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MATILDE, LA DEL TRABUCO

MATILDE, LA DEL TRABUCO

Matildita nació tras Alfredo y Kito, y creció junto a ellos como uno más. Eran casi como trillizos, estudiaban juntos, volvían a casa juntos, se peleaban con los Pérez, ¡ay, los Pérez, menudas pedradas se solían llevar puestas de sombrero!; y reían juntos, vaya si reían, hasta que les dolía la tripa y los dientes.

Para su séptimo cumpleaños, mamá Carmen le había comprado a Matildita una preciosa muñeca, la Barbie o la Nancy de la época, la había encargado con mucha antelación, en las rebajas de julio, y guardado con mucho cuidado en lo más alto del más alto armario, para que sus peques no la encontrasen cuando, entre juegos y risas lo revolvían todo y todo lo revolvían, que más que un juego aquello parecía un vendaval; hasta que llegó Noviembre y, un día antes de su séptimo cumpleaños, sus papás le preguntaron a Matildita: “¿qué quieres de regalo por tu cumple?” y Matildita respondió sin pensárselo, pues cuando se desea algo con todo el corazón, no hay razones que te detengan: “¡un trabuco de aire comprimido, un trabuco de aire comprimido!”. Y Alfredo y Kito, que estaban al lado, saltaron aplaudiendo por la acertada decisión de su hermana. Así que papá Ángel tuvo que salir aquella tarde de Noviembre, es posible que lluviosa y fría, a comprar el regalo que había pedido Matildita.

Aquel año, los tres peques mayores - ya habían nacido también Alberto, con esa cara de angelical y Alicia, con esa cara angelical – se lo pasaron entero jugando con el trabuco de aire comprimido. Matildita era la que mejor puntería tenía de los tres, así que era ella la que disparaba a las manzanas que Alfredo y Kito ponían sobre las cabezas de los Pérez, ¡menudas carcajadas!

Poco después nació Carmencita, en casa de los Cerrolaza Asenjo; Alfredo intentó cogerla en brazos, pero no le dejaron ese primer día, aunque luego se hartaría de cambiarle el pañal y cuidarla, como buen hermano mayor. Carmen heredaría de Alicia unos años después la muñeca guardada en lo más alto del más alto armario. Incluso Javier y Jaime, los más peques de la casa, llegarían a jugar con la muñeca disparándole unos dardos hechos con alfileres y palillos. Antes habían pasado dos guerras enteras, con los tres hermanos mayores, los inseparables, separados, y la parte más dura de una posguerra en la que Matildita se había convertido en Matilde, una bellísima mujer, y Alfredo y Kito habían aprendido a bailar con Josefina y Monste.

Del trabuco de aire comprimido nunca más se supo, seguramente se quedaría en Madrid cuando Matilde fue con Alfredo a vivir a Soria hacia el 40 o Kito se la llevó en su viaje a América para no echar tanto de menos a sus queridos hermanos; o, quizás, Matilde lo escondió en lo más alto del más alto armario durante varias décadas hasta que, ya octogenaria y tía de muchos sobrinos, allá por el año 2014, decidiese sacarlo a pasear: una mano en su bastón, en la otra su trabuco, recién engrasado y brillante, un pasamontañas negro en la cabeza, su hermano Alfredo a la derecha, sus sobrinos José, David y Óscar a la izquierda, armados hasta los dientes y con la cara también tapada, Laura aparcada fuera y con el coche en marcha, los relojes sincronizados. Una farmacia. Una sucursal bancaria. Alemania. Frankfurt. Deutsche Bank. Matilde, la del Trabuco, dispara tres veces al techo, ¡PUM, PUM, PUM! comienza a hablar y Alfredo, que lleva años estudiando para este momento, hace las veces de traductor…

FIN

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SOBRE LA ANTÁRTIDA

SOBRE LA ANTÁRTIDA

La Antártida está muy al Sur, más que Granada o Cádiz. Es callada, tranquila y pálida; y a veces sueña que está en una playa del Mediterráneo descongelándose.

LA ANTÁRTIDA Y LA MODA

A la Antártida le gustan los pantalones cortos y las camisetas de hombreras, aunque las prendas que más utiliza son el anorak y la bufanda.

LA ANTÁRTIDA Y LOS DELANTALES

La Antártida siempre lleva puesto un delantal nevado con virutas de coco.

LA ANTÁRTIDA Y LAS HAMBURGUESAS

La Antártida tiene un McDonald.

LA ANTÁRTIDA Y EL GUSTO

La Antártida es muy dulce, pero también es muy salada cuando se pone a contar chistes. Sufre la amargura de la soledad. Y el zumo de limón allí sabe, claro, ácido.

LA ANTÁRTIDA Y EL FRÍO

La Antártida odia el albedo. El albedo es un incordio cuando uno tiene frío, la verdad.

A lomos de veinte ardillas

A lomos de veinte ardillas

María Encarna fue la herencia que el Doctor Macías recibió en su nuevo puesto de trabajo. Otras veces había recibido una butaca, un estetoscopio o un simple pisapapeles. esta vez fue una paciente algo impaciente.

El Doctor Macías, un muy buen médico, por cierto, no era amigo de hacer amigos entre sus pacientes, por eso, cuando Mª Encarna se ponía a contarle su vida, él encauzaba la conversación hacia los resultados de las últimas pruebas; pero los resultados a Mª Encarna le importaban poco; ella prefería hablar de sus antiguos alumnos en la escuela; de sus sueños de ser actriz y protagonizar un remake de Rebeca; o, incluso, de lo simpáticas que eran las ardillas, algo bobaliconas, sí, pero muy simpáticas.

Pasaron los años y el Doctor Macías se estableció en la ciudad, pasó del alquiler a la compra de un piso, y decidió quedarse a vivir allí; y Mª Encarna allí seguía como una rosa, leyendo en su Ipad blogs y más blogs de relatos y poesía. Con el tiempo, la relación entre doctor y paciente fue ampliándose, de modo que, de vez en cuando, el Doctor Macías se sentaba a escuchar la vida de Mª Encarna, no demasiado tiempo, tenía siempre mucho trabajo, pero sí algunos minutos. Así fue como el Doctor Macías conoció parte de la verdadera historia de los diminutos, de los que nadie sabe dónde están, excepto Mª Encarna, que los conoció mucho tiempo atrás y era de los pocos seres humanos a quien éstos se mostraban; le contó, por ejemplo, que la noche anterior los diminutos la montaron a lomos de veinte ardillas (los caballos gigantes de los diminutos) y la llevaron al lago del Bosque Fles. Allí Mª Encarna pudo disfrutar de un plácido y relajante baño junto a Perico, el cocodrilo sin dientes, que intentaba morderle los pies y sólo conseguía hacerle cosquillas. ¡Qué risa le entró a Mª Encarna! Una vez se secó con las hojas de las plantas esmeralda del Bosque Fles (en realidad eran lechugas), los diminutos la llevaron a conocer a Jacobo, el duende de orejas muy puntiagudas, y ella, que era toda una maestra, le enseñó a dar palmadas. Fue un día de fiesta en todo el Bosque Fles. Por la noche, tras muchas canciones y bailes, las ardillas llevaron a Mª Encarna a casa, a descansar, aunque, como eran un poco tontas y nada sabían de gps, se perdieron por el camino y, cuando llegaron a buen puerto, ya eran las siete y media de la mañana.

Dr. Macías - ¿Tú trasnochando, Mª Encarna? 

Mª Encarna - ¡Schhh, no hable usted tan alto, Doctor Macías! Que ya es la hora de dormir. 

Crónicas sobre mi abuelita 8. Cuidado con los bichos

Crónicas sobre mi abuelita 8. Cuidado con los bichos

Si ya me lo decía mi abuelita: "hijo mío, ten cuidado con los bichos del bosque", y yo a veces le hacía caso. Y así me fue, que un día salí a bucear al estanque con frac y apareció una rana que me contó que si le daba un beso en la boca, se convertiría en Liliane Bettencourt, pero que podía llamarla Lili, porque ella lo valía; yo pensé que era un truco y que podía ser un tiburón disfrazado, así que salí corriendo del estanque con mis aletas de buceo y mi frac empapado, sin mirar atrás, saltando arbustos, esquivando ramas, evitando despertar a los lémures orejipeludos, a los indris y demás bichos, cuando, de pronto - casi podría decirse que de repente -, me topé con dos excursionistas que me confundieron con un pingüino e, intentando salvarme, me metieron en su mochila y me llevaron hasta una cabaña de madera que se habían construido en medio del bosque.

Allí me trataron muy bien, me dieron churros con chocolate y un libro de dibujos para colorear con ceras; luego me dieron una navaja suiza, me llevaron hasta la parte más frondosa del bosque por la noche y, ¡ale, pingüino, a sobrevivir! Así que... nada, allí estaba yo con mi frac, mis aletas y mi navaja suiza, solo en medio de un bosque desconocido, viendo pasar corriendo a Caperucita y a un grupo de enanos mineros silbando, escuchando los rugidos de los tiburones a lo lejos, pues me dio por pensar que me perseguía una manada de tiburones de rama en rama; así que no me quedó otro remedio que sacar mi móvil y pedir un taxi para volver a casa; ya en el taxi camino a casa, tuvimos un percance, casi atropellamos a una ardilla que había cruzado sin mirar.

Si ya me lo decía mi abuelita: "hijo mío, las ardillas son unos animales algo bobos".

CRÓNICAS SOBRE MI ABUELITA 7. A BUEN ENTRENADOR...

CRÓNICAS SOBRE MI ABUELITA 7. A BUEN ENTRENADOR...

Si ya me lo decía mi abuelita: “hijo mío, a buen entrenador pocas palabras bastan”, pero yo no le hacía caso, y así me fue, que me pasaba todo el día hablándole al entrenador de natación y, claro, como lo hacía dentro de la piscina mientras nadaba, pues tragaba agua sin parar - ¡cof, cof!, tosía. Y Don Perico, que así se llamaba el entrenador, me tenía tirria y me daba ánimos en plan: “¡cierra el pico, leñe!”; y yo venga a hablarle y a hablarle. Le contaba lo que había desayunado, lo que había visto en la tele, si me habían castigado en el cole... ésas cosas de la vida diaria de un estudiante de 4º EGB. Yo sabía que a Don Perico le encantaba escuchar mis historias, no por la cara que ponía, que era más bien de asco que de otra cosa, sino porque cuando decía: “¡ya no puedo más!” y se lanzaba a la piscina en plan tigre y me inflaba a aguadillas, sé que lo hacía porque utilizaba la psicología inversa, que haces o dices una cosa, pero en realidad quieres decir o hacer lo contrario (por eso se llama psicología inversa, aunque también podría haberse llamado psicología contraria, reversa, invertida, opuesta o trastornada, pero bueno, es lo que hay, no le demos más vueltas o circunvalaciones).

En fin, tras varios meses de hablarle al entrenador en las clases de natación y de muchas aguadillas, un día me dio por bucear hasta el fondo de la piscina, pues me pareció ver allí abajo un broche dorado que no era otro que el famoso broche sajón de Kingston; así que buceé y buceé, lo agarré con la mano izquierda pensando que me haría rico y subí a la superficie en una especie de caída libre hacia arriba, vamos, en subida libre. Por desgracia, el broche no era más que una horquilla de mierda con un muñequito de Piolín que, al ser amarillo limón, me hizo confundirme. ¡Maldito Tweety!

Muy enfadado, cambié la piscina por las clases de solfeo; pero no pasé del RE menor – no me preguntéis por qué. Y de ahí a las clases de Mecanografía. Venga a teclear todo el día, clic, clac, clic, clac, clic, clac... Salía de las clases con los dedos destrozados. Un día un compañero, Marcos, que tenía cara de bobo, dijo que era más rápido que yo tecleando y que me echaba una carrera. ¡Preparados... listos... ya! Y él comenzó a teclear rápido como el viento y los guepardos, a lo que yo aproveché para agarrar mi máquina de escribir, estampársela en la cabeza y robarle el bocadillo. Después de eso, me convertí en el jefe de la clase de mecanografía de nivel 0. Lo malo fue que al poco tiempo pasé a nivel 1 y allí ya había otro jefe, con lo que mi hazaña con Marcos el bobo se quedó en el olvido. Si ya me lo decía mi abuelita: “hijo mío, las tumbas se abren a cada instante y se cierran para siempre”, o algo parecido.

CAMPANA SOBRE CHAMPAÑA

CAMPANA SOBRE CHAMPAÑA

Dicen que el sonido de la campana es eterno, que es el único instrumento

que puede producir el mismo sonido con el paso de los siglos.

M.E. Pérez Ayuso


Mientras Ángeles, Érika y Laura formaban un muro infranqueable para evitar que mis perros se zampasen a tía Matilde y, en el otro lado del salón, mi sobrina Aurora y su primo Pablo, bajo la maternal mirada de tía Alicia, abrían los regalos de reyes el día de Navidad, bañados en banda sonora de Campana sobre Campana cantada por mi primo José Antonio -y sobre campana una -, yo pensaba en Naná: aquella chiquilla de rizados cabellos que salía de la casa de enfrente a la mía cada mañana con la sonrisa haciendo amanecer al sol y los ojos brillantes, casi dando saltitos de alegría hacia el instituto. Yo me asomaba a la ventana para ver al niño en la cuna... digo... para verla y, por unos instantes, imaginar que me dejaba acompañarla llevando sus libros. Ya sabéis que yo, de pequeño, era muy caballeroso: cedía el asiento a los mayores, llevaba las bolsas de la compra a las abuelitas y esas cosas que, no sé por qué será, se me han ido olvidando con el tiempo; pues eso, que me gustaba pensar que me hacía el paseo hasta el insti supercontento por ir al lado de esa chica cargando sus libros y, claro, los míos. No sé por qué me vino a la mente Naná, supongo que por la nostalgia que otorgan fechas tan familiares, o por el empacho de chocolate y roscón, o, quizás, por ser la primera Navidad sin nuestro querido Jaime... no sé, el caso es que nunca me atreví a hablar con Naná, ni a acompañarla, ni he vuelto a verla, que yo sepa, desde que se fue a estudiar Filología Románica, como mis padres.

Unos años después, comenzada la carrera y recogido mi rebaño, volvía yo hacia mi portal de comprar en el Día un poco de requesón, manteca y vino y, en ésas, me choqué con una muchacha de rizados cabellos, ¡plaf!, ¡ups!, “perdón”, “no importa”... Al rato, Encarna, que así se llamaba, y yo estábamos tomando un café . Vestía traje de chaqueta y estaba muy nerviosa, y no sólo eran los nervios normales por estar tomando café conmigo, en plan “¡estoy tomando café con Cerrolaza!”, que, por descontado, eran totalmente comprensibles; sino que, además, la nueva que traía Encarna, mientras los ángeles tocaban, era que ése era su primer día de trabajo como abogada. ¡Ups!, “llegaré tarde”, y se marchó, ni siquiera me dejó su teléfono, ni su número, ni pagó los cafés, ni los pagué yo cuando salí pitando de allí.

En cinco minutos llegué a casa, un pisito de alquiler en el que teníamos una caja de cartón de una tele en el centro del salón a modo de mesa (esta información no influye en esta historia, pero es verídica, como todo lo que yo cuento, Sofía lo puede corroborar, excepto cuando hablo de mutaciones provocadas por saltamontes vampiros, por supuesto) y pude ver el final de una película, no recuerdo el nombre, donde salía mi amiga Mª Luisa como extra. Aunque sólo se la veía dos segundos entre una multitud, ella estaba muy contenta porque había podido cumplir su sueño de ser actriz y, una vez cumplido, volver a dedicarse a sus alumnos, sus clases y sus obras de teatro, que era realmente lo que más le gustaba de su vida en el convento donde Luisa hacía años que había decidido tapar su rizados cabellos con una toca.

“Y sobre campana dos”, mi primo Jose seguía cantando cuando Pablo le interrumpió: “tío José, ¿dónde están las dos campanas de las que hablas?”; y entre risas de los mayores y un poco de plastilina mágica que le habían regalado a Aurora, primo David, que es un padrazo, hizo un par de campanas para Pablo, aunque más bien parecían dos champiñones, pero bueno.

Luego, todos brindamos, aunque a los peques en lugar de champán, Ali y Cris les dieron una copa llena de leche. Y se fueron a dormir...

CHURROS CON CHOCOLATE

CHURROS CON CHOCOLATE

Allí estaba yo: corre que te corre detrás del autobús que acababa de arrancar sin prestar la más mínima atención a mis aspavientos ni a mis gritos. Después de una larga carrera de unos cinco metros, me detuvé asfixiado apoyando las manos en las rodillas para poder sujetar mi cuerpo en pie. Aún así, mi mente no se centraba en el cansancio, sino en el cabreo por haber perdido el bus y la imposibilidad de llegar a tiempo a la reunión, porque me dirigía a una reunión, claro. Me acerqué al parque más cercano, bebí agua de una fuente y me dispuse a sentarme en un banco a descansar; entonces ocurrió: justo en el momento en que mis posaderas tocaban el asiento de madera, el banco empezó a absorberme (¡schiiiuuup!) para transportarme hasta otra dimensión; sin embargo, no caí en el vacío gritando ni agitando los brazos, como supuse nada más darme cuenta de lo que pasaba, sino que me quedé levitando entre el asiento del banco y el suelo viendo a la gente pasar, entre ellos, una madre con un niño que dio una patada a un balón que acertó en mis narices y un perro meón que levantó su pata debajo del banco, quizás para comprobar si mis zapatillas eran impermeables. Yo, claro, insulté al niño de la pelota incluyendo a su madre en dicho insulto e intenté arrear una patada al chucho, pero me fue imposible, pues mis palabras no se oían ni mis extremidades me respondían. Estaba atrapado en una burbuja de aire debajo de un banco del parque y parcía que nadie podía ayudarme.

 

Dos minutos más tarde, cuando creía que iba a morir de inanición y locura, se me acercó una hormiga y me dijo: “¡sgrup, sgrup!”, a lo que yo no respondí, pues no hablo Hormigo. El bicho pareció enfadarse ante mi silencio y repitió: “¡sgrup, sgrup!” y, como yo volví a callar, sacó una ballesta y me disparó a los ojos chasqueando además una patita para avisar a un grupo de hormigas pigmeas con cervatanas gigantes (gigantes para ellas, que eran diminutas, pues realmente eran mircocervatanas) que me pinchaban con sus dardos por todo el cuerpo. Yo decía “¡ay, ay, ay!” y cosas así, pero nadie me oía. Por suerte, un paseante aplastó a la horda de hormigas pigmeas con su zapato y, supongo que porque era un paseante, siguió paseando.

 

No sé el tiempo que pasé en la dimensión de “debajolbanco” (que fue el nombre que me dio por ponerle a la nueva dimensión en un alarde de originalidad), pero vi pasar varios autobuses que podrían haberme llevado a la reunión. Y, de pronto, sin más, caí al suelo. No me hice mucho daño, pues fue una caída de unos diez centrímetros. Salí de debajo del banco, me limpié el polvo, di una patada al primer perro que vi e insulté a un par de madres que andaban por allí y me volví hacia casa. Yo pensaba que había vuelto a mi vida normal, al mundo que conocía, por eso me extrañó mucho ver varias personas con orejas de elefante volvando como Dumbo y varios elefantes con patas de conejo intentando saltar por las calles, aún así no le di mucha importancia - ¡cosas más raras se han visto! - pensé -, yo no, pero seguro que hay personas que han visto cosas más raras. Y me fui a dormir.

 

Al día siguiente, subí las persianas y vi un cerdo volando, me asusté, pero luego reparé en que era un anuncio de la tele que tengo junto a la ventana (la tele, no el anuncio). “¡Uf!”, dije, y me fui a desayunar churros con chocolate.

AMOR VERANIEGO

La eternidad terminó en cuanto volvieron a casa tras las vacaciones.

Allí, en la playa

Allí, en la playa

Una lechuga iba rodando montaña abajo, la habían lanzado unos pilluelos para ver cómo se rompía al chocar contra alguna roca, sin embargo, la lechuga saltó los obstáculos y consiguió llegar rodando hasta el mar, allí se tumbó en la arena para ponerse morena. En esto que apareció un tomate y le dijo: "ten cuidado, lechuguita, yo estaba verde como tú y mira lo colorao que me he puesto por tomar el sol aquí" y soltó una lagrimita de ketchup. A la lechuga no le había dado tiempo a responder cuando oyeron llorar un bebé; se levantaron preocupados y fueron rodando un poco más allá, hacia el llanto; cuál fue su sorpresa al darse cuenta de que no había ningún bebé, sino una cebolla, porque las cebollas hacen llorar a los hombres, pero lloran como los niños; Lechuga y Tomate intentaron consolar a Cebolla, para lo que se pusieron a jugar al veo veo: "¿qué ves?" - dijo intrigada Cebolla -; "una cosita que empieza por la C", respondieron al unísono Tomate y Lechuga; pero, por desgracia, amiguitos, no les dio tiempo a terminar el juego... resulta que esa cosita que empezaba por la C era yo, Cerro.

 

Aquella mañana me hice una de las mejores ensaladas que recuerdo. Y allí, en la playa, mientras contemplaba jugar a las olas con el ritmo, me la comí en un periquete, claro.

BRUGAL, POR SUPUESTO

BRUGAL, POR SUPUESTO

Allí estaba Andrea, sentada en el mismo taburete de madera de siempre, bebiendo, como de costumbre, un cubata de ron con limón (Brugal, por supuesto), el cual llevaba a sus labios sin dejar en ningún momento de mirar fijamente al jugador de futbolín, el Futbolinista le llamaba yo, pues todos los fines de semana lo veía allí, en la taberna, sin soltar nunca, excepto para dar caladas a esos cigarros que fumaba de forma compulsiva, los mandos del futbolín.

 

Todas las noches que fui en mi vida a esa taberna - y puedo aseguraros que no fueron pocas - el Futbolinista estuvo allí, parecía ya parte del mobiliario de la taberna. Igual que Andrea, sentada en su taburete, bebiendo su ron con limón (Brugal, por supuesto), mirando fijamente al jugador de futbolín. Era divertido entrar en la taberna y pensar en ellos como dos estatuas de cera, como si formasen parte de la decoración del local. De hecho, Andrea parecía haber escapado de la sala de torturas del Museo de Cera de Madrid, pues tenía absolutamente todo su cuerpo lleno de cicatrices, solía llevar minifalda y top, de modo que dejaba ver su precioso cuerpo, que lo tenía realmente perfecto, lleno de cicatrices, todas iguales, por toda su piel.

 

Dicen que los lunares son símbolo de belleza, y debe ser cierto, pues cuanto más bella es una mujer, más lunares suele tener; por otro lado, las cicatrices no se consideran algo atractivo, sino todo lo contrario. Puede ser, a nadie le haría gracia tener una cicatriz en la cara, ¿no? Puede ser también que Andrea hubiese sido más bonita aún de no tener esas cicatrices. Quizás. Pero no creo que, de no ser dueña de esas marcas únicas, hubiese conseguido ser también la dueña de mis sueños. Seguramente, la primera vez que la hubiese visto, habría pensado algo así como “¡qué tía más buena!” o “¡menudas piernas!” o “¡vaya un par de…!” - bueno, esas cosas que pensamos siempre los hombres, haciendo gala de nuestros más puros sentimientos y de nuestra constante búsqueda de sabiduría, al ver una mujer atractiva -; en fin, quizás hasta me hubiese atrevido a decirle algo y a invitarla a un ron con limón (Brugal, por supuesto) e, incluso, podríamos haber llegado a marcharnos juntos del bar y, tras compartir sudores y besos, haber fumado un cigarrillo o dos antes de despedirnos y seguir cada uno su camino. Sin embargo me alegro de que Andrea tenga esas cicatrices que la hacen única; me alegro de no poder dejar de soñar con ella ni un solo día, de soñar varias veces al mes, por ejemplo, que estamos los dos solos en una habitación de color verde sin mueble alguno y ella me mira, me sonríe y, lentamente, comienza a arrancarse una a una todas las cicatrices de su piel, quedando totalmente desnuda; o que estamos en la taberna y, de repente, Andrea da un salto de su taburete, corre hasta mí, me abraza fuertemente y comienza a traspasarme sus marcas provocándome el más intenso dolor y, a la vez, el más ardiente placer; o - y éste es el sueño que más se repite - que resulta que el Futbolinista es el amante de Andrea y ella no tiene ninguna cicatriz y yo, que resulto ser su marido, entro en la taberna furioso, pues, tras meses de dudas debido a pequeños rastros, pequeños despistes de los dos amantes, he acabado por notar los dos cuernos que llevo por sombrero desde hace meses, o puede que años. Y allí, en la misma taberna donde me enamoró la primera vez que la vi sentada en un taburete, bebiendo un ron con limón (Brugal, por supuesto) y mirando fijamente a mi mejor amigo, quien se encontraba jugando, como siempre, una partida de futbolín, es donde llevo a cabo mi venganza, donde estampo al cabrón contra su juego preferido, quedando empapado de rojo el antes verde campo del futbolín, y donde, rompiendo el vaso de tubo del cubata de ron y recogiendo un cortante trozo de cristal comienzo a acuchillar una y mil veces a mi mujer, a mi amada, cortando mi vida entera, pues ella es mi vida, ella lo es todo, ella… era mía.

 

Tras este horrible sueño lleno de egoísmo y de esa loca creencia de que otros seres nos pertenecen en su totalidad sólo por el hecho de sentir amor por ellos, despierto siempre en esta celda de blancas paredes, atado a esta cama de blancas sábanas, escuchando a una mujer con blanca bata y blancos zuecos decirme que es la hora de tomar las blancas pastillas. Esas pastillas que debo tomar todas las mañanas porque ya se ha pasado el efecto de las últimas que tomé. Esas pastillas que debo tomar para soñar en colores y escapar así del blanco que me aprisiona. Esas pastillas que lo único que consiguen es que, al soñar, no recuerde mi pasado. Esas pastillas que, sólo a veces, no me quitan lo suficiente de mí mismo como para que pueda darme cuenta de que ese sueño no fue un sueño, de que mi mejor amigo murió a mis manos, de que mi mejor amiga, mi mujer, está marcada para siempre por culpa de mi locura, de que ya nunca jamás podré entrar en una taberna con mi esposa y jugar unas partidas de futbolín con mi mejor amigo mientras Andrea bebe un ron con limón (Brugal, por supuesto) sentada en su taburete.

LEYENDA DEL EXPLORADOR Y LOS SALTOS

LEYENDA DEL EXPLORADOR Y LOS SALTOS

Un explorador chocó

contra un salto de canguro

que se habían olvidado

los marsupiales; “seguro

que andaban de fiesta”,

pensó el hombre del sombrero

salakof y a grito limpio

dijo: ¡Canguro lunero,

rapero y cascabelero,

tengo aquí tu salto entero!

 

Un explorador que andaba explorando (supongo) por la Senda ecológica del Tajo se encontró un salto de canguro que algún marsupial había perdido; lo guardó en su mochila y se puso a buscar al animalito; no debía ser difícil localizar al único canguro que no saltaría al verle; sin embargo, a medida que avanzaba entre higueras y tarais iba encontrándose más y más saltos perdidos. “¡Esto es una catástrofe!”, pensó, “¡los canguros están perdiendo sus saltos!”, y poco a poco fue llenando su mochila de más y más saltos; también se encontró con una oca, pero no tuvieron una conversación lo bastante interesante como para escribirla aquí. Pues bien, justo en el momento en que ya no le cabían más saltos en la mochila, apareció una horda de aviones, que son como las golondrinas, pero sin corbata, porque van de sport y, en este caso, además eran asesinas, porque asesinaban; el explorador se puso a hacerles fotitos, claro, y los aviones se lo merendaron a base de bien.

 

¿Y qué pasó con los canguros y con la mochila llena de saltos?, os preguntaréis, ¡yo qué sé!, aún me cuesta entender cómo es posible que por la Senda de Toledo haya canguros salvajes; yo no los he llegado a ver, pero cuentan que es porque se esconden mimetizándose con el puente Alcántara, como los camaleones. Si algún día, pasea que te pasea, os encontráis una mochila saltarina, sabréis que esta historia no es sólo una leyenda.

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LOS TOLEDOS

LOS TOLEDOS

Toledo es una ciudad que cuesta. Cuesta para arriba, cuesta para abajo, cuesta en llano. Y encima la calzada de rolinstones, que vienen a ser igual que los cantos rodados pero para guiris, es decir, para destrozarte los zapatos y los pies. Al final de cualquier cuesta, una iglesia, o un museo, o una iglesia-museo o un museo de la Iglesia. Y muchas plazas con estatuas; la de Garcilaso De La Vega es la mejor, con diferencia, en lugar de una espada en la mano levanta una pluma; ¿y la espada?, envainada. Y bares, muchos bares, tantos bares como en cualquier sitio de la península, así que imaginad. Hay bares cuesta arriba, bares cuesta abajo y bares en llano. Resulta divertido llevar de bares a los amigos de fuera, cuesta arriba o cuesta abajo, evitando las calles en llano. Se cansan, todos dicen cuando llegan: “¡qué ciudad más bonita!” y al marcharse dicen lo mismo, pero con algunos cambios: “¡qué cuestas más costosas!”. Sí, parece que estén jugando al teléfono estropeado.

Toledo es una ciudad que cuesta. Cuesta llegar y cuesta marcharse; cuesta encontrar hotel para pernoctar y cuesta encontrar un restaurante sin encanto; cuesta verla entera en un fin de semana y cuesta verla entera en toda una vida; cuesta saber qué se debe ver en un día y qué se debe ver todos los días; cuesta explicar que el Miradero es en realidad un Mirador; que el Circo Romano pilla a desmano de los turistas; que los restos Visigodos nos sobran y por ello intentamos construir edificios sobre ellos; que, cuando sólo vas a pasar una mañana de visita turística, el Alcázar es prescindible y no la iglesia de Santa Eulalia, tan escondida ella del paso de los años…

Toledo es una ciudad de sorpresas; está toda llena de sorpresas y nuevas bellezas antiguas. Mi abuela la describía como un castillo sobre una nube, y no se equivocaba demasiado, aunque la nube es un río y el castillo es una ciudad de estrechas calles - por las que cuesta pasar los coches -, varios castillos y sinagogas y piedras frías pero acogedoras.

Toledo es una ciudad que cuesta. Cuesta el damasquinado y cuesta el mazapán; cuesta un sacacorchos descorchador y una taza con capacidad; cuesta entender las preguntas de extranjeros y cuesta orientarse por las indicaciones de los vecinos (la mayoría de los que preguntan por la Catedral terminan llegando hasta la Cornisa). Toledo sí que tiene callejeros, pero nadie conoce el nombre de sus calles, no, las calles son las de los bares, las de las tiendas, las del mazapán. Acércate a un taxista y dile que quieres ir al Callejón del Diablo o a Calandrajas, a ver qué te responde. O bien no la conocerá o bien su taxi maquillado no podrá pasar por dicha callejuela.

Toledo es una ciudad que cuesta. Cuesta no decir que está debajo de Madrid y cuesta decir que Talavera de la Reina es casi el doble de grande; cuesta no ver los siglos pasados por sus piedras, oler su color violeta, sonreír en su puente Alcántara.

Y, además, Toledo es una ciudad que cuenta. Sí, sí, que cuenta cuentos sacados de una bolsa mágica que consiguen hacer dormir, y soñar felizmente, al más activo de los niños y al más hiperactivo de los mayores, y a sus padres e hijos, como si mi ciudad fuese un columpio y todos pasáramos la vida en un balancín que no cesa.

ROMPIENDO MOLDES (O CÓMO HACER LITERAL UN DICHO CUALQUIERA)

ROMPIENDO MOLDES (O CÓMO HACER LITERAL UN DICHO CUALQUIERA)   

Entré decidido en la Boutique del Pan con las manos vacías y el dinero de mi hucha en los bolsillos, que bien cabía. El olor a pan horneado invadía todos los sentidos de las personas que se apilaban formando una cola de dragón gigante. “¿Quién es la última?”, preguntaba la señora que había entrado antes que yo. “Yo, la última soy yo”, le respondió un caballero trajeado con una ironía que salía contenta hacia el aire tras llevar un buen rato ahogándose por el nudo de una corbata rayada. Candeal, de Viena, chapata, magdalenas integrales, rosquillas, pan bimbo. “¡Me cachis en la mar salada, uno que se salva!”, pensé mientras cambiaba de pierna recta y de rodilla a doblar, que las colas cansan lo suyo. Un rato después, me encontré con un mostrador y un dependiente entre mi preciado tesoro y yo. “Buenos días”. “¿Qué hay?, pan de molde, todo el que tenga”. “¿Todo?”. “Eso he dicho”. “Aquí tienes, alhaja”. Pagué, sale caro el pan de goma, que así lo llamaba mi tío.

 

Llegué corriendo a casa con dos bolsillos vacíos y tres bolsas llenas de mi futura víctima. El calor era un buen recuerdo que ya no podía pagar. El frío invadía todos los muebles y se mezclaba con el calcio de mis huesos, que debía ser poco, pues la leche tampoco era barata en esos tiempos míos. Saqué, una a una, todas las rebanadas de pan, construí cuatro torres unidas por murallas: un castillo de pan de goma. Lo destruí de una patada. Me senté en el suelo de hielo y escribí mi nombre con mayúsculas de miga. “Ya es la hora”, me dije. Prendí un cigarro, el humo no terminaba de distinguirse del vaho que despedía mi boca sonriente por el temprano cumplimiento de mi plan. Hice unas oes de humo y vaho y me puse manos a la obra.

 

Disfruté como un enano desmenuzando, estirando, rasgando todo el pan. ¡Vaya si lo hice! En pocos minutos no quedaba una rebanada viva. Todo eran migas del tamaño de los trozos en que quedan los corazones de muchas personas que aman o amaban con la fuerza de un Sansón hasta un momento determinado, el mismo en que su amado rompió su corazón. Disfruté como un enano que se ve crecer. Disfruté rompiendo moldes. Ya podía decirme a mí mismo que, conmigo, rompí los moldes.

NO ME QUEDA MÁS REMEDIO

NO ME QUEDA MÁS REMEDIO

No me queda más remedio. No sé cómo acabó pasando aquello, pero el caso es que, en la mañana del dos de enero, ocurrió. Los pajaritos cantaban, las nubes se levantaban, mi perro me despertaba lamiéndome la cara para que le abriese la puerta de casa y poder salir a mear… hasta ahí todo parecía normal. Sin embargo, por hache o por be, aquel hombre llamó al timbre de mi casa mientras yo acababa de leer "El jubilado iracundo" de Javier Marías y escuchaba algunas versiones de "Sobreviuré" en Té la mà María (uno de mis blogs preferidos para la lectura matutina) y, por equis o por ka, abrí la puerta y le invité a un café. Era un tipo grande, no excesivamente alto, ni excesivamente gordo, pero tenía unos hombros enormes, tanto que casi pasaba por las puertas de lado. Se sentó en el sofá y yo me quedé de pie viendo cómo hablaba, pues no había dejado de hablarme en ningún momento. Él parloteaba y parloteaba y yo asentía como si le entendiese perfectamente, aunque andaba pensando en otras cosas y, la verdad, más que escucharle, le oía. Total, que al cabo de una media hora y dos cafés, le invité amablemente a marcharse de mi casa alegando que no necesitaba ningún tipo de enciclopedia sobre animales; el hombre hizo ademán de levantarse, pero sin conseguirlo, dado que estaba sufriendo un infarto mortal y, claro, al ser mortal, poco se podía hacer. Me dijo: “¡ayúdeme!” y le respondí: “¡pero si es un infarto mortal!”, gritó: “¡help me!” y espeté: “no hablo Alemán”. Y murió, con una mano en el pecho y la otra en el segundo tomo de la enciclopedia, el de los tiburones tigre (que son más peligrosos que los blancos, a veces). En ese momento, yo, que no estaba muy acostumbrado a que un extraño se muriese en mi sofá, solté un suspiro, no muy grande, más o menos así: ¡ais!; luego metí la mano en su chaqueta, cogí su cartera y las llaves de su coche y salí pitando de la escena del infarto. A los tres minutos de estar conduciendo a gran velocidad, vamos, a sesenta por hora en una urbanización donde el máximo es treinta, me di cuenta de que me había dejado la lavadora puesta y se me iban a arrugar las camisas, por lo que decidí regresar. Al entrar al salón me encontré a mi perro dándose un festín con el cadáver, no con él como comensal, sino como plato principal. Los enormes hombros del vendedor de enciclopedias habían desaparecido en las tripas de mi perro. No se me ocurrió otra cosa que decirle al chucho que siguiese y que no dejase ni las migas. Y así lo hizo, muy obediente él. Tendí la ropa y seguí con mi vida normal.

 

Días después, llamaron al timbre, pero no abrí.

 

Ya en marzo, me pararon por la calle unos policías y me preguntaron por un tipo grande que vendía libros. Yo me puse muy nervioso y no se me ocurrió otra idea que invitarles a mi casa a tomar un café, invitación que aceptaron con mucho gusto. Pero no me quedaba café, así que les serví unas cocacolas y empecé a contarles todo lo ocurrido. Se morían de risa, sobre todo, mientras narraba la merendola que se dio mi perro con el cadáver. Eso me molestó un poco. No es de buen gusto burlarse de alguien en su propia casa, en su refugio, en su hogar. Así que cogí un hacha que tenía a mano y les corté la cabeza. Pillé las llaves de su coche y me fui a toda pastilla con la sirena de policía sonando, ¡qué divertido!, pero recordé que era la hora de “Rebelde”, el capítulo 157, ¿recordáis?, ¿aquel en el que parecía que al fin llegaría el desenlace pero que luego no sólo no terminaban los problemas, sino que todo se enlazaba y enredaba más y más?, pues ése, y volví a casa a verlo. Al entrar en el salón, mi perro jugaba con una placa de policía sobre el sofá, no quedaba ningún otro resto de los dos hombres recién asesinados. Vi la telenovela y, después, seguí con mi vida normal.

 

A la mañana siguiente, llamaron al timbre, y abrí la puerta. Era una exploradora de ocho años con voz de pito que vendía galletas de menta para no sé qué viaje al Polo Norte; justo en el momento que iba a deleitarme con una cancioncita sobre castores y otros bichos de esos, ¡se la eché al perro! Y seguí con mi vida normal.

 

Un tiempo después, me dio por escribir mis memorias en un diario, y me puse a ello. Cuando terminé, guardé el diario en lugar seguro para que nadie lo encontrase jamás; cuál fue mi sorpresa al llegar hoy a casa y verte a ti, lector, leyendo mis memorias y descubriendo el pastel. ¿Ves a mi perro relamiéndose? Lo siento, amigo, ya te he dicho que no me queda más remedio.

SENTÁNDOME A ESCRIBIR

SENTÁNDOME A ESCRIBIR

Cuando quiero emborracharme,

 

elijo cuidadosamente un buen cuadro de fondo para la página de Word, de ésos que robé de alguna web (cuyo nombre no diré por que me sigan dejando entrar); después, entre palabra y palabra, entre comas y entre dedos en teclas y dedos en ratón, dejo que el vino o la cerveza, según el día, comiencen a fluir de la lengua al interior.

 

Y sí, a veces, me meto, casi sin querer, dentro de la botella

 

y me veo, de pronto, en un océano a la deriva,

chocando contra barcos de bucaneros

o veleros de enamorados;

 

otras veces no, siempre hay noches en que lo único que consigo divisar es mi dolor de cabeza en el espejo, entonces arrugo la botella y la lanzo haciendo canasta hasta la papelera,

 

junto a tantas y tantas palabras calladas.

¡GLUSSSP!

¡GLUSSSP!

Realmente no le resultaban soporíferos los documentales de La 2, de hecho, le encantaba ver imágenes de locos que acariciaban tiburones o echaban carreras a los guepardos mientras cosía los bajos a unos vaqueros o intentaba componer alguno de sus juegos de rompecabezas. Los puzzles nunca le gustaron, pero los dados con seis dibujos de los rompecabezas le pirraban; a su cachorro también, aunque el sabueso no intentaba conseguir el dibujo buscado, sino zamparse algún cubo como si de un hueso geométrico se tratase.

 

Ahí estaba aquella tarde, con un pijama estampado con mil gatos y su par de calcetines blancos preferido, jugando, acariciando a su perrito y viendo a los animales hacer el animalito por la tele, nada le hacía imaginarse el inmediato y fabuloso futuro que la esperaba en el baño de su casa. El documental era de Óscar, memorable, no quería dejar de verlo. Al fin, tras dejar escapar como quien no quiere la cosa un lustro de pedetes, se levantó para hacer un pisito y una cacota, fue corriendo, ya que en ese instante un tigre estaba a punto de ser aplastado por un hipopótamo enano - algo muy curioso, según decía el periodista -, y nada más entrar en el baño, justo al ir a pisar la primera baldosa de porcelanosa… ¡aaahhh! el suelo se convirtió en una especie de blandiblú que tiraba de ella hacia abajo, como si pisase arenas movedizas… ¡Glusssp!, se escuchó en todo el edificio cuando el suelo terminó de tragarse el cuerpo de la muchacha.

 

¿Qué había bajo el suelo?, ¿un país de maravillas con un conejo gigante y soldados-carta?, ¿el infierno con sus hogueras y sus tridentes?, ¿una nueva dimensión como a la que fue Javier Lázaro cuando se cayó entre metro y andén en una estación en curva?, ¿la receta de la coca-cola? Jamás lo sabremos (tenga en cuenta el lector que el suelo del baño sólo se tragó a nuestra protagonista, no al narrador, por lo que a éste le resulta imposible saber qué fue de la dulce muchacha). El pobre perrito, quien al oír el “¡glusssp!”, fue muy preocupado a ver qué le pasaba a su amiga, tan sólo encontró un baño vacío y allí quedó: solo en el salón de la casa y sin saber usar el mando de la tele para apagar aquellos malditos documentales. Eso sí, antes de morir agonizando de documentalitis, se dio un gran festín con todos los dados de los rompecabezas que había en la casa.

VUELVO ENSEGUIDA

VUELVO ENSEGUIDA  

A las cinco y treinta y cuatro, una mosca me mosquea con un zumbido que poco o nada entiende de jazz; un coche en marcha, parado en la puerta de mi casa, juega con el insecto volador a ver quién puede más; ambos ganan, me voy a otra habitación a saborear el café de media tarde. Mi perro juega a lavar mis zapatillas con sus babas, les ladra, las lanza por el aire a ver si se bailan un tango, pero no le responden; mi perro no sabe que las zapatillas sólo bailan cuando yo no estoy en casa. A las seis menos cuarto, la mosca se ha ido a mosquear a cualquier otro y el coche, espero, que a algún aparcamiento cerca de la oficina de su maldito dueño; noto en mi lengua cierto sabor amargo y mi perro sigue, dulcemente, como un niño, intentando que mis zapatillas le cuenten el cuento de Los Tres Cerditos. Al fin se abre y se cierra la puerta. No ocurren tantas cosas en poco más de diez minutos y, sin embargo, me parece una vida entera cada vez que sales a por tabaco.

SOBRE EL PAYASO

SOBRE EL PAYASO

EL PAYASO

El payaso tapa su nariz para no oler el mal humor del señor con bigote; tapa su nariz con una bola para no tener que doblar esquinas y poder rodar por los pueblos sin cansarse; pinta su nariz de rojo porque la sangre le hierve en las venas y el corazón le late fuerte a cada mirada infantil y a cada sonrisa. El payaso no esconde su cara en pintura, simplemente, tiene cara de payaso. El payaso es más calvo que cualquier calvo, por eso se riza los pelos de la peluca.

LA INICIACIÓN DEL PAYASO

Pidió unos pantalones de su talla, aquellos que le habían dado eran enormes; recibió un par de zapatos XXL y una patada hasta el centro de la pista, donde cayó de bruces. Todos rieron. Muchos aplaudieron. El payaso se sintió feliz, aunque algo dolorido.

EL PAYASO TRISTE

Tenía pánico al agua. Fobia. Desde pequeño, siempre le dio miedo ahogarse. A sus cuarenta y siete años debía meter su cabeza en un cubo lleno de agua, sacarla, meterla en otro cubo lleno de agua, sacarla, meterla en otro cubo lleno de agua... Cuatro sesiones al día, seis días por semana. La gente pedía a gritos su actuación. Era un payaso triste.

EL PAYASO ENAMORADO

No se enamoró de la mujer barbuda, sino de una camarera que estaba buenísima. Se arrodilló y le pidió matrimonio. Ella rió y rió y, tras caerse al suelo de la risa, colocó una moneda en la misma mano en la que él sostenía un anillo.

EL PAYASO FUGITIVO

Un día entró un payaso vestido de blanco en un banco, sacó una pistola y vació la caja y las carteras de las cajeras. No era un payaso de los de toda la vida, tan sólo un desempleado al que la seriedad de su mujer y las tripas hambrientas de sus hijos habían convertido en payaso armado, ¡qué risa!, y fugitivo de la justicia (¡qué risa!). Su mejor chiste era el de la pistola que hace "¡pan!" y el hecho de que la usaba por comprar pan.

EL PAYASO CARATARTA

Nació con cara de tarta y no pudo hacer otra cosa que seguir su destino. Le llovían tartas de fresa, de melocotón y de queso. ¡Plaf!, ¡plaf plaf plaf! No necesitaba pintar su cara, pues las tartas ya le dejaban hecho un cuadro. Para más inri, era diabético.

LA MUERTE DEL PAYASO

Lo enterraron dentro de un ataúd con forma de ele, para que le entrasen los zapatos. En sus manos, una flor que no echaba agua y una trompeta muda. Tal vez la nariz roja de pega evitaría los olores del silencio.

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FÍJATE EN LA CERROLAZADA

FÍJATE EN LA CERROLAZADA

Tu verdad no; la verdad

y ven conmigo a buscarla.

La tuya, guárdatela.

Antonio Machado 

Fíjate, que no recordé que María era María, que su padre era Kito ni que tenía nombre de galleta; tan sólo recordaba su sonrisa de noche estrellada y las líneas de vida en sus mejillas. Conté hasta cinco Alicias y charlé más que nunca con la única que hace vivir en un país de maravillas a César (y a Jorge, Alejandro y César, por descontado) a quien, junto con Óscar (organizador del evento con Ana y David) y Guillermo, no sé por qué - quizás por haber jugado tanto con sus Madelman de pequeñito - siempre distingo. También distinguiría, aun con las luces apagadas y los oídos tapados, el cielo y la hierba en los ojos de Celia, sobre todo cuando mira a su Alfredo y a sus rubios Carlos y Miguel, y la voz dorada de Ana, aunque debo reconocer que a ésta alguna vez la he llamado al revés, es decir, anA. Por fin he sabido que Asunción se llama en realidad Susi, pero sus hijas, Ana y Elena, le llaman Mamá, Asunción es solamente un aumentativo cariñoso del carnet de identidad (éste, a su vez, se llama en realidad DNI). Espero que Marisa me perdone el haberle saludado sin saberlo, sé que lo hará - Pablo, Laura y Gemma, please, decidle que lo haga -, como también sé que llegada cierta edad, hay personas, que no tienen por qué llamarse Lorenzo, que, al ver que una de sus hijas, que no tiene por qué llamarse María, se ha hecho un piercing chulo chulo, le dan el chándal a su preciosa mujer o a su preciosa segunda hija, que no tienen por qué llamarse Elena o Celia, y comienzan a usar vaqueros (jejejé). De Iñaki hoy no pienso decir nada porque hizo que sus hijos, Iñaki y Javier, hijas, Nuria e Irene, y sobrinos me diesen una minipaliza. Montse, por favor, a tus nietos, cuando vayan a comer a Plaza Castilla, les das un beso de mi parte, se lo merecen por tener una abuela como tú.

Fíjate, que todavía pensaba que Matilde trabajaba con Óscar y, la verdad, Mati, no entiendo cómo dejas que mi padre estudie idiomas en academias distintas a la tuya; ¡Sergio, por favor, dile algo a Tío Gonzalo! Hoy Alberto me ha hecho ver que el jamón york con puré de patata puede ser una delicia si le unes una salsa con champiñones y fórmula secreta y llamas al plato algo así como Jamuá deputurrú defoia comparís sangermain supercalifragilístico espialidoso. También descubrí que la tarta de chocolate de los cuentos existe; y lo diré por todos, ALBERTO, ¡TE LO HAS CURRADO, GRACIAS! ¡FUNDICIÓN, NOS ENCANTAS! Jaime Cerrolaza es mi sobri, pero tan grande es su mirada que nació un mes antes que yo, por eso es mi primo y Ruth mi prima y su hijo, que no toca un tambor de hojalata, tiene ojos de espuma de mar y una tiíta llamada Candela que duerme como la Bella Durmiente en los brazos de Charo (como Charo es prima de Susi, también tiene un aumentativo: Rosario); Jaime, digo, recopiló y pinchó la música de los años de la primera generación o, como mucho, de la segunda y resultó curioso ver bailar y cantar esas canciones a la tercera generación. Yo hubiese preferido, al igual que Javier, un chaval bien majete que quiere ser Médicodoctor y además cirujano y además campeón de póker con trucos de magia incluidos para ganar a su hermano Jaime (primo del Jaime anterior), que nos hubiesen puesto el Highway to hell de los Acedecé o de los Eisidisi, que nunca sé como se dice, pero bueno, me encantó ver bailar a Josefina, cada día más joven,  y a ................................... (poned aquí vuestro nombre quienes bailasteis), mientras charlaba con Alfredo sobre el cuento de la buena pipa. No recuerdo el nombre del marido de prima Carmen, sé que tenía cara de Carlos (por Carlomagno, digo), aunque no estoy seguro, pero sí me fijé en que su Alicia, tan rubia ella, y su Miguel, tan moreno él, disfrutaron con el baile. Con Alfredo (primo) y Marta, con Javier y Sol y con Jorge y Carmen casi no he hablado, pero el hijo de éstos, Juan, me ha sabido enseñar dónde estaba en el Árbol Genealógico; ¡Carmen y Daniel, por favor, parad quietos un segundo! - decía Sol -, tenéis que salir con cara de buenos en la foto de vuestra generación, decid patata... Ana, la madre de ese futuro Médicodoctor, llegó tarde, pero tío Alfredo ya me contó el aprecio que la tiene por tantas cosas, aunque, claro, Alfredo es una persona que habla bien de toda la familia - y con esto no quiero quitarle mérito a Ana, que, por cierto, no me trajo cordero segoviano en un tapper ware, como yo esperaba, ni su Jaime tampoco, como yo esperaba; sí, sí, esperaba dos corderos en tapper, ¿no habéis visto mi barriga? -, decía que Alfredo nos tiene en buena estima, y más hoy, que al fin veía cumplido su sueño de juntarnos a todos en un patio que recuerda, como él bien dice, algunos artículos de Azorín. Debemos parar un momento aquí a darle las gracias a la excelente persona que les prestó una casa en La Granja en 1960 a Alfredo y Kito para que sus hijos no pasasen el calor madrileño de ese verano.

Momento de parón para agradecer...

Fíjate, que me dejo algunos labios y pares de ojos de hijos y nietos Cerrolaza Aragón, lo sé, pero como casi todos han bailado, sus nombres estarán escritos más arriba.

Fíjate en Tía Mati, Tía Matu, Tía Matilde; ahí donde la veis, se sabe de a las fechas de nacimiento de todos los que allí estuvimos, y no sólo las de nacimiento, sino también las de cumpleaños. Elegante donde las haya, lucía un juego de blusa y pantalón salmón muy bien combinado con unas deportivas azules Camper, para poder perseguirnos y darnos con ellas si nos portábamos mal. No había ninguno, segunda, tercera o cuarta generación, que no supiese quién era ella. Por eso tiene tantos hijos, pero mejor, porque puede malcriarnos y darnos caramelos, que ya sus hermanos se encargarán de regañarnos. Y, para que quede bien claro y no me vengáis luego con confusiones: soy su sobrino preferido (Laura puede que sea su sobrina preferida, pero, por cuestión de género, no puede ser su sobrino preferido, jejejé).

Fíjate, que María y Marta, las hijas de Irene, se parecen a Irene, y deben alegrarse por ello, así saben que en unos años van a ser más guapas, si cabe. El que no cabe en cualquier parte es el novio de María, tan grande como simpático y agradable (y a quien diga lo contrario, me lo chivo a ese tiarrón). Jorge, el hijo de Irene, tapaba con una gorra el corazón, lo tiene tan grande que, a veces, se le sale por la cabeza. ¡La ambulancia!, ha faltado una ambulancia para Alberto, ojalá no haya que amputar, y más ojalá no le siga doliendo el pie a estas horas. Álvaro me contaba que sigue la línea de los Jaimes de la familia, aunque viendo mi naciente calva, opino que más bien esa línea es de los Cerrolaza. No escribiré que Rosa es una flor para no caer en redundancias, valgan o no, o sí lo escribiré: Rosa es una flor hecha mujer y sus dos hijas son dos florecillas hechas chiquillas. Y no nos olvidemos de Carmen, sí, sí, esa mujer formal que trabaja en Hacienda y luego se convierte en Kika y no para de reír y hacer reír y mover el esqueleto. Tío Alberto no es sólo una canción de Serrat, es un crack, pero no el del 29, y lleva en las bolsas de sus ojos piruletas de menta para tía Carmela, quien estuvo, seguro, y lo pasó pipa hoy más que nunca.

Fíjate, que Tío Antonio andaba por Panamá (cerca de José Ángel que estaba en Perú, creo, y al lado de Eva que vive en Panamá, creo) y se perdió a tía Alicia más guapa que nunca, más contenta que nunca y tan fantástica como siempre; también tan olvidadiza como de costumbre, esta vez perdió sus gafas. Manolo se está dejando crecer el bigote de nuevo y le ha dado por decirle a su sobrino Pablo que me diga que no coma tanto, Pablo no le hace caso y me anima a zampar y como es un niño tan salao, pues yo le hago caso. Javi ya es un Macías Cerrolaza y Cristina debería salir en el Árbol Genealógico, aunque sólo sea por aguantar a David y por esas preciosas pestañas que quitan el frío de enero. ¿Qué puedo decir de Carmen y Aurora?, si son casi mis hermanas mayores. Lo que puedo hacer es contarles que hoy su hermano José Antonio no ha cantado el Adeste Fideles (¡al fin!). Y, bueno, David, más conocido como Primo Larry (¿alguien recuerda la teleserie Primos Lejanos?), sólo puedo decirte que tengo perro y tú no, jajajá jajá.

Fíjate, que a mi padre, Gonzalo padre, lo recordaba más serio en estos eventos, la vida de jubilado y el hecho de que ya casi se haya deshecho de sus dos hijos le han vuelto más sonriente (eso que se cuenta del nido vacío y el llanto por la marcha de los vástagos es un mito, los que sois padres lo sabéis). Durante dos horas de ida y dos de vuelta, el señor encorbatado que explicó Griego a sus alumnos durante años ha ido tarareando canciones de Iron Maiden, de Nightwish, de Metallica y de Mari Trini y los Panchos. Rodrigo y Alicita, digo, Alicia, son inseparables desde hace años, pero más aún desde julio; les habréis visto felices, ¿verdad?, pues más feliz estoy yo desde que me trajeron una caja llena de galletas sin sal de Noruega, que están más ricas que el salmón. Alicia, me dicen, se parece mucho a mi madre, Carmen, que también andaba por allí en boca de Alfredo, quien la conoció sólo una hora después de que naciese. Mi madre no era de mucho bailar, y mi padre menos, así que yo he salido "zurdo de los dos pies" (¿se dice así?). Sofía, que sí que sabe bailar (y no sabéis cómo) tenía hoy clase de un Máster (del Universo) que está haciendo para ver si consigue un supertrabajo y me mantiene; allí en el curso o aquí en La Granja, sé que estaba tan hermosa por dentro y por fuera como siempre la he visto, como siempre ha sido y será. Jano, mi cachorro, lo ha pasado chachi piruli en Toledo, como estaba solo en casa, ha invitado a unos amigos y se han inflado a beber agua, comer pienso y ladrar a diestro y siniestro. Y yo, ¡bah!, ¿para qué voy a llenarme de elogios y piropos a mí mismo aquí, si puedo hacerlo de cabeza, que me oigo, y no tengo que teclear?

Fíjate, que el tío Javier no se reconocía en una foto de 1974, la de las bodas de oro de Ángel Cerrolaza y Carmen Asenjo (los culpables de todo); se reconocerá en las vidas de las madres a las que ayudó a serlo como Médicodoctor, que son muchas en nuestra familia. Queca se ha contoneado al ritmo de las canciones que bien podría habernos cantado mientras su hijo Javier tomaba un pacharán y Silvia se negaba a atender al herido Alberto porque no tenía chichi. Nico va a ser papá en breve (¡felicidades!) y Eva creo que vive algo lejos de La Granja y algo cerca de Latinoamérica.

Fíjate, que tío Jaime no se ha traído a Canelo para que no se zampase los aperitivos, Jaime, aunque no lo diga, se preocupa mucho por mí; Jaime, aunque no diga nada, atrae con su barba a los más peques, que se quedan anonadados mirando esos ojos que tiene bajo dos cejas que son caminos a la tranquilidad; Jaime, sin decir ni mú, sabe hablar con cualquiera, no necesita dar sermones cuando debe corregirnos, ni aplaudir cuando llega el momento. Érika y Laura son de la segunda generación, pero tan altas o más que los de la tercera. Laura (¡felicidades Licenciada!) se va en Octubre a Lituania a jugar al baloncesto con Sabonis y Érika anda entre los Madriles y La Mancha, entre Marroquíes y Rumanos, entre la frustración por las formas de maltrato que no comprendemos y la alegría de saber que el poquitoapoco sirve de algo (y fíjate, que va a traducir mis poesías a tres idiomas, lo dejo aquí escrito para que no se le olvide, por cierto, prima Matilde, si te animas a traducirme algunas al Alemán, te pagaré con un montón de sugus de piña, y los que sepáis otros idiomas, que sois muchos, lo sé, no tenéis más que pedirlo por favor y os dejaré traducir las que queráis). Ángeles es de la primera generación y más alta que los de la tercera y con mejor sonrisa y con abrazos que saben a té (que sepáis que también soy el sobrino preferido de Ángeles, bueno y de Alicia, y lo sé, lo sé, yo también me adoro, si yo fuese tío mío, también yo sería mi sobrino preferido). Ángeles, que es docta en estos temas, diría que a este escrito le falta un buen final, y...

Fíjate bien, que seguro que lo dirá.

Notas cerrolacianas informativas:

- Si queréis saber más de los Macías Cerrolaza, los Cerrolaza Molina y los López Cerrolaza, leed más abajo Empacho de Gallinas Salvajes y su continuación, Las Brujas de las Gallinas Salvajes.

- Si lo que queréis es ahondar en el conocimiento sobre los Cerrolaza Gili, leed el cuento titulado La Enredadera.

- Tengo un borrador de un relato sobre mi Tío Alfredo, pero me vienen a la cabeza tantos buenos momentos de conversación con él, que nunca lo termino. Tengo otro más sobre los tíos mayores y no por ello menos jóvenes. Ambos próximamente en Ediciones Cerro.

- Sé que los de Alfredo van delante de los de Kito, pero María va la primera de todas para que su nombre no se me vuelva a olvidar.  

- También sé que todos somos Cerrolaza, pero sólo yo soy Cerro, Cerrolaza para los amigos, Cerrotazas o Cerrolatas para los más amigos. Y sí, me agencié el apellido de gratis.

- La foto es de unas zarzas, porque Cerrolaza significa... 

- Los comentarios en el blog se agradecen. No olvidéis que 2 + 2 son 4.

REFLEJOS RUTINARIOS

REFLEJOS RUTINARIOS

Justo en el momento en que Nuaj, con su mano izquierda, rozaba su barbilla con la brocha llena de espuma, sintió que su cuerpo desaparecía por la puerta del cuarto de baño; sus pies, tobillos y rodillas no obedecían su orden de quedarse quietos y así no había manera de afeitarse antes de ir al trabajo. Como en un sueño, supo que había llegado hasta la cocina y apagó el pitido de la cafetera. De pronto, reapareció frente al lavabo y pudo seguir con su aseo matutino. Odiaba tener que hacer siempre lo que a Juan le apetecía a cada instante.

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