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Blog de Gonzalo López Cerrolaza
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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2006. CAMISETA DE BRUJA![]() Caminaba yo por esa cosa gris que bordea la cosa negra por la que pisan los coches para que no me atropellase ninguno, que me lo ha enseñado Pakito y las cosas que enseña Pakito van a misa aunque no sea domingo, cuando de repente, ¡ZAS!, ¡qué golpe! “¿Es que no me has visto?”, me pregunta una voz de azúcar. Y no, ¡ay, despistado de mí!, no la vi. Ni a ella ni a su preciosa brujilla pintada en una camiseta de ésas que ves y te encantan, y te encantan y deseas que no existan, porque lo que debe existir debajo seguro que es mucho mejor. “Perdona, soy un poco torpe”. “Estás perdonado. Te invito a un café en mi casa”, pero no, no os hagáis ilusiones de sudores y besos aturullados mientras las prendas de vestir caen al suelo, a las sillas y a las mesas al ritmo de una canción cualquiera en una tarde estrellada de nubes: la invitación era para otra persona, la misma con la que conversaba por el móvil. Siguió su camino, pude ver su precioso corazón con forma de culo mientras se alejaba. La vida es una rueda que rueda y va recogiendo a su paso semillas de agua de mar, y a torpes como yo. A los pocos días, seguía yo pensando en la camiseta, de verdad, no pensaba en la chica que la llevaba, bueno, también pensaba en ella - ¡ay, lectores míos!, sabéis que no puedo engañaros -, pero en cosas distintas. El caso es que la brujilla se parecía a mi maestra Doña Luciana. Doña Luciana era una maestra de las que te acuerdas toda la vida, de las buenas, pero tenía una pinta de bruja que, bueno, todos nos preguntábamos cómo era posible que no la hubiesen quemado ya en la hoguera. Recuerdo que Doña Luciana callaba cuando otros profes hubieran gritado y sonreía lenta cuando nos equivocábamos, como si a ella le hubiese pasado lo mismo en su niñez. ¡Como si los profes creciesen! ¡Qué va! Los maestros no crecen, no envejecen, nacen así, con miradas serias y entrenados para cerear y para cerear peloteramente, al menos a mí, que cuando veía un dos en un examen era porque se habían equivocado al entregármelo o me lo habían dado para que se lo pasase a un compañero. En fin, terminé por deducir que la brujilla de la camiseta era realmente Doña Luciana: la preciosa chiquilla que la portaba sería su hija, ¡claro!, llevaba la camiseta de su madre que su padre o tía hortera le había regalado por su cumple en lugar de la blusa que ella deseaba. Lo bueno era que yo sabía dónde vivía Doña Luciana. Decidí ir a “pedir de salir” a su hijita, así como quien no quiere la cosa, pero que lo desea más que nada. ¡Jé! Salté al autobús, me estampé contra la puerta cerrada, caí al suelo y un señor cualquiera que pasaba o paseaba por allí me echó un par de monedas cuando le extendí la mano para que me ayudase a levantarme. Con las dos monedas y el billete de 5 que había ganado en la pizzería - ¿os había comentado que soy pizzero?, pues sí, hago unas hamburguesas de lujo -, opté por subirme a un taxi hasta la casa de Doña Luciana y luego, al quedarme sin un chavo, pues que pagase ella los gastos de la cita, que yo soy muy moderno y no comparto esa idea de que los hombres paguen todo, más que nada, porque entonces no tendría dinero para ir de citas. Llegué, llamé al timbre, ¡me abrió la puerta la chica! Sí, llevaba puesta la camiseta, me invitó a pasar con una sonrisa pícara y me besó. Así como lo oís, me besó, a mí, al menda, me dio un besazo de los que no se pueden contar, así que… no os lo puedo contar. Después me dijo: “quiero que me tutees con tus manos” y yo le respondí: “¡qué cursi que eres, hija!”. Entonces las prendas de vestir cayeron al suelo, a las sillas y a las mesas al ritmo de una canción cualquiera en una tarde estrellada de nubes. Pasamos la noche en vela con mil velas de miel encendidas y la mirada de nuestro tacto en los lunares, la piel y los labios. Estuvo muy bien, por una vez no fui torpe, aunque aún sigo sin saber si esa chica era la hija de mi maestra o, en realidad, la bruja de la camiseta rejuveneció por una noche a Doña Luciana con su magia. ¡Glups! YAPIYARIOCHIPI La Navidad es como Agosto, pero mucho más fría. Y más corta. Eso es lo que dice nuestra hija. Sin embargo, yo sé que tiene algo más, aunque no sé expresarlo con palabras, porque si lo tuviese que expresar verbalmente, sólo sabría decir: “yapiyariochipi”, y ésa no es una palabra que se encuentre fácilmente en los diccionarios. Yapiyariochipi es como una ola que mece al bebé y como la caricia del amante en las mejillas; como un suspiro, unos labios en curva que te miran y te tranquilizan o la mirada del abuelo que te ha vuelto a pillar en un renuncio y te perdona, o no te perdona, porque no tiene nada que perdonarte, como buen abuelo que es. Yapiyariochipi es una caracola que despierta los abrazos y emponzoña los pesares para que se duerman por un día, por un siglo. Y pasa el 25 y llega la Nochevieja y el nuevo año y, entonces, te das cuenta de que ya no hay más yapiyariochipis, si acaso algún reflejo en las palabras de los que amas, hasta dentro de doce meses.RISAS DE HIENA![]() La hiena no tiene casa, ni chalet en primera línea de playa; no tiene tele, ni radio, ni conexión ADSL. La hiena no saca a su hijita la hienita a pasear en su charricoche de bebé, ni bebe J&B con hielo en vaso de tubo. La hiena no celebrará el fin de año ni se hará propósitos incumplibles para el nuevo año. La hiena no sabe de cenas románticas a la luz de las velas sino de festines a base de carroña y ardillitas heridas. La hiena nunca ha podido limpiarse las manchas que le dejó el betún de las botas que la pisoteaban casi recién nacida. La hiena no puede estarse quieta ni poner cara de póker cuando juega al póker, o cuando echa un órdago al mus. La hiena pasa hambre y miserias y ningún niño la quiere como animal de compañía, por eso su nombre jamás podrá leerse en una carta a Papá Noel o a los Reyes Magos. La hiena estorba a la otra hiena, que tiene más hambre que ella. La hiena nace, no crece demasiado, se reproduce si tiene suerte y muere en lo más hondo de la indiferencia humana. ¿De qué coño se ríe la hiena? |