preciosa cara llena de pecas de Clarita y, tras un momento de suspense, se atrevió: “Me encantaría ir a pasear a tu lado por el arroyo”, y le tendió su mano. “¡Vamos, mona, coge su mano y marchaos!” - ordenó triunfante Irene. Y se marcharon.

 

¡Qué paseo! El bosque estaba más precioso que nunca, el aire olía a fresas y el viento era una caricia. Las horas corrían, volaban. Los dos niños iban callados, nerviosos por fuera y felices por dentro. Al final, se sentaron a orillas del arroyo. “En cuanto os sentéis en cualquier sitio, te arrimas a él y le besas. Ya verás, vas a hacer que se desmaye” - eran las palabras que hacía unas horas habían salido de la boca picaruela de Irene Gym hacia su amiga y que, ahora, no paraban de dar vueltas y más vueltas alrededor de Clarita. Daniel Bach no sabía qué hacer, miraba las aguas del arroyo y miraba los ojos de Clarita y le parecían uno sólo; miraba sus labios, finos, rojos... debían saber a cereza, pensaba. De repente, oyeron un crujir de ramas a su espalda, eran dos de los hermanos Mer. Toni y Juanmi Mer, que andaban por allí y se habían acercado a meterse con la parejita. “Mira, Juanmi, si es el bueno de Daniel Bach”, dijo Toni. “Sí, jejejé, jejejé”, respondió Juanmi, que lo único que sabía hacer era reírse, de hecho, nadie le había oído nunca otras palabras que no fueran jejejé jejejé. Daniel Bach se incorporó y les pidió: “dejadnos en paz, iros a jugar a la pídola o a las canicas”. Y Juanmi Mer respondió: “Jejejé, jejejé”, mientras le daba un buen empujón a Daniel. Parecía que querían guerra. Clarita se puso en pie con una piedra en la mano, dispuesta a defender a su novio, “mi novio”, pensó y esas palabras sonaron en su pecho mejor que las magdalenas de chocolate que hacía su madre. En eso, se escuchó el grito de Melchor Mer, el padre de los molestos hermanos: “¡Toniii, Juanmiii, a casa ahora mismo!”. Melchor Mer era un hombre mayor, aunque menos de lo que aparentaba; era muy descuidado en su aspecto, siempre iba sin afeitar y con la camisa por fuera y llena de manchas. Se había quedado viudo cuando nació el cuarto hijo, desde entonces había hecho lo que había podido, cuidar solo de cuatro zagales y trabajar al mismo tiempo era más complicado de lo que a primera vista puede parecer. Y no lo había hecho nada mal, aunque sus hijos no le salieron todo lo educados que él esperaba. Aún así le hacían siempre caso y eso es lo que salvó esta vez a Clarita y a Daniel Bach de una posible pelea y un más que posible baño a deshora en el arroyo. Los hermanos Mer dieron media vuelta y corrieron a encontrarse con su padre.

 

Clarita y Daniel Bach quedaron solos y volvieron a sentarse. Daniel respiró tranquilo y Clarita soltó la piedra sin que él la viese. Entonces ocurrió, Clarita acercó su cara al rostro del muchacho, que aún pensaba en Toni y en Juanmi, y le besó. Sus labios se juntaron durante un buen rato. ¡Qué sabor!, ¡qué tacto!, ¡qué gusto!, pensaba Clarita sin atreverse a abrir sus ojos para que no se escapase el mágico momento de su primer beso.

 

Horas más tarde, ya anocheciendo, Clarita llegaba a casa y se colaba por la ventana para que sus padres no la interrogasen sobre dónde había estado hasta tan tarde ni qué había hecho. Subió al desván, junto a su querida claraboya sin saber que allí estaba su amiga. Irene Gym la esperaba ansiosa en su cuarto, escondida. ¡Zas! De un brincó que dejó pálida del susto a Clarita, se abrazo a su amiga. “¡Jajajajajá!, ¿cómo ha ido todo?, ¿le has besado?, ¿te ha gustado?, ¿a que es mejor un beso que unas natillas?”, Irene no dejaba un segundo de respiro a Clarita para que respondiese al bombardeo de preguntas. Clarita únicamente asentía con la mirada, hasta que Irene paró de preguntar y se sentó bajo la claraboya dispuesta a escuchar a su amiga.

 

Esa noche no durmieron, la pasaron hablando de chicos, de besos, de amores de adolescente que sueñan que saben que vuelan y que sienten cosquilleos al suspirar por los chicos. La claraboya las observaba callada, sonriendo al ver el brillo de los iris de las muchachas, el pelo moreno y lacio de Irene y el rojo y ondulado cabello de Clarita, mientras ellas entraban juntas de la mano a vivir su incipiente juventud.

 

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1 comentario

nofret -

Años únicos y maravillosos, tan mágicos como cortitos. La pubertad debería durar más, aunque después nos quede toda la vida para recordarla.
Un placer leer los fragmentos de tu Claraboya, Cerro!
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