Cerrolaza |
|
|
Blog de Gonzalo López Cerrolaza
Temas
Archivos
Enlaces
|
Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2006. SOBRE TULIPANES Y CANES![]() Los soldados, en el campo, no dejan crecer las flores. Cuando dejaron de sonar las máquinas, habían tejido un manto de dedos, manos, brazos y otros restos sangrantes sobre el suelo flamenco antes verde y lleno de tulipanes. El suelo de Flandes no dice nada, porque, mudo de espanto, no puede abrir la boca. Si pudiese se tragaría esos cuerpos y volvería a dejar crecer las flores. Los tulipanes, como veis, a causa de la guerra, tienen que emigrar a otro país, con el consiguiente esfuerzo que supone a su tallo el éxodo y el cruce sin pasaporte de fronteras. ¿Qué hacer? - se preguntan los tulipanes ancianos. Los dependientes de las floristerías les intentan ayudar, pero no saben cómo. Ellos sólo entienden de ramos, sanvalentines y miradas de pétalo de rosa, de ésas que suavizan los corazones. Al fin, una idea surge en el correveidile con la cara llena de granos de adolescencia. Dos guardias civiles en prácticas divisan una patera y dan la voz de alarma. ¡Alarma! Y bajan todos, los de prácticas y los funcionarios más experimentados, hasta la playa y se mojan los pies - y las botas de charol, que decía Federico -, al saltar las primeras olas del amanecer para pillar por sorpresa la barcaza. Sus rostros se quedan atónitos al ver que la balsa no está llena de otra cosa que no tenga savia en sus venas y, como cambiando los papeles en la función, sueltan las armas y las linternas, y la mala leche, y dejan libres sus dos manos para abarcar más pétalos, y pistilos y estambres, y llevarlos al interior de Cádiz. Los soldados en el campo, durante su día de permiso, han descubierto la mejor manera de cortejar a sus amadas, para convertirlas en amantes. y arramblan con todos los tulipanes de Cai, por amor, dicen; los tulipanes no dicen nada, porque son seres muy callados, pero piensan en el futuro. Allá por el dos mil o el tres mil quince se rebelarán, harán su propia revolución. Entonces, no sólo acabarán con los soldados y los domingueros que destrozan los campos con sus fusiles y su sangre y sus manteles a cuadros y sus tortillas de patata, no, también acabarán con las ardillas, por bobas. Las ardillas, que saben el crudo final que les espera, deciden emigrar a otro país. Pero no entienden de geografía y, luego de un largo viaje en un camión lleno de fresas (y de ardillas), sólo llegan hasta el parque de las Tres Culturas, en Toledo. El Parque de las Tres Culturas, tras la revolución de los Tulipanes del dos mil o tres mil quince, es reconocido como parque de reserva natural (por las bobas de las ardillas y sus despensas llenas de avellanas) y sus puertas únicamente abrirán a los ministros visitantes y a algún que otro imbécil. Y mis hijos, o mis nietos, o etcétera, no podrán pasear al perro por el parque. Por culpa de los soldados. LA CABEZA LLENA DE PÁJAROS![]() No es que fuera un soñador, pero tenía la cabeza llena de pájaros. Literalmente. De sus cabellos se agarraban las patas de dos canarios, un ruiseñor y un cuervo; además, revoloteaban a su alrededor varias palomas grises y tres urracas. Ángel, que así se llamaba el hombre-nido, guardaba bajo sus cejas, bajo manchas de cagadas, plumas y picotazos, una mirada intensa, llena de odio y frustación. Los odiaba, a todos, aborrecía sus graznidos, sus gorjeos y piares; odiaba el batir de sus alas y sus patitas pinzadas a su pelo; y se sentía frustado, mucho, ya que nunca consiguió deshacerse de ellos. Se volvió insomne, pasaba las noches en vela ideando tácticas de batalla contra sus celestes inquilinos. Sin embargo, cuando ya hubo intentado todo para que se fueran lejos, al mismísimo infierno, desistió. Lo más que logró fue que migrasen unos meses, entre los seis y los siete años y los doce y trece, pero siempre volvían en primavera para convertir la vida de Ángel en el más triste de los otoños. Pasados los peores momentos: la infancia sin amigos, la adolescencia sin amigas, la universidad sin beca de estudios..., Ángel decidió dejar de odiar tanto y aprender a dormir tranquilamente. Y su mirada cambió a otro color. Suavidad y destellos de esperanza. Les puso nombres a todos sus pájaros, les hablaba por medio de un espejo para poder mirarles a los ojos, incluso llegó a echarse alpiste sobre la cabeza los días que alguno cumplía años. Por lo demás, Ángel era un tipo corriente, sacaba a pasear al perro por el parque, observaba con hambre despierta los traseros de las muchachas guapas, se ponía gafas de sol aunque estuviese nublado... Eso sí, nunca vio Los Pájaros de Mister Alfred ni leyó Los Santos Inocentes de Don Miguel. Vivió una larga vida llena de buenos momentos y de momentos para olvidar; no tuvo hijos, aunque sí se consideró el abuelo de muchas crías de canario, suiseñor, cuervo, paloma y urraca. Todos con sus nombres y apellidos, para distinguir. Cuentan que murió con una enorme sonrisa, luego de haber llenado con alpiste todos los platos y cuencos de su vajilla, escrito una nota con lágrimas de despedida y tumbado en el suelo bocarriba para ver a sus amigos revolotear lentos. Tenía una vida indiferente y solitaria; la despensa agotada hasta el punto de verse impecable, la cama espolvoreada de ausencia, los bolsillos y la hucha vacíos, y la cabeza llena de pájaros. A LA ORILLA DE LA MEZQUITA![]() Miri Las se sienta en la orilla de la Mezquita, aquel inmenso tiburón que siempre dice un treintaytrés ante las cámaras. Quizás sonríe - piensa Miriam - porque ha cumplido un siglo más sin que las guerras lo despojen de sus ropas de piedra, ni lo violenten extraños seres verdosos disfrazados de humano. Miriam siente el aire a bocanadas en su pecho cuando descansa sus piernas allí, cada semana. Sus piernas, ¡cuánto castigo acumulado en dos trozos de carne y piel!, ¡cuántas lágrimas de seda cayendo hasta sus pies! Nunca se han quejado. Son dos piernas bien educadas, y bonitas. Nico Am se estira en la cama levantando los dos brazos al techo, al nacer un nuevo domingo anaranjado; mientras, su mirada se despereza saltando de su ventana a la visión de la Mezquita, aquella vela enmascarada de ternura y de agua que suelta llamas a las nubes. Quizás escupe calor - observa Nicolás - porque desea chimeneas de besos cuando el amanecer se disfraza de mujer y un susurro de ternura le tumba los brazos. Sus brazos, ¡qué dos amigos y hermanos!, ¡cuántos tatuajes de heridas bailando al compás de sus lunares! Jamás dijeron esta mano es mía ni estos dedos suman doce. Son dos brazos bien acostrumbrados, y amables. Isa Fer acaricia las hojas desgastadas, casi otoñales ya, de su novela preferida, herencia de herencia del regalo de un amante. Junto a ella, los muros eternos de la Mezquita. Paredes de cánticos agazapadas bajo una luna amarilla pegada al techo violeta de Córdoba. ¡Cuánto amor contenido entre sus dedos! Doscientas treinta y seis páginas llenas de líneas horizontales que sustentan el único recuerdo alegre que conserva de su madre: “es para ti, y antes fue de tu abuela, se lo regaló su primer amor, su verdadero amor, unos meses antes de que se casase con tu abuelo”, después una mueca de nostalgia, después dos ojos soñadores de una niña, y luego el masaje de unos dedos sobre el papel. ¡Cuántas huellas dejadas sobre lo que nunca se imprimió!, ¡cuánto esfuerzo repasando una dedicatoria de amor a la sombra de un edificio que baila valses con el viento! En ningún momento soltaron un crujido señalando una parada. Son diez dedos con buen tacto, y sensibles. Nando Bel porta una niña por brazo. Sus pequeñas hablan sin parar y endulzan un aire pálido e inmóvil, como alabando el oficio del mimo. “¡Qué bonita!”, corean al unísono, y bajan de sus brazos para tocar con sus manitas la Historia, los siglos que no inventan. Fernando no mira la Mezquita, dirige sus ojos a sus hijas con el orgullo de saberse afortunado y la esperanza de volver cada año, mientras pueda, a recordar junto a ellas a su querida esposa, como ella le pidió antes de que esa sábana de hospital dejase de arroparla. ¡Cuántas lágrimas perdieron sus ojos!, ¡cuánto la recuerda cuando ve a sus peques corretear bajo esa red de rombos! Sus ojos no pestañearon en absoluto. Son dos ojos de miel de caña bien entrenados, y penetrantes. Una cámara sigue haciendo fotos, pero no a la Mezquita, que van a borrarla con tanto flash y clic-clac repetido. El otro, el que observa callado tras el objetivo, disfruta al advertir, bajo toda esa belleza construída, los paisajes de unas vidas exclusivas y entrelazadas por un lugar en una mañana de domingo. El otro concluye, tras su visita turística, que la Mezquita es penetrante, sensible, amable y, como dirá Anita, la hijita de mi amigo Pablo cuando éste la lleve hasta allí: “bonita”. EL COLOR DE LA NIEVEPor si alguien lo duda, la nieve suele ser blanca, como la leche y los espárragos (los espárragos blancos, no lso espárragos trigueros). Como las neveras blancas y las paredes blancas y como todas las cosas blancas, sobre todo, las cosas blancas como la nieve. DE LA CABEZA A LOS PIES![]() Eche un piñón, dos almendras, media cáscara de huevo, una avellana y dos pepitas de sandía. Ya tenemos su boquita, los ojos - elija el licor que coloree las almendras a su gusto -, la nariz y los lunares y, del huevo, la barbilla; receta de una mujer de la cabeza a los pies. Machaque pelos de un coco con cáscara de melón, teñiremos su cabello con yema de huevo al sol, o bien con pimienta negra o con rojo pimentón. Eche tres plumas de cisne que, suaves, crearán su cuello, desmenuce un aguacate para el tacto de sus hombros; los brazos, los antebrazos se harán con masa de plátano y fresón. ¡ay, las palmas de sus manos!: mandarinas y papayas; y la piel se hará de aceite… mmm... de girasol. Los pechos se harán al gusto, pero no podrá faltar el sabor de las cerezas ni el azúcar de un helado de turrón. El ombligo es cosa fácil: una rosquilla de anís, diminuta, agazapada, temblando para no desmenuzarse, como esperando la nieve de enero. Receta de una mujer de la cabeza a los pies. Use luego la ternura de un buen cordero lechal, tendremos los firmes muslos; ¿las rodillas? Eche un par de níscalos maduritos; ¿los tobillos? Ponga huesos de melocotones rojos con su piel tan fina y tersa alrededor; La dorada es por su carne, firme, blandita a la vez, tendremos ya los gemelos; sólo nos faltan los pies - y no, estimado lector, aquí no hablaré del queso de Roquefort -, los pies se harán horneando dos berenjenas sin piel, una pizca de limón y sémola de maíz; receta de una mujer de la cabeza a los pies. Me dirán: “¿y el corazón?”, miga de pan de chapata, aunque falta ese toque de locura, esa enorme sensatez, esa fuerza de diamante y esa mirada que mata y, a la vez, te hace vivir. Eso, estimado lector, debe ser una gran secreto guardado por abuelitas, como mapa de tesoro de corsarios y piratas, porque no encontré receta que componga a una mujer… de la cabeza a los pies; y, sin embargo, encontré una mujer a mi lado, que completa mi receta, y que cocina en mi cuerpo sólo con pensar en ella, el sentir que soy feliz y el saber que estoy completo, de la cabeza a los pies. |