Blogia

Cerrolaza

TORPEZA

TORPEZA

 

Cuidado no camines delante de mis ojos

no vaya a tropezarme mirando tus andares,

cuidado no me beses con esos labios rojos

que soy capaz de ahogarme en tu boca de mares;

y no es que no pretenda ser tu fiel pretendiente,

tampoco es que no quiera poder querer quererte,

tan sólo es que soy torpe como un pobre torpedo

que no explota y no explota, aunque ha caído al suelo.

 

Me dices que me calle, que quieres más acción

que te vas al trabajo si doy pie a la razón,

que ya tienes marido que te cante cuarenta

o más cosas insulsas, que perdiste la cuenta,

que lo que te apetece es disfrutar los cuerpos,

que me tape la boca jugando con tus senos;

 

y no es que yo desee nadar contracorriente

pero, cariño mío, me siento diferente

quizá estoy algo obtuso, quizás convaleciente,

pero es que no me pongo, y me siento impotente;

quizá soy sólo torpe como un pobre torpedo

que no explota y no explota, aunque cayó del cielo.

 

Te vistes aburrida de tanta palabreja;

me dices soprendida: ¿acaso me ves vieja?,

¿acaso no comprendes lo que es una aventura?,

¿acaso es que prefieres ser célibe cual cura?,

¿acaso sientes algo profundo en tu interior?,

porque, Gonzalo, nunca hemos hablaó de amor.

 

Y no es que ahora, carajo, me sienta adolescente,

me cosquilleen las tripas, te vea constantemente,

tan sólo es un mal día, una mala mañana,

espero que no dure más de una o dos semanas.

Será que mi torpeza, como en cualquier torpedo,

borracha de cerveza, explota a medio tiempo;

será que la torpeza se me volvió tan loca

que salto de oca en oca y ya no me provocas.

 

Yo que hice seminarios y másters en Santiago

sobre amores eternos efímeros cerrados;

yo que no quise nunca amar constantemente,

me siento tan sentado, pensando transparente;

será que mi torpeza me hizo enamorarme

de mi mujer, cariño, y ahora voy a marcharme

con ella, con sus manos, y tú ya no me esperes,

lo siento pero ella, quizás, aún me quiere.

APUESTA VIDAS

APUESTA VIDAS

 

Casi cincuenta años

bajo la sombra de su bigote, ella;

sobre las curvas de sus rodillas, él;

una mesa coja, regalo de boda,

y siete comidas a repartir en otros tantos días.

 

Y no estoy hablando de amor.

 

Dos hermanos hijos de un mal portero;

el mayor cambió sus vidas,

el menor, al movimiento desapercibido,

como las hojas o las bolsas del Día (cinco céntimos de plástico),

se balancea en un huracán enano que gusta del baile lento.

 

Y no estoy hablando de amor.

 

Cien sueños desesperados

enterrados en rutina y besos incoloros,

igual que el agua de abril

cuando se ha pasado la adolescencia.

Y el paseo de los domingos sigue temblando

con un nudo en la garganta,

sin voz, sin sabor, sin agüita de mar ni de océano.

 

Y no estoy hablando de amor.

 

Bodas de hijos, nietos, perros,

alergia a los gatos y abandono de estudios,

empleos y cuberterías de Ikea,

cuando el tiempo se pierde jugando a ser un niño

que corre y vuela y salta sobre los charcos del horizonte;

no hay vuelta de hoja

ni divorcio de las autopistas que surcan las caras

alegres, amargas,

a veces, a ratos,

de una pareja en la que han nacido el respeto,

el tiempo y el pasado.

 

Y no estoy hablando de amor.

 

Luego, la memoria

- jugadora empedernida de póker -

apuesta vidas sin pestañear

y pierde seis veces pensando en un tres doble a los dados,

pero las cartas no tienen forma cúbica

y el olvido es un crupier con muy buen porte.

La banca siempre gana.

 

Y no estoy hablando de amor.

BATRACIOS

BATRACIOS

 

Las puertas de un país ensombrecido,

con muro ceniciento no barrido,

se cierran con llave a la misma hora

que despiertan al ojo dormido

bajo un techo con goteras de aurora.

 

Y dícese de ellos diligentes

- de un corcho no parecen diferentes,

sus cuernos de alcornoque sin encanto

lucen como pinturas fluorescentes -,

que engañan o engañados, monta tanto.

 

Donde dijeron "digo", dicen "dijo"

y acusan al que es pródigo o es hijo,

no hay vuelta de una tuerca que se enrosque

más que su vil serpiente contra fijo

o móvil, transparente ven el bosque.

 

Desmienten que algo fuese verdadero,

que es cierto, pero incierto fue primero,

y estrellan, boca a boca, sus migrañas,

sus entradas de mar de calvicie de enero,

sus enredos de postal, sus telarañas.

 

Hoy prohíben en sueños hasta el tabaco,

si fumas serás el hombre del saco,

recuerdos de un Chicago adolescente,

recuerdos de los polis contra el caco,

recuerdos de un respeto algo incoherente.

ACCIDENTE EN MADRID (SONETO POLISÉMICO)

ACCIDENTE EN MADRID (SONETO POLISÉMICO)

Para el Empecinado, que sé que le gustará 

 

Monótono es jugar al claroscuro

de símiles buscando alguna cura,

por dios, nadie me traiga hasta aquí al cura

de túnica febril color oscuro.

 

A ratos el adverbio cae al suelo,

a veces el sonido nos enferma,

a veces la melodía se merma,

me enervo alguna vez, aunque no suelo.

 

Repito ese ojalá, fueses o vayas,

el puente escuchará maullar al gato;

con un puente estrellé contra las vallas

 

este auto, ¡por favor, traigan un gato!,

al móvil pido ayuda y como bayas

del madroño que me hizo nacer gato.

EL ALMA TORPE (El Lechero y el Diablo)

EL ALMA TORPE (El Lechero y el Diablo)

Fue una noche singular:

nadie lo vio exactamente,

pero saben que el lechero,

harto de mil sueños rotos,

se fue hasta el cementerio.

 

Allí, con pala, a cavar

hasta agrietarse las manos,

hasta tocar los gusanos,

hasta en el infierno dar.

Llegó y firmó tres contratos

con sangre y ojos de sal,

mirando de frente al mal,

al que temen los beatos.

 

Uno para abastecer

de leche la tierra toda;

otro para merecer

a la amante de su boda;

y otro para no caer

con su cántaro de nuevo

- “que soñar es lo que quiero,

ten mi alma, Lucifer” -.

 

El diablo, sonriendo,

que se fortaba las palmas

pensando en la nueva alma

blanca y limpia del lechero.

Y tan contento iba él,

saltando por sus infiernos,

que no vio la piedra en medio

y se cayó en un traspiés.

LUCIÉRNAGAS

LUCIÉRNAGAS

Un Camarón resplandeciente

con la risa del viento

                                  y la cerveza

como al mirarte

pintando a carboncillo

tus pisadas.

 

Un Camarón de foto amarillenta

con el color azul

                           de sus palabras

manchando, levemente,

tu comisura

                                      y tu barbilla.

 

Un Camarón sin voz ni cante hondo

sin labios empañando la mampara

                                                       frente a tu ducha

dormida en albornoz

bailando sueños

                           tan pegados. 

Un Camarón por siempre

entre cigarros

                            humo y guitarras

aquí, contigo y nuestro,                           ¿no las oyes? 

Luciérnagas en vela

sin hacer el más mínimo ruido en esta noche.

A BOCADOS

A   BOCADOS

Distingo

lo que quiero y lo conveniente

dictado por nuevas corrientes;

llanamente... importa poco

ser resplandeciente

o estar medio loco.

Sentirnos fuera de lugar,

no vernos como ellos querían,

las manos varían constantemente

de lunar.

No ha venido el coco

ni el hombre del saco

y muy raramente

hay bajo la cama

un susto del alma;

claramente, ciertamente

no mires al suelo

que estoy en el cielo.

Lentamente, sagazmente,

los labios descubren

lo poco corriente.

Divierte

la forma en que te levantas,

el modo en que me recuesto,

trae la manta;

desnudos

sobran los bostezos;

que me tienes loco;

gerundios del cuerpo y las manos

conversan sin decir ni pío

a bocados.

Descubro

dos lenguas que hablan mil idiomas,

sin saber de la pausa de las comas,

inconscientes.

No busques fantasmas

si no es en mi espalda

a bocados;

claramente, ciertamente,

no ahorraremos besos

ni amor gastaremos.

Lentamente, sagazmente,

los labios descubren

lo poco corriente.

El cuadro es de Jacqueline Klein

LA ENREDADERA (para los Cerrolaza Gili)

LA ENREDADERA (para los Cerrolaza Gili)

Trepó, trepó y trepó por la enredadera; debía subir a lo más alto del muro para lograr divisar ese paisaje que tantas veces le habían negado unos labios. Ese conjunto de curvas, círculos, triángulos y rectas que lo formaban eran el sueño de cualquier estudiante de bachillerato y, seguro, a través de una ventana semiopaca de vaho, desde el muro podría observarlo.

Las ocho es una buena hora para darse una ducha o un buen baño de espuma y para no pasear por una calle oscura de farolas estropeadas; las ocho es una luna casi vacía de queso y rebosante de coñac; las ocho es la hora de las brujas cuyo reloj marca las doce a todas horas y lanzan sus escobas por el puente. Óscar no sabía que las enredaderas tienen pinchos de rosal en agosto; sus manos se iban tiñendo, poco a poco, del mismo color de su barba y sus pecas. Matilde se lo había dicho muchas veces: “tienes barba de demonio, pero sólo cuando te acercas a lo prohibido. Cuando te portas bien, tu barba es siempre de fresa y mermelada de naranja amarga, como la que hace la tía Carmen”. Así que estaba claro que, esta vez, Óscar tenía barba de fresa y mermelada de naranja amarga, pues el mundo que descubriría cuando llegase a lo más alto del muro no podía ser, para nada, una cosa mala. Sin embargo, por más que ponía una mano encima de la otra y un pie sobre el otro pie, la enredadera parecía tocar siempre el horizonte, ¿dónde se escondía el techo del muro?, ¿qué arquitecto habría diseñado sobre un plano altura semejante? Óscar trepaba, trepaba y trepaba por la enredadera…

“¡Baja de ahí, que te vas a hacer daño!”, comenzó a gritar Guillermo al darse cuenta del asunto en que andaba metido su hermano y del daño que podría hacerse; Guillermo era el hermano mayor y, por tanto, el más alto y serio cuando hacía falta, y el de la mejor de las sonrisas cuando ninguno de sus hermanitos andaba en algún embrollo o cuando se encontraba cerca de los ojos de María Luisa. “¡Te digo que bajes de una vez!”, volvió a gritar Guillermo, preocupado. Óscar, le chistó para que callase, no fuese a darse cuenta ella, al otro lado del cristal de la ventana, al otro lado de la toalla de rizo americano. Mientras, César, quien había llegado junto a Guillermo, intentaba divisar la cima del muro, el final de la enredadera. César no lograba comprender cómo una planta era capaz de romper la lógica de la flora y ser tan… tan gigante e inalcanzable. Y llamó a Celia, ella seguro que podría resolver el problema. Celia era cauta y ordenada en las ideas y siempre tenían sus labios ese brillo infantil que empuja a resolver cualquier incógnita. La incógnita ahora no era otra que averiguar qué iba a hacer su hermano Óscar para bajar de esa planta que parecía crecer y crecer a cada momento, como si hubiese salido de una habichuela mágica de las de Juan o de un hueso de melocotón gigante de los de James.

 Después de dar vueltas y más vueltas en círculo con las manos agarradas en la espalda, pensado, Celia llamó a María y ésta a Elena. Ellas pidieron ayuda a Alfredo, a Iñaki y a Lorenzo, que andaba en chandal, pues debía estar haciendo footing, supongo. Lorenzo era un joven soñador y jovial que siempre andaba tarareando alguna de las melodías de Coltrane o de Parker, se había hecho un saxofón a base de cartulina amarilla - dorada, decía él - y siempre lo llevaba colgado al cuello, escondido bajo la chaqueta de su eterno chandal para que no se le escapase la música. Iñaki, por su lado, era un chicarrón del norte, fuertote pero afable, y Alfredo tenía la valentía en la mirada siempre que se le necesitaba; ambos acudieron enseguida a la llamada de sus niñas, sintiéndose caballeros andantes y sintiéndolas a ellas sus princesas. A todo esto, Óscar había seguido trepando, trepando y trepando casi hasta tocar las nubes…  

Ana estaba metiendo en el horno de los abuelos las magdalenas. “Con cuidado, Anita, despacio, no te quemes” - tía Mati siempre tuvo esa costumbre de llamar a sus sobrinos en diminutivo, para diferenciarlos de sus padres y tíos, decía, aunque no había ninguna tía llamada Ana, pero era igual -. “Tenemos que darnos prisa, tía, mis hermanos ya estarán a punto de llegar para la merienda”, se justificaba Anita mientras miraba las magdalenas con ese punto de imaginación que las hacía convertirse en una cama de algodón de azúcar caliente, ideal para dormir todo un día de vacaciones o, mejor aún, de colegio.

A los pies de la enredadera, eran ya once los muchachos - acababan de unirse Miguel, María Luisa y Alicia, que eran los encargados de avisar a los hermanos de que la hora de la merienda había llegado -, que observaban a Óscar el escalador, ya casi perdido en el horizonte del cielo azul. Óscar había subido tanto que la ventana llena de vaho por la que quería ver a su amada, quedaba muy abajo. La enredadera le obligaba a subir como por arte de magia. Abajo, César se disponía a subir ayudado por Miguel, pero Guillermo los paró en seco, “no querréis sumar dos al uno que anda en peligro, ¿verdad?, debemos ayudar a Óscar antes de que padre se entere”. Alfredo pensó en buscar un hacha y talar la planta infinita, pero Celia lo detuvo con un mínimo movimiento de sus cejas, no, aquello no era una buena idea, Óscar podría caer y espachurrarse contra el suelo. Y así, el tiempo iba pasando…

“¿Dónde estarán estos niños?”, se preguntaba tía Mati con ese cariño que la caracterizaba, mientras miraba preocupada a Ana, quien veía que después de estar toda la tarde preparando la merienda, no iba a ser correspondida por sus hermanos con el detalle de llegar a tiempo para no dejar ni las migas. Sin embargo, todos estaban tranquilos, el abuelo seguía en su butaca leyendo a Baroja y las andanzas de Silvestre Paradox que tanto le hacían reír; tía Alicia cosía los botones de una camisa de su hermano Alberto para que Carmela no tuviese que hacerlo cuando volviese de llevar a los niños a la feria; tío Alfredo y Josefina paseaban tranquilos por La Granja, a muchos kilómetros, sin saber que sus sobrinos vivían una gran aventura (bastantes aventuras ya les contaban a diario sus hijos); y Kito y Montse, los padres, andaban en casa todavía, arreglándose para salir y metiendo prisa a Gonzalito, su sobrino, para que guardase ya los Geiperman de sus primos en la caja y se pusiese los zapatos, tenían que irse a merendar ya o llegarían tarde. “¡Vamos, niño, no hagas esperar a los mayores!”, decía Kito con su voz gruñona de boñachón, a la vez que enseñaba a Gonzalito un caramelo de café como premio por dejar de jugar.

Y la enredadera que nones, que si quieres arroz, Catalina y que ¡y dale, molino!, no se terminaba nunca, la enredadera pesada. A Óscar le dolían los brazos y las piernas de tanto trepar y no sabía qué hacer, pues aunque su cerebro quería bajar con sus hermanos, sus músculos sólo obedecían a la enredadera, y le hacían subir más y más alto.

La reunión familiar era total, tía Mati y Ana habían bajado preocupadas a buscarles y se habían encontrado por el camino con Kito, Montse y Gonzalito, habían buscado y buscado hasta dar con Elena, que había ido corriendo, como última idea, a buscar a sus padres para pedir ayuda. Allí, bajo el tallo de la inmensa planta, todos miraban arriba, pero ya ni siquiera se distinguía la sombra de Óscar. Los hermanos preocupados, Iñaki consolando a María, a la que se le saltaban las lágrimas, todos muy nerviosos, no sabían qué hacer y miraban a sus padres para que solucionasen todo con un chasquido de dedos. Montse y Kito, cruzaron sus miradas, acababan de comprender al mismo tiempo por qué Óscar había trepado y trepado: la ventana de su novia estaba justo enfrente de la enredadera, no pudieron evitar una sonrisa paternal que decía: “nuestros hijos se hacen mayores”. Tranquilamente, dejando atónitos a sus hijos, Montse se acercó al portal y llamó al telefonillo, haciendo bajar a la muchacha que le quitaba el sueño a Óscar. Cuando bajó, con el pelo aún mojado por la ducha, Kito le pidió que hiciese descender a su hijo y ella lo hizo con suma facilidad: como tocada por la magia de la enredadera, la chica ascendió hasta lo más alto para luego aterrizar llevando de la mano a Óscar, quien la miraba más enamorado que nunca, no era casualidad que su nombre fuese Asunción.

Después, las magdalenas en casa de los abuelos con banda sonora de jazz compuesta por Lorenzo y su saxofón dorado, las felicitaciones para la cocinera Anita y la regañina por meterse en líos y no haber avisado antes a los padres… bueno, no, la verdad es que esta vez no hubo ninguna regañina, cosa que extrañó a todos, aunque bastante habían aprendido los chicos sobre no meterse en líos de altura. Óscar, claro, no volvió a subirse ni a una silla en mucho tiempo; su prima Matilde se lo dijo muchas veces desde entonces: “tu barba será de fresa y mermelada de naranja amarga, como la que hace la tía Carmen, siempre y cuando de mayor no te hagas jardinero y te dé por coleccionar plantas gigantes”.

 FIN

DONDE EL OLVIDO ES PAISAJE

DONDE EL OLVIDO ES PAISAJE

A los pies de su tumba escucha

rumores de felicidad encauzados

en un río de vida inerte que baja

navegando entre huesos.

 

A los pies de su tumba grita

por qué no fue ella primero

la que bailó con la dama

que siega campos de sonrisas.

 

Y es a los pies de su tumba

donde olvida los morados,

las comidas silenciosas,

la rutina afilada y cortante;

donde le sonríe a penas

un regalo mal envuelto

junto a un ramo de claveles

donde el olvido es paisaje.

 

A los pies de su tumba golpea

los pies de la losa de su hueco

con la rabia del cariño,

con la envidia de los que se saben eternos

hasta un final, y una tumba,

cuyos pies no pisan cementerios.

 

A los pies de su tumba vuela;

y es un cuervo con pañuelo

para el luto de domingo.

 

 

Y es a los pies de su tumba

donde aparecen buenos ratos,

el vino de mesa y las paellas de restaurante,

las sorpresas antes del matrimonio,

los besos a escondidas,

los nervios de su primera vez.

 

Y es a los pies de su tumba

donde el olvido es paisaje

de primavera y el otoño se entierra

tras las puertas del cementerio.

ESTE BESO

ESTE BESO

Arde la manzana del Vesubio,

derritiéndose la cera en sus adentros,

figuras de algodón que tendrán vida

corta y callada; cuando te acercas.

Toco fondo, un té rojo echa humo, 

sus posos no son mapas de tesoros

ni de cajas escondidas por adolescentes

enamorados de una eternidad difusa

en una juventud tan clara, tan tenue

y transparente; mientras te acercas.

Y, suave, la vela apaga dudas entre mares

que borran esos charcos que pisamos;

un paso más.

La hora no señala números de aire,

porque es aire y pasa a ras del suelo

en un silbido que suena como dos respiraciones

al compás; labios frente a labios.

Detente, agarra este momento en tu memoria,

en mi recuerdo, en nuestro sueño, sabrás

que no se repetirá, aunque a veces te parezca

revivirlo, trotando en las miradas que reflejen

nuestras bocas, tan cerca como en una palmada

se confunden nuestras líneas de las manos,

mientras te acercas, labios frente a labios,

para dar y recibir este beso.

REFLEJOS RUTINARIOS

REFLEJOS RUTINARIOS

Justo en el momento en que Nuaj, con su mano izquierda, rozaba su barbilla con la brocha llena de espuma, sintió que su cuerpo desaparecía por la puerta del cuarto de baño; sus pies, tobillos y rodillas no obedecían su orden de quedarse quietos y así no había manera de afeitarse antes de ir al trabajo. Como en un sueño, supo que había llegado hasta la cocina y apagó el pitido de la cafetera. De pronto, reapareció frente al lavabo y pudo seguir con su aseo matutino. Odiaba tener que hacer siempre lo que a Juan le apetecía a cada instante.

CENICIENTA

CENICIENTA

Cenicienta existió a veces

con banda sonora propia

y otras veces... no.

 

Inventó los zuecos naranjas

hechos a base de calabazas y sueños rotos,

perdió un beso en el baile de fin de curso

y, en la medianoche del reloj,

detuvo un suspiro de alegría en su desván

al ver que los cepos de su madrastra

habían funcionado, demasiado.

 

Cenicienta existió a veces

en mp3, para no desfasarse,

y, otras veces, su vida fue un pause eterno del dvd,

guardaba su diario en un calcetín

y el calcetín en un pequeño baúl de nácar

escondido bajo la tarima flotante que barría sin cesar.

 

Soñó con ponys blancos de nube

atados, girando en círculo en la feria,

y giraba como un pony,

los ojos cerrados,

con su único pañuelo agarrado a sus dedos

bailando al son del viento.

 

Cenicienta existió a veces

en las mentes de las feas hemanastras,

pero no era Doctora en Cirujía Plástica,

por eso la odiaban

y le escabullían los zapatos del armario,

cuando no miraba,

cuando sus ojos buscaban un pirata en el horizonte,

sí, Cenicienta soñaba que era Jack Sparrow

y no un príncipe pitufo quien la rescataba,

siempre le gustaron el mar y el trocito de limón en el cubalibre.

 

Tuvo complejo de Blancanieves a los quince,

por eso evitaba las manzanas

y nunca quiso saber por qué ardió Troya.

 

Cenicienta existió a veces

en todas las muchachas cuyos ojos brillan al olor del romero

- como los tuyos -,

y, otras veces, apagaba el despertador,

sin levantarse de la cama,

para quedarse cinco minutos más escondida

en un cuento.

Sin palabras

Sin palabras

Tus pezones al cielo,

mi boca sin palabras vacías,

tu zumo de pomelo

mi hambre a todas horas;

 

Los pétalos de hielo

y su escarchada risa,

las caras sin su velo,

el fuego de la aurora.

 

Minutos en silencio,

las preguntas sin prisa 

- ¿te has cortado el pelo? -;

sé que el placer te adora.

RISAS DE HIENA

RISAS DE HIENA

La hiena no tiene casa, ni chalet en primera línea de playa; no tiene tele, ni radio, ni conexión ADSL. La hiena no saca a su hijita la hienita a pasear en su charricoche de bebé, ni bebe J&B con hielo en vaso de tubo. La hiena no celebrará el fin de año ni se hará propósitos incumplibles para el nuevo año. La hiena no sabe de cenas románticas a la luz de las velas sino de festines a base de carroña y ardillitas heridas. La hiena nunca ha podido limpiarse las manchas que le dejó el betún de las botas que la pisoteaban casi recién nacida. La hiena no puede estarse quieta ni poner cara de póker cuando juega al póker, o cuando echa un órdago al mus. La hiena pasa hambre y miserias y ningún niño la quiere como animal de compañía, por eso su nombre jamás podrá leerse en una carta a Papá Noel o a los Reyes Magos. La hiena estorba a la otra hiena, que tiene más hambre que ella. La hiena nace, no crece demasiado, se reproduce si tiene suerte y muere en lo más hondo de la indiferencia humana. ¿De qué coño se ríe la hiena?

YAPIYARIOCHIPI

YAPIYARIOCHIPI

La Navidad es como Agosto, pero mucho más fría. Y más corta. Eso es lo que dice nuestra hija. Sin embargo, yo sé que tiene algo más, aunque no sé expresarlo con palabras, porque si lo tuviese que expresar verbalmente, sólo sabría decir: “yapiyariochipi”, y ésa no es una palabra que se encuentre fácilmente en los diccionarios. Yapiyariochipi es como una ola que mece al bebé y como la caricia del amante en las mejillas; como un suspiro, unos labios en curva que te miran y te tranquilizan o la mirada del abuelo que te ha vuelto a pillar en un renuncio y te perdona, o no te perdona, porque no tiene nada que perdonarte, como buen abuelo que es. Yapiyariochipi es una caracola que despierta los abrazos y emponzoña los pesares para que se duerman por un día, por un siglo. Y pasa el 25 y llega la Nochevieja y el nuevo año y, entonces, te das cuenta de que ya no hay más yapiyariochipis, si acaso algún reflejo en las palabras de los que amas, hasta dentro de doce meses.

CAMISETA DE BRUJA

CAMISETA DE BRUJA

Caminaba yo por esa cosa gris que bordea la cosa negra por la que pisan los coches para que no me atropellase ninguno, que me lo ha enseñado Pakito y las cosas que enseña Pakito van a misa aunque no sea domingo, cuando de repente, ¡ZAS!, ¡qué golpe! “¿Es que no me has visto?”, me pregunta una voz de azúcar. Y no, ¡ay, despistado de mí!, no la vi. Ni a ella ni a su preciosa brujilla pintada en una camiseta de ésas que ves y te encantan, y te encantan y deseas que no existan, porque lo que debe existir debajo seguro que es mucho mejor. “Perdona, soy un poco torpe”. “Estás perdonado. Te invito a un café en mi casa”, pero no, no os hagáis ilusiones de sudores y besos aturullados mientras las prendas de vestir caen al suelo, a las sillas y a las mesas al ritmo de una canción cualquiera en una tarde estrellada de nubes: la invitación era para otra persona, la misma con la que conversaba por el móvil. Siguió su camino, pude ver su precioso corazón con forma de culo mientras se alejaba. La vida es una rueda que rueda y va recogiendo a su paso semillas de agua de mar, y a torpes como yo.

 

A los pocos días, seguía yo pensando en la camiseta, de verdad, no pensaba en la chica que la llevaba, bueno, también pensaba en ella - ¡ay, lectores míos!, sabéis que no puedo engañaros -, pero en cosas distintas. El caso es que la brujilla se parecía a mi maestra Doña Luciana. Doña Luciana era una maestra de las que te acuerdas toda la vida, de las buenas, pero tenía una pinta de bruja que, bueno, todos nos preguntábamos cómo era posible que no la hubiesen quemado ya en la hoguera. Recuerdo que Doña Luciana callaba cuando otros profes hubieran gritado y sonreía lenta cuando nos equivocábamos, como si a ella le hubiese pasado lo mismo en su niñez. ¡Como si los profes creciesen! ¡Qué va! Los maestros no crecen, no envejecen, nacen así, con miradas serias y entrenados para cerear y para cerear peloteramente, al menos a mí, que cuando veía un dos en un examen era porque se habían equivocado al entregármelo o me lo habían dado para que se lo pasase a un compañero. En fin, terminé por deducir que la brujilla de la camiseta era realmente Doña Luciana: la preciosa chiquilla que la portaba sería su hija, ¡claro!, llevaba la camiseta de su madre que su padre o tía hortera le había regalado por su cumple en lugar de la blusa que ella deseaba. Lo bueno era que yo sabía dónde vivía Doña Luciana. Decidí ir a “pedir de salir” a su hijita, así como quien no quiere la cosa, pero que lo desea más que nada.

¡Jé! Salté al autobús, me estampé contra la puerta cerrada, caí al suelo y un señor cualquiera que pasaba o paseaba por allí me echó un par de monedas cuando le extendí la mano para que me ayudase a levantarme. Con las dos monedas y el billete de 5 que había ganado en la pizzería - ¿os había comentado que soy pizzero?, pues sí, hago unas hamburguesas de lujo -, opté por subirme a un taxi hasta la casa de Doña Luciana y luego, al quedarme sin un chavo, pues que pagase ella los gastos de la cita, que yo soy muy moderno y no comparto esa idea de que los hombres paguen todo, más que nada, porque entonces no tendría dinero para ir de citas. Llegué, llamé al timbre, ¡me abrió la puerta la chica! Sí, llevaba puesta la camiseta, me invitó a pasar con una sonrisa pícara y me besó. Así como lo oís, me besó, a mí, al menda, me dio un besazo de los que no se pueden contar, así que… no os lo puedo contar. Después me dijo: “quiero que me tutees con tus manos” y yo le respondí: “¡qué cursi que eres, hija!”. Entonces las prendas de vestir cayeron al suelo, a las sillas y a las mesas al ritmo de una canción cualquiera en una tarde estrellada de nubes. Pasamos la noche en vela con mil velas de miel encendidas y la mirada de nuestro tacto en los lunares, la piel y los labios. Estuvo muy bien, por una vez no fui torpe, aunque aún sigo sin saber si esa chica era la hija de mi maestra o, en realidad, la bruja de la camiseta rejuveneció por una noche a Doña Luciana con su magia. ¡Glups!

Cuatro y dos

Cuatro y dos

Se cierra la rosquilla, por mi boca,

al tiempo que el ojal es desflorado;

huele a sirena toda en mar salado,

calla las tempestades, me convoca.

 

Asaltan lengua y dientes, de oca en oca;

el donut, alfiler azucarado,

responde, tutea a Don Maldonado,

se arrima hasta el amor, a quien trastoca.

 

Espolvorea en rayos y centellas

relojes atascados en el alba,

intentan no parar, pero termina.

 

Después, cigarros, fuego, dos botellas;

y parece perder, pero se salva,

la niña que en pasiones ya germina.

SANGRE SANGRITA... CULITO DE RANITA

SANGRE SANGRITA... CULITO DE RANITA

No puede ser. Que no, que no y que no. Siempre había creído que estas cosas no pasaban, igual que ver hojas perennes caer en otoño en un vaivén de azar o igual que la gravedad de las nubes, vamos, que no existen ni pasan ni ocurren. Se me ocurre que quizás antes, cuando la Tierra era plana y parecía un globo terráqueo desinflado, entonces puede que las nubes sí tuviesen gravedad y las pelotas de los niños se perdiesen entre los algodones del cielo, para que los angelitos, esos mocosos tan pobres que siempre andan desnudos, pudiesen jugar al baloncesto o... no sé, "a botar la pelota y al que se lacaiga es un idiota". En fin, en principio son cosas que sólo podrían haber pasado en esa época llena de magia y brujas y sinsaberes populares, pero hoy no, hoy la ciencia tiene mucha paciencia y tiene explicaciones para todo todito; y esto no puede ser.

 

No sé qué pensaríais si os pasase a vosotros, chicos de pelo en pecho y bigotes mal crecidos y afeitados, a vosotras sí, claro, os ocurre cada mes, excepto, de vez en cuando, cada nueve meses. Supongo que me siento como cualquier primera vez, extrañado, con algo de susto por dentro, como con un gusano de fiesta en mis tripas que trepa y trepa y salta. ¡Tener la regla! ¡A mi edad! ¡Y siendo hombre! La tonta de Silke no lo contaba en su estúpido anuncio, ni la Sra. Menstruación, sí, la que decía hola, ahora comprendo lo de su sonrisa maquiavélica ¡JA, JA, JAJOJA! Y lo peor de todo es que no sé cómo voy a utilizar las compresas, los tampones por supuesto que no son para hombres, pero ¿las compresas? ¡Uff! ¡Con alas! ¿Dónde pego las alas? No, no hace falta que respondáis, gracias.

 

Y encima, para más inri, que esto sí que es todo un inri, de Semana Santa e, incluso, de Mes Santísimo y Confesado... te digo..., me hubiese gustado ver si Cristo salvaba a alguien si en lugar de latigazos, hubiese tenido la menstruación. Encima, digo, tengo que ir al trabajo, que a ver cómo le digo yo al jefe que hoy no me encuentro dispuesto porque me duelen las tripas más que si hubiese estado jugando al fútbol con mi barriga o si le cuento que "me gusta ser mujer", porque, la verdad, es estos momentos no se lo deseo a nadie.

 

Mi novia me dice que no es para tanto, que ella lleva así desde los trece añitos... pobre, no me extraña que me aguante con esa calma estoica, claro, que comparando... Se parte de risa, cuando me vio metido en la bañera con cara de haberme arrancado los mismísimos, que es lo único que, en los primeros momentos, me entraba en la cabeza, se asustó, pero luego, al ver que sólo era la regla, el miedo pasó en su expresión a convertirse en risa de venganza, "así arenderás", decían sus dientes bajo su sonrisa, preciosa, hasta en estos casos, hay que fastidiarse.

 

Bueno, son ya las ocho y cuarto, me voy al ginecólogo, a que me toque un poco los... ahí abajo.

SERÁ QUE LA FORTUNA

SERÁ QUE LA FORTUNA

Nos jodió el destino,

no te extrañe, y nos quedamos atrás,

sabes que nunca atino

si lanzo piedras al mar.

Anoche el bosque

parecía tapado con tu piel:

arropadito todo

por dos labios que lo cuidan con fe.

 

Me he pasao la vida

apostando a caballo perdedor,

al número trece

y siempre al boxeador de cartón.

En tu cama el día

no amanece sin que muera el dolor,

haces nacer la risa

con tu prisa y tobillos de algodón.

 

Será que la fortuna

no se obtiene por medio de un cupón,

será que la herradura

de la suerte se esconde en tu cajón.

Si quieres nos miramos

el ombligo a cada paso que doy,

si quieres ya termino

de escribirte cosas del corazón...

LLORAR TU OLVIDO

LLORAR TU OLVIDO

Gritos de felino,

no me digas que no te supo bien;

las piedras del camino

me van hiriendo los pies;

cualquier desierto se parece

a mi oscura habitación;

y, ya lo ves,

no sé afirmar que naufragó nuestro amor.

 

No fue el destino,

nadie desertó por temor,

sabes que fue distinto:

la carta dentro del cajón,

tu vaho en el espejo,

el chinchín que nadie brindó…

No lloraré tus pasos,

ni pienso besar tu olvido.

 

Solo en la madrugada,

la luna no salió;

tus besos de alquitrán,

mi vaso tan vacío…

quiero bailar sin manos

por no tropezar con dios. 

 

Hay preguntas que machacan

respuestas que no saben ver,

hay copas que no se acaban

si no paras de beber;

fuiste una loca cordura

y una cuerda de papel

que atabas de pies y manos

cuatro versos en mi piel.

 

No fue el destino,

nadie desertó por temor,

sabes que fue distinto:

uno y uno fueron dos,

carmín en mis camisas,

el disco que nunca sonó…

No lloraré tus pasos,

ni pienso besar tu olvido.

 

Son las cosas de la vida,

fueron los recuerdos de ayer,

sentir el sinsentido

de ser y no querer ser;

fuiste dos veces siete

- la locura es tan cabal -,

catorce veces nunca,

la tinta del tatuar.

 

Solo en la madrugada,

la luna no salió;

tus ojos de azafrán,

mi pecho tan vacío…

quiero cantar sin manos

por no asimilar tu adiós. 

 

No fue el destino,

nadie asesinó nuestro amor,

sabes que fue distinto:

te dejaste el camisón,

las lágrimas, la risa,

fotos de tu comunión…

No lloraré tus pasos,

ni pienso besar tu olvido.