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HASTA EL INFINITO

HASTA EL INFINITO

Lanza palabras al aire

y que reboten

en nubes como paredes;

si gritas una de cada cuatro

es posible que traspase

el firmamento;

los marcianos que trasnochen

podrán escucharla fugazmente,

rozando, casi, el infinito.

 

La ciencia ficción resulta

algo prosaica,

al igual que los marcianos

- verdes que los pintan verdes.

Y debes tener cuidado,

cuando sigas mis indicaciones,

con la palabra que elijas,

pues el eco no censura:

torpedo, ampolla,

macaca, calculo…

yo no te las recomendaría,

llámame raro…

Mejor grita, por ejemplo:

obeso, clamor,

technicolor o movida;

luego, no esperes a ver qué pasa,

intenta seguir lanzando

palabras y más palabras

en vez de al aire, a la gente,

quizás llegues hasta el infinito

y más acá.

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A lomos de veinte ardillas

A lomos de veinte ardillas

María Encarna fue la herencia que el Doctor Macías recibió en su nuevo puesto de trabajo. Otras veces había recibido una butaca, un estetoscopio o un simple pisapapeles. esta vez fue una paciente algo impaciente.

El Doctor Macías, un muy buen médico, por cierto, no era amigo de hacer amigos entre sus pacientes, por eso, cuando Mª Encarna se ponía a contarle su vida, él encauzaba la conversación hacia los resultados de las últimas pruebas; pero los resultados a Mª Encarna le importaban poco; ella prefería hablar de sus antiguos alumnos en la escuela; de sus sueños de ser actriz y protagonizar un remake de Rebeca; o, incluso, de lo simpáticas que eran las ardillas, algo bobaliconas, sí, pero muy simpáticas.

Pasaron los años y el Doctor Macías se estableció en la ciudad, pasó del alquiler a la compra de un piso, y decidió quedarse a vivir allí; y Mª Encarna allí seguía como una rosa, leyendo en su Ipad blogs y más blogs de relatos y poesía. Con el tiempo, la relación entre doctor y paciente fue ampliándose, de modo que, de vez en cuando, el Doctor Macías se sentaba a escuchar la vida de Mª Encarna, no demasiado tiempo, tenía siempre mucho trabajo, pero sí algunos minutos. Así fue como el Doctor Macías conoció parte de la verdadera historia de los diminutos, de los que nadie sabe dónde están, excepto Mª Encarna, que los conoció mucho tiempo atrás y era de los pocos seres humanos a quien éstos se mostraban; le contó, por ejemplo, que la noche anterior los diminutos la montaron a lomos de veinte ardillas (los caballos gigantes de los diminutos) y la llevaron al lago del Bosque Fles. Allí Mª Encarna pudo disfrutar de un plácido y relajante baño junto a Perico, el cocodrilo sin dientes, que intentaba morderle los pies y sólo conseguía hacerle cosquillas. ¡Qué risa le entró a Mª Encarna! Una vez se secó con las hojas de las plantas esmeralda del Bosque Fles (en realidad eran lechugas), los diminutos la llevaron a conocer a Jacobo, el duende de orejas muy puntiagudas, y ella, que era toda una maestra, le enseñó a dar palmadas. Fue un día de fiesta en todo el Bosque Fles. Por la noche, tras muchas canciones y bailes, las ardillas llevaron a Mª Encarna a casa, a descansar, aunque, como eran un poco tontas y nada sabían de gps, se perdieron por el camino y, cuando llegaron a buen puerto, ya eran las siete y media de la mañana.

Dr. Macías - ¿Tú trasnochando, Mª Encarna? 

Mª Encarna - ¡Schhh, no hable usted tan alto, Doctor Macías! Que ya es la hora de dormir. 

AÑO NUEVO

AÑO NUEVO

He debido comerme doce uvas

para sentir el eco de tu silbido;

fluyen, como el agua de los ríos,

los versos en este teclado imperfecto.

 

Y las copas de anoche parecen árboles

perennes, monedas tintineando,

espadas haciendo ruido;

pero sólo tú, aun dormida,

eres quien baila al compás de mi corazón

sobre esta partida de cartas sin apuestas.

CAMINA

Camina,

que tarde es pronto a estas horas;

y tu estatura será, allá arriba, de gran altura.

 

Camina,

que son tus botas con sus botones abotonados

como ratones.

 

Camina,

medio despierta, casi dormida,

hasta el café con dos de azúcar

y una de crema.

 

Detente,

si te despejas, y te desnudas:

déjame verte, sólo un instante

que dure un siglo;

y luego vete,

aunque sea sólo el tiempo justo para dejarme

sentir tu ausencia

y festejar como un perro tu regreso

a tu regreso;

que esta última rima nadie podrá negárnosla

y, si lo intentan, les daremos en el hocico

con periódicos enrollados de ayer.

 

Y camina caminando

y hazme camino al cantar

si me cantas al oído,

susurrando.

 

Y deja, como si nada,

en mis hombros tu cansancio,

y tu espalda en mi caricia

reposando.

14 de Febrero

San Valentín jamás me hizo tilín,

tanto rojo y ese amor empaquetado,

esa cena y ese dúo enamorado,

o el paseo en un velero bergantín.

 

San Valetín jamás de los jamases

logró hacer que te quisiese, Sofía,

más aún, y te quiero todavía

más que el mus a sus reyes y a sus ases.

 

Pero hoy, con un océano por medio,

y el esquipe como único remedio,

quiero, como Milú a su Tintín

 

o Sherlock Holmes al Doctor Watson, darte

un ramillete de flores, besarte

y estar contigo este San Valentín. 

 

Crónicas sobre mi abuelita 8. Cuidado con los bichos

Crónicas sobre mi abuelita 8. Cuidado con los bichos

Si ya me lo decía mi abuelita: "hijo mío, ten cuidado con los bichos del bosque", y yo a veces le hacía caso. Y así me fue, que un día salí a bucear al estanque con frac y apareció una rana que me contó que si le daba un beso en la boca, se convertiría en Liliane Bettencourt, pero que podía llamarla Lili, porque ella lo valía; yo pensé que era un truco y que podía ser un tiburón disfrazado, así que salí corriendo del estanque con mis aletas de buceo y mi frac empapado, sin mirar atrás, saltando arbustos, esquivando ramas, evitando despertar a los lémures orejipeludos, a los indris y demás bichos, cuando, de pronto - casi podría decirse que de repente -, me topé con dos excursionistas que me confundieron con un pingüino e, intentando salvarme, me metieron en su mochila y me llevaron hasta una cabaña de madera que se habían construido en medio del bosque.

Allí me trataron muy bien, me dieron churros con chocolate y un libro de dibujos para colorear con ceras; luego me dieron una navaja suiza, me llevaron hasta la parte más frondosa del bosque por la noche y, ¡ale, pingüino, a sobrevivir! Así que... nada, allí estaba yo con mi frac, mis aletas y mi navaja suiza, solo en medio de un bosque desconocido, viendo pasar corriendo a Caperucita y a un grupo de enanos mineros silbando, escuchando los rugidos de los tiburones a lo lejos, pues me dio por pensar que me perseguía una manada de tiburones de rama en rama; así que no me quedó otro remedio que sacar mi móvil y pedir un taxi para volver a casa; ya en el taxi camino a casa, tuvimos un percance, casi atropellamos a una ardilla que había cruzado sin mirar.

Si ya me lo decía mi abuelita: "hijo mío, las ardillas son unos animales algo bobos".

RECUERDO DE CHAPLIN-CHARLOT

RECUERDO DE CHAPLIN-CHARLOT

Y recordar, al fin, las alpargatas,

las dudas y los pelos en la ducha,

las sopas de zapatos, el bigote

plagiado por aquel loco bajito.

 

Y recordar, al fin, en mil colores,

palabras musicadas en silencio,

el chico que rompía las ventanas,

la risa, la alegría de estar vivo;

la sencillez de un gesto de teatro,

bombín, bastón y grandes pantalones,

el pobre se hizo rico como pobre

con quimera dorada en su mirada.

 

Y recordar, al fin, que por amores

se mata y se asesina sin complejos,

hilvana cien verdades como puños

en negro, blanco y negro, gris teñido.

 

Y recordar, al fin, un vagabundo

que empapa con sonrisas todo llanto,

abierta carretera al horizonte,

se marcha dando pasos celestiales.

GOLPEANDO

GOLPEANDO

Les juro que así fue, casi de golpe,

nadando entre la gente -había un golpe-

y mareado tras beber un golpe

de aguardiente, le rozó de aire un golpe;

 

al banco central se fue a dar el golpe;

bajo su chaquetón, notaba el golpe

de su corazón al sentir el golpe

de efecto cuando a un cliente le dio un golpe.

 

Y la huida en coche, una curva, un golpe

de volante, la sangre, un bajo golpe

del destino que dio de gracia el golpe

y él, pálido, muriendo tan de golpe.

 

no hubo palabras solemnes, ni un golpe;

la muerte, claro, fue para él un golpe;

lo enterraron en un lúgubre golpe;

al fondo el triste mar provocó un golpe.

PARA QUE NO ESTÉN CANSADOS

PARA QUE NO ESTÉN CANSADOS

Mira, el columpio rompe el viento en un vaivén

y un par de pies colgantes rasgan papeles

mientras la risa asoma bajo una nariz redonda.

Gírate, que el balancín siempre sube y sube,

una y otra vez hasta igualar un kilo de lentejas

con un litro de batido de vainilla.

 

¡Eh! Que las palas y los cubos, y los rastrillos,

levantan muros y almenas, defensas inquebrantables

contra el paso de los años.

Oye, las metralletas, algunas veces, tan sólo matan

monstruos de aire y de armario; otras veces,

empapan de agua los odiados trajes de domingo.

 

Escucha, ¿no te parece estar junto al Mediterráneo?,

tengo una concha mágica que me regaló el abuelo.

Y dime si esta vez los indios no dejarán

que muera el último bisonte, o si, de nuevo, los vaqueros levantarán

sus vallas de alambre de espino, del que pincha como una rosa.

 

¡Vamos!, despierta ya del sueño del parque

que debemos volver con mamá y papá hasta casa;

son ya casi las ocho y ya sabes que los Lunnis son siempre puntuales;

pues los columpios deben dormirse pronto,

para estar descansados mañana a la tarde.

Si el cielo era tu infierno (para el diablillo Luismi)

Si el cielo era tu infierno (para el diablillo Luismi)

Si el cielo era tu infierno y si las llamas

quemaban con cosquillas solamente,

con risas, con tu humor resplandeciente,

escoge, que tendrás una y mil camas.

 

Si el cielo era tu infierno y ahora clamas

al viento y a la mar tan fuertemente

que tu Zamora llora penitente

viendo pasar tu vida en fotogramas;

 

y si tu infierno es cielo en nuestra tierra,

y nuestras vidas son tan aburridas

sin tu magia, tu sol, tu paz, tu guerra;

 

tendremos que subir hasta tu infierno,

sin ruido despertar almas dormidas,

bailar con tu amistad, Jimul eterno.

MIGAS SIN RASTRO

MIGAS SIN RASTRO

La puerta de la entrada estaba abierta,

las escaleras bajan hasta un cielo

que está en alerta,

que está en alerta;

me harás picar cien veces en tu anzuelo,

me harás saber si esta velada incierta

te mantendrá despierta,

te mantendrá despierta.

 

Me das una de miel y otra de menta,

me invitas a pasar hasta tu cuarto

y allí me inventas

más de la cuenta;

después de provocarme tres infartos,

después, cuando ha pasado la tormenta,

te vas cual Cenicienta,

te vas cual Cenicienta.

 

La cama es un desierto mientras tanto,

la almohada es como un niño sin juguete,

como un billete

que cae de canto,

como un fantasma que murió de espanto.

 

Me siento como un traje en un armario

con frío, miedo y colgado de ti,

pez sin acuario;

una hache dentro de un abecedario

que, muda, intenta hablar; un adversario

que está solo entre mil

buscando tu mirada sin censuras,

perdiendo el alma, el siglo, la cordura.

 

Vuelves de la cocina con un beso,

me afeitas la barbilla con las manos

y me tiemblan los huesos,

y me tiemblan los huesos;

parece que han menguado los enanos

del circo de esta noche en tren expreso

que traquetea travieso,

que traquetea travieso.

 

Y mueves tu perfecto culo inquieto

de un brinco, y te vistes mi camisa

sobre tus senos,

sobre tus senos;

te sales al balcón a oler la brisa,

me quedo solo y me siento un boceto

que va de más a menos,

que va de más a menos.

 

La cama es sombra como un mar sin manto

de estrellas, una obra sin sainete,

como un boquete,

como un quebranto,

como un diablillo convertido en santo.

 

Me siento como una jaula de grillos

que gime y llora para poder salir,

un sol sin brillo;

un pino del revés; un bocadillo

que muerden sin piedad; como un barquillo

que deja tras de sí

migas sin rastro; y mientras se clausura

esta aventura,

creo que me ha invadido la locura…

 

Que empiezo a saltar desde las alturas

si no vienes aquí

y me traes tu mirada sin censuras,

que pierdo el alma, el siglo, la cordura…

 

La cama es un bosquejo mientras tanto,

como el entierro de un viejo ciprés

o uno de los quinientos dedos de un ciempiés,

como un futbolista en el banquillo; como un barquillo

que deja tras de sí migas sin rastro,

migas sin rastro…

 

No espero que construyan las aceras

hasta que estés aquí

y que amanezca (¡chas!) cuando tú quieras,

que gano el norte, el mundo, la quimera...

 

La cama es un silencio mientras tanto,

como la duda del ser o no ser

o un piso de soltero en alquiler,

como un otoño sin amarillo; como un barquillo

que deja tras de sí migas sin rastro,

migas sin rastro…

 

Me siento solo en un aniversario,

con frío, miedo y colgado de ti;

un calendario

que los meses perdió; como un corsario

que deja tras de sí

migas sin rastro, sin mapas de tesoros,

plata y oro,

a la deriva en un mar incoloro.

 

Me pierdo en laberintos de pintura

hasta que estás aquí,

hasta que se me acerca tu cintura,

y me quema el olor de tu figura.

 

La cama es una nave en el espacio

que a la deriva viaja como un pez,

como un dos que se ha convertido en tres,

como un loco buscando su tornillo; como un barquillo

que deja tras de sí migas sin rastro,

migas sin rastro…

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NOCHES DE TESOROS

NOCHES DE TESOROS

Un loro lo acompañó

en sus viajes llenos de aventuras

por los bares de todo Madrid.

 

Noches de vino y pasión

brindando con jarras y con cubas

con un fresco olor a carmín.

 

Vio en bandeja la emoción

de unas piernas con champán

cuando al ir de camino a la barra

naufragó en su mirada el azar.

 

Abordó su corazón,

la endulzó con un ramo de uvas

untando nocilla en el pan:

 

- Le haces sombra al bermellón,

pues tus labios llenos de locuras

se visten de un bello azafrán.

 

Y encontró su cascabel

escondido en el ajuar

de su mapa de cuerpo desnudo

que invita a un pirata a pecar.

 

Y saliendo de un letargo

vendió su viejo camión,

pidió a la primavera su barco

y tejió con flores un cañón

que dispara por encargo

besos con sabor amargo

que, subiendo la marea,

sólo anhela, sin embargo,

ser canela en tu colchón.

 

Calaveras de marfil.

En un muelle lleno de sudores

se comparten abrazos y ron.

 

Banderas de regaliz.

Por su vientre dos manos recorren

una ruta que nadie trazó.

 

La abrazó y no se durmió

para ver amanecer

noches llenas de tesoros

que brinda con un guiño el placer.

 

Y saliendo de un letargo

vendió su viejo camión,

pidió a la primavera su barco

y tejió con flores un cañón

que dispara por encargo

besos con sabor amargo

que, subiendo la marea,

sólo anhela, sin embargo,

ser canela en tu colchón.

 

Y jamás de los jamases

pensó en poder atracar

en un muelle de retales

que, cosidos, dan un cuerpo

que siempre llueve al amar

besos que cantan al día,

cantares que labran vida

mientras mueren al azar

solitarios malheridos,

ahogados en soledad,

que se afeitaron la barba

azul, roja, negra o blanca,

que no supieron soñar,

que perdieron mil batallas,

que no tuvieron agallas

para un tesoro buscar.

CAPERUCITA

CAPERUCITA

Caperucita tiene tres peluches

de lobo en su cama,

quizás;

guarda horquillas de colores

en sitios insospechados;

tiene un mechón azul bajo su capa;

hace trampas cuando juega al tute

con los amigos de su abuelo,

que estuvo de viaje años atrás.



Caperucita tiene tres peluches

de lobo en su cama

y un cojín de Hello Kitty,

quizás.



Esta noche no ha salido Dexter de caza,

no ha sorprendido a la abuelita en la ducha

ni se ha enfundado el camisón.

Una caperuza roja ha desteñido en la lavadora

toda la ropa blanca.

La cesta llena de pasteles ha quedado olvidada

en la despensa, para deleite de los ratones.



Caperucita ha dejado atrás los cuentos,

se ha hecho trenzas y se ha vestido de negro

- nadie la reconocerá -

para ir al concierto de los Children

donde el lobo Laiho aullará para ella

mientras empieza a vivir

el cuento de su vida.

 

                                                                                                                                         

CRÓNICAS SOBRE MI ABUELITA 7. A BUEN ENTRENADOR...

CRÓNICAS SOBRE MI ABUELITA 7. A BUEN ENTRENADOR...

Si ya me lo decía mi abuelita: “hijo mío, a buen entrenador pocas palabras bastan”, pero yo no le hacía caso, y así me fue, que me pasaba todo el día hablándole al entrenador de natación y, claro, como lo hacía dentro de la piscina mientras nadaba, pues tragaba agua sin parar - ¡cof, cof!, tosía. Y Don Perico, que así se llamaba el entrenador, me tenía tirria y me daba ánimos en plan: “¡cierra el pico, leñe!”; y yo venga a hablarle y a hablarle. Le contaba lo que había desayunado, lo que había visto en la tele, si me habían castigado en el cole... ésas cosas de la vida diaria de un estudiante de 4º EGB. Yo sabía que a Don Perico le encantaba escuchar mis historias, no por la cara que ponía, que era más bien de asco que de otra cosa, sino porque cuando decía: “¡ya no puedo más!” y se lanzaba a la piscina en plan tigre y me inflaba a aguadillas, sé que lo hacía porque utilizaba la psicología inversa, que haces o dices una cosa, pero en realidad quieres decir o hacer lo contrario (por eso se llama psicología inversa, aunque también podría haberse llamado psicología contraria, reversa, invertida, opuesta o trastornada, pero bueno, es lo que hay, no le demos más vueltas o circunvalaciones).

En fin, tras varios meses de hablarle al entrenador en las clases de natación y de muchas aguadillas, un día me dio por bucear hasta el fondo de la piscina, pues me pareció ver allí abajo un broche dorado que no era otro que el famoso broche sajón de Kingston; así que buceé y buceé, lo agarré con la mano izquierda pensando que me haría rico y subí a la superficie en una especie de caída libre hacia arriba, vamos, en subida libre. Por desgracia, el broche no era más que una horquilla de mierda con un muñequito de Piolín que, al ser amarillo limón, me hizo confundirme. ¡Maldito Tweety!

Muy enfadado, cambié la piscina por las clases de solfeo; pero no pasé del RE menor – no me preguntéis por qué. Y de ahí a las clases de Mecanografía. Venga a teclear todo el día, clic, clac, clic, clac, clic, clac... Salía de las clases con los dedos destrozados. Un día un compañero, Marcos, que tenía cara de bobo, dijo que era más rápido que yo tecleando y que me echaba una carrera. ¡Preparados... listos... ya! Y él comenzó a teclear rápido como el viento y los guepardos, a lo que yo aproveché para agarrar mi máquina de escribir, estampársela en la cabeza y robarle el bocadillo. Después de eso, me convertí en el jefe de la clase de mecanografía de nivel 0. Lo malo fue que al poco tiempo pasé a nivel 1 y allí ya había otro jefe, con lo que mi hazaña con Marcos el bobo se quedó en el olvido. Si ya me lo decía mi abuelita: “hijo mío, las tumbas se abren a cada instante y se cierran para siempre”, o algo parecido.

NO SÓLO LOCO (Dadá Demodé, de Rafael Sarmentero)

NO SÓLO LOCO (Dadá Demodé, de Rafael Sarmentero)

Como poco coco compro,

poco coco como.

 

 

Os diré que fue un genio,

una estrella o un foco

de este nuevo milenio,

porque ser loco es poco.

 

Os diré que le ataron

por su astucia y su coco,

peligroso, estimaron,

porque ser loco es poco.

 

Rafael Sarmentero,

poeta, novelista,

algo de caballero

con mirada de artista,

yo sé que fue rapero,

mezcla de ajedrecista

- pero con más salero -

y de abolicionista,

sol de luna lunero;

 

¡eh!, las damas primero,

mas por orden de lista,

que se calle el barquero

- por ser antagonista -,

nadie paga dinero

si va por su autopista.

 

Y si ser loco es poco

y no es moco de pavo,

¿se tiró de un octavo?,

¿era el pájaro loco?,

¿era como una cabra?

¿dónde está su palabra?

 

Puede ser que se fuese

- con corbata lo evoco -,

que otras vidas quisiese,

porque ser loco es poco;

dentro de su carpeta

un nuevo documento

de texto en avioneta

nos señala el momento

y, cayendo en picado

sin ningún aspaviento,

una estela ha dejado

dando tumbos al viento.

 

y aunque ser loco es poco

apropiado adjetivo,

siempre es más que estar vivo

en un mundo barroco

y sentirse adoptado,

confundido y cansado,

porque ser loco es poco.

 

Hoy publica Dadá

demodé en un silbido

¿o quizá es un chillido

o un espasmo quizá?

¿Yo? Tal vez; él tampoco,

 

porque Rafa no es poco.

LIENZO ESTACIONAL

LIENZO ESTACIONAL

Si llegó la primavera,

espera,

que el verano pasa en lento

lamento

y el otoño de la vida

se oxida;

pues la nieve, tan caída,

del invierno te desvela,

desdibuja la acuarela

y la tela queda herida.

ACÉRCATE

ACÉRCATE

La enredadera sube a paso firme

al ritmo de la flauta travesera,

calcula logaritmos cualesquiera,

estimula el desvelo;

debo irme,

 

me cuentas con tus dos trozos de cielo;

un tren sale del puerto a cada hora,

lo sabes, no te marches en la aurora,

acércate a mi piel

y dame un beso.

 

 

 

El cuadro es de Leonardo Herrera

BUEN LADRÓN

BUEN LADRÓN

De niño su mirada era una flor

de las que sobreviven primaveras;

de joven le privaban las carteras

- su mano era veloz -

ajenas, de prestado a su chaqueta.

 

No todos le llamaban Buen Ladrón,

en especial las madres de las chicas

aquellas que soñaban que eran ricas

desde su habitación

y que él el corazón les robaría.

 

Tal vez fue que perdiese la ilusión,

tal vez fue que eligió cambiar su vida,

lo cierto es que a los treinta en un buen día

sus manos ya no usó

para afanar a gente en gabardina.

 

Tan bueno, tan traidor, tan clandestino,

tan rico en el afán de la pobreza,

tan pobre como un vaso sin cerveza,

tan gélido destino,

tan dulce como el vino de cereza.

 

Se supo por las calles del lugar

que el monte fue su ya eterno escondrijo,

pastor de una pastora con un hijo,

solía corretear

con ellos entre abetos y entre pinos.

 

De poco le sirvieron su cantar

en los días pasados: sus hazañas,

sus hurtos, sus carreras y artimañas

para la ley burlar,

pues le acabó cazando una muchacha.

 

Tan bueno, tan traidor, tan clandestino,

tan rico en el afán de la pobreza,

tan pobre como un vaso sin cerveza,

tan cálido destino,

tan dulce como el vino de cereza.

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LOS DEDOS DEL AZAR

LOS DEDOS DEL AZAR

Sabes muy bien que estoy colgado,

contando los dedos del azar,

me salen veintitrés;

Ellos me hablaron de otros lados

donde no manda Soledad,

ya llevo veintiséis;

tus manos señalan

que son mi destino,

si es tan sólo un mal, serán

dos dados tirados sin pensar.

 

¿Ya te has cansado?, ¿qué has decidido?

Tienes dos manos y tres pies;

agasajado por tu castigo,

y la esperanza se me va.

Sabes muy bien que ando estancado

pescando cuentos en tu mar,

y es que érase una vez…

Tal vez ocurra - inesperado -

que acabe con un buen final,

perdices vamos a comer;

marcaré tu espalda,

seguiré el camino,

puede que tú seas mi lugar,

dos dados lanzados sin pensar.

 

¿Ya lo has barajado?, ¿te lo has permitido?,

cuento y me salen treinta y tres.

Tal vez tirado, como un mendigo,

con los sueños en un vaivén;

trazaré el sendero, mapa del destino,

mi vida no es un Blackjack,

trucaré los dados de mi azar;

 

cruzaré tus dedos hoy,

si no sale un doble seis,

pediré escuchar otra canción.

Cuando nos pisen

¿Dónde vas,

dónde vas? Hacia el mar del pasado,

hay un pez, hay un pez, pez dorado

con aleta de serie que cuenta

que aún no le has dado

tus besos de menta.

 

El azar

o la inercia al perder un tranvía,

bostezó como bosteza el día

cuando acaba su turno de esclavo,

buscó compañía,

buscó al fin y al cabo.

 

Quiéreme

con tu suerte aleatoria, destino,

quiéreme, no me pidas perdón,

asesino,

y dame tu maldad, corazón.

 

Qué será,

qué será, qué se fue o qué seremos

cuando nos pisen los crisantemos,

si hemos sido amantes

hasta los extremos

más alucinantes.

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