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Blog de Gonzalo López Cerrolaza
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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2007. VUELVO ENSEGUIDA A las cinco y treinta y cuatro, una mosca me mosquea con un zumbido que poco o nada entiende de jazz; un coche en marcha, parado en la puerta de mi casa, juega con el insecto volador a ver quién puede más; ambos ganan, me voy a otra habitación a saborear el café de media tarde. Mi perro juega a lavar mis zapatillas con sus babas, les ladra, las lanza por el aire a ver si se bailan un tango, pero no le responden; mi perro no sabe que las zapatillas sólo bailan cuando yo no estoy en casa. A las seis menos cuarto, la mosca se ha ido a mosquear a cualquier otro y el coche, espero, que a algún aparcamiento cerca de la oficina de su maldito dueño; noto en mi lengua cierto sabor amargo y mi perro sigue, dulcemente, como un niño, intentando que mis zapatillas le cuenten el cuento de Los Tres Cerditos. Al fin se abre y se cierra la puerta. No ocurren tantas cosas en poco más de diez minutos y, sin embargo, me parece una vida entera cada vez que sales a por tabaco. COSAS DEL TRANSPORTE PÚBLICO![]() Resulta que el otro día me encontré con Rapunzel, la de las greñas hasta los tobillos, en una parada de autobús, pues va la tipa y me suelta: "chache, me molan tus cachivaches". Mis cachivaches no eran otra cosa que una caja llena de material de oficina, sí, de la mía... ejem, ejem... de la exmía. Acababan de recomendarme para unas vacaciones indefinidas en la puta calle. Y allí estábamos los dos, de pie, yo con mi caja de cartón y ella rebuscando entre las paponadas que contenía mi caja de cartón. Cuando llegó el autobús, ella dijo que me invitaba a un café y, todavía pensando en que ya podría haberlo dicho antes de estar un cuarto de hora esperando en la parada, acepté encantado. Rapunzel era un poco tonta, la verdad, se creía una princesita viviendo un cuento de hadas y dragones; además tenía la voz de pito, casi casi estrepitosa, pero, bueno, cuando me agarró del brazo y me empujó suavemente para que entrase con ella a su portal, hice oídos sordos a sus gritos, y la seguí. Ya dentro de su apartamento, me invitó a unas patatas de bolsa y a una cocacola... A la mañana siguiente me largué antes de que despertase llevando en mi mano un mechón de su pelo. Mientras esperaba en la parada de autobús, aparece una tal Cenicienta y me pregunta si no tendré en mi caja de cartón un zapatito de cristal, le digo que no creo, que lo busque si quiere y, como quien no quiere la cosa, acabamos descalzos en la cama de un hostal haciéndonos cosquillas en los pies, y en los labios. Al día siguiente, dadas mi negativa a pagar la cuenta y su falta de dinero, me marcho a la parada de autobús mientras ella se queda fregando los suelos. El maldito autobús seguía sin aparecer y en esto aparece la Bella Durmiente bostezando y se desmaya en mis brazos. Le di un par de tortas en las mejillas para que despertase, pero no había manera, así que, como era delgada y no pesaba mucho, me la llevé en brazos hasta el parque, allí la tumbé y, recordando el cuento, le di unas cuantas cosas más que un beso, para que despertase de todas todas. Y así fue. De hecho, no sólo despertó ella sino también sus deseos de pasar varias noches en vela a mi lado y, bueno, como soy tan caballeroso, pues no pude negarme. Tras la séptima noche en vela, tuve que echarle un par de valerianas en el vino para que se durmiese y me dejase marchar. Bostezando estaba yo en la parada de autobús, de nuevo, cuando una muchacha me susurra al oído que quiere ser manzana para mi boca. Y así pasé una mañana y una tarde junto a Blancanieves y sus... blancas nieves. Agotado por tantas chicas hermosas y fogosas, decidí coger un taxi para llegar a casa, cuál no sería mi sorpresa cuando me doy cuenta de que está sujetando la puerta del taxi una señora de muy buen ver y me pide compartir el viaje. Ya con el vehículo en marcha, me cuenta que ella es la jefa de mi ex-jefe, la Presi, que le acaba de despedir y que quiere que yo ocupe su puesto. Miro los ojos de esta Hada Madrina, intentando adivinar la razón que le habría motivado a hacer eso, pero no puedo evitar que mi mirada baje hasta su escote, ella se da cuenta y, excitadísima, se lanza sobre mí y me pide que le haga... unas carreras en sus medias. En fin, ahora soy el Vicepresidente de la empresa, sólo por debajo de ella (aunque a veces por encima) y me he comprado un piso enfrente de las oficinas, para no tener que volver a utilizar el transporte público. Pues resulta que el otro día, mientras cruzaba la calle... QUIERO GUIÑOS![]() No es de playa la arena que me ciega, ni es la Luna la que me hace soñar, no es cerveza, ni es vino de bodega, ni el parque de La Vega, son tus ojos de mar. Yo no busco tesoros escondidos; yo no intento hacerte naufragar; mucho menos prohibirte lo prohibido, sólo en tu piel bailar.
Nunca quise un harén de cumpleaños ni tampoco busqué la salvación; no pretendo subir veinte peldaños cuando pasen los años hasta tu corazón. Quiero besos robados a tus ojos; quiero guiños picantes de nariz; y estornudos de aquellos labios rojos; quiero todo de ti.
Sabes bien que te quiero sin palabras, sabes bien que en silencio digo todo, todo eres tú: tus prisas, tu mirada, la belleza, la noche, tus pisadas.
Yo no hago dibujos en la arena ni castillos de cartas o papel y no digo que tú seas mi sirena ni mi copo de avena, pero calmas mi sed. No deseo que suban mis acciones en la Bolsa del Día o Carrefour, y no doy pena a la guerra en canciones, porque no soy Mambrú.
No soporto aguantar cuarenta días sin comerte el desnudo, sin beber tus agüitas de mayo y fantasías, tu ataque a mis manías, mi batalla a tu fe. Quiero sal que dé vida a mis pecados, quiero ser tu capullo de alhelí, y volar por las calles maniatados; quiero todo de ti.
Sabes bien que te quiero sin palabras, sabes bien que en silencio digo todo, todo eres tú: tus prisas, tu mirada, la belleza, la noche, tus pisadas. ¡GLUSSSP!![]() Realmente no le resultaban soporíferos los documentales de La 2, de hecho, le encantaba ver imágenes de locos que acariciaban tiburones o echaban carreras a los guepardos mientras cosía los bajos a unos vaqueros o intentaba componer alguno de sus juegos de rompecabezas. Los puzzles nunca le gustaron, pero los dados con seis dibujos de los rompecabezas le pirraban; a su cachorro también, aunque el sabueso no intentaba conseguir el dibujo buscado, sino zamparse algún cubo como si de un hueso geométrico se tratase. Ahí estaba aquella tarde, con un pijama estampado con mil gatos y su par de calcetines blancos preferido, jugando, acariciando a su perrito y viendo a los animales hacer el animalito por la tele, nada le hacía imaginarse el inmediato y fabuloso futuro que la esperaba en el baño de su casa. El documental era de Óscar, memorable, no quería dejar de verlo. Al fin, tras dejar escapar como quien no quiere la cosa un lustro de pedetes, se levantó para hacer un pisito y una cacota, fue corriendo, ya que en ese instante un tigre estaba a punto de ser aplastado por un hipopótamo enano - algo muy curioso, según decía el periodista -, y nada más entrar en el baño, justo al ir a pisar la primera baldosa de porcelanosa… ¡aaahhh! el suelo se convirtió en una especie de blandiblú que tiraba de ella hacia abajo, como si pisase arenas movedizas… ¡Glusssp!, se escuchó en todo el edificio cuando el suelo terminó de tragarse el cuerpo de la muchacha. ¿Qué había bajo el suelo?, ¿un país de maravillas con un conejo gigante y soldados-carta?, ¿el infierno con sus hogueras y sus tridentes?, ¿una nueva dimensión como a la que fue Javier Lázaro cuando se cayó entre metro y andén en una estación en curva?, ¿la receta de la coca-cola? Jamás lo sabremos (tenga en cuenta el lector que el suelo del baño sólo se tragó a nuestra protagonista, no al narrador, por lo que a éste le resulta imposible saber qué fue de la dulce muchacha). El pobre perrito, quien al oír el “¡glusssp!”, fue muy preocupado a ver qué le pasaba a su amiga, tan sólo encontró un baño vacío y allí quedó: solo en el salón de la casa y sin saber usar el mando de la tele para apagar aquellos malditos documentales. Eso sí, antes de morir agonizando de documentalitis, se dio un gran festín con todos los dados de los rompecabezas que había en la casa. |