LA IMPORTANCIA DEL FELDESPATO
Adán Despato corre por la orilla. La lluvia baja y sube hasta tocar el horizonte iluminado por los últimos rayos de sol. Su sombra se separa intermitente de su cuerpo ante la risa de las conchas. De pronto, un perro le ladra moviendo la cola y, detrás, Él, ni mucho tridente ni muchos cuernos, pero el demonio al fin. "Hola, Adán, no le haces gracia a mi perro y no es de los que se llevan mal con cualquiera, le daré una de tus costillas para cenar". Sangre, goteo, densidad, Adán maúlla de dolor hasta caer aturdido en un desmayo. El paseante de canes desaparece en un plisplás y medio tris. Los amantes siguen soltando besos, untándose caricias, leyendo labios, jugando con la arena... ninguno ve a Adán en la orilla, sólo las olas se ocupan de mecerlo.
Eva y Adán, quizás soñando, quizás en su paraíso, seguramente inducidos por el paseante de canes, el demonio al fin, descubren unidos en un abrazo la importancia del feldespato.
YA NOS VALE
Ya tenemos sitio donde ir
y barcas para andar;
tenemos ramos de claveles
y labios de agua de barro;
ya tenemos más de tres por tres
y siete por veintiuno;
tenemos calendarios en blanco
y relojes sin cuerda;
ya tenemos tapones para los oídos
y hamburguesas que matan los gritos de hambre,
tenemos paredes insonorizadas
y golpes de vecinos que se apagan subiendo la tele o el mp3;
ya tenemos teléfonos de urgencias
sin prisas ni malos humos,
tenemos agentes de azul
para los morados de andar por casa;
ya tenemos insomnio con pastillas
y pastillas para el insomnio
y las conversaciones graves
sobre las sábanas;
ya tenemos dientes de plástico
para morder al que te quite el sitio en el metro
y silbar a quien no escuchará,
porque sólo aprendemos a oír;
ya tenemos bailes de salón
en deportivas y camareros
atletas encorchados
y tenemos tema y la antena
siempre puesta en los demás;
ya tenemos dinero para tener
y bolsas para tener
y tenedores de plata para pinchar lo que tenemos;
tenemos un globo y azafrán
en las narices y pinzas
para unas cejas sin requesón de postre;
ya tenemos aire en lata, píldoras
de aceite y vinagre en las entrañas;
ya tenemos cableada la ciudad.
Y tenemos, sólo de vez en cuando,
que dejar de lado el amor, el desamor
y la muerte, para pararnos a mirar
la poesía que nos falta en la vida
que hoy, ya mismo, tenemos.
HASTA MI ESTERNÓN
Hasta mi esternón
da golpes tu ausencia:
vacío el colchón,
almohada y carencias;
tan grande la ducha,
tan llena de penas.
No quiero crecer,
soy niño sin juegos.
Secuestro tus besos
al atardecer
cuando los excesos
mojan el papel.
Un zulo de miel,
presagio de huesos
que pueden doler.
En el cenicero
la muerte de luna
se refleja menos.
La flor se inundó,
sudor y calambres,
sentí los enjambres,
tus dedos de amor
escribieron mil
rayitos de sol.
Hasta mi esternón
se convierte en barro:
charcos de pasión
caricias de paso;
no llovió en abril
y nos salió caro.
Aún tus mejillas quieren sonrojarse
si susurro vida al cisne de tu cuello
y tal vez la vista no perciba el aire
que apaga rencillas.
Escapas silbando tras enamorarte,
carne de gallina, erizado el pelo,
mientras, vas soltando tu espuma de martes
que mi pecho limpia.
MICROS
NO HACE MUCHO
Hoy te quiero a bocajarro, Chaouen suena antes de que amanezca, me narra cuentos y microrrelatos de sexo y desamor, de sexo y amor. Las tiendas de chucherías no han abierto aún, así que no puedo ir a robar, arma en mano, un par de piruletas de fresa.
El otro día saltaba en los charcos sin odiar las manchas ni el barro seco en los zapatos. Y no sabía de niños que no reirían nunca como yo y no sabía de sexo ni de amores, ni de desamores. El otro día los pantalones se me quedaban cortos cada dos horas, una estrella errante era un sueño y la felicidad estaba en montar en el tren de la bruja y en el sabor del algodón de azúcar.
El otro día una canción de 3,19 minutos en la radio era casi una vida.
QUIZÁS UN CUENTO
Es posible que en algún anochecer sin fecha en casa de una mujer, casi hubiese una vez.
EL AMANTE QUE ESCAPÓ POR LOS PELOS
Tengo frío, frío en el alma; no siento mis manos, mis dedos ni mis labios. Gotean por mis pestañas mil estalactitas azuladas; crecen por mis pies como la hierba mil estalagmitas pálidas. Tengo frío, frío el cuerpo, frío mi alrededor. Por favor, sáquenme del frigorífico.
CREER CIERTAS COSAS
Un día la princesa a su rey le preguntó: "¿dónde está mi suerte?". El rey le respondió: "sonríe sin mostrar la lengua ni las amígdalas y camina erguida". Y le hizo caso a pies puntillas.
MUY CONVENCIDO
Claro que lo voy a hacer, ¿qué persona cuerda no lo haría? ¿Sabes? Además me parece algo atrevido, distinto, hasta diría que algo cómico. Claro que lo pienso hacer, ¿quién no lo haría? Yo por descontado que sí lo haré. Las amapolas rojas me hacen estornudar; los puros son excesivamente largos para fumarlos de seguido; el bolígrafo rojo no pinta; voy a hacerlo, por supuesto. Dame mi chaqueta, dame mis botas, dame un beso. Salto, corro, vuelo por encima de los escalones. Freno en seco, dejo pasar a una señora que deja su rastro de cometa perfumado, puag, sigo mi camino, busco mi destino pisando charcos y chapoteando en las miradas de los maniquíes. Mil veces no, cien veces tal vez. Hoy lo haré, ha llegado el momento. Los castores son animales extraños, con esa mirada de ovejas luceras y esos dientes roedores; el café se está enfriando; el mechero ya no enciende. Claro que lo voy a hacer, sólo me queda saber el qué.
A DIARIO
Hay un cigarro fumándose dos labios, dos lunares que saltan en una piel, tres olivettis peleando por la única eñe que subsistió. Amanece. Hay dos paraguas, mil gotas llorando en los tejados. Caminas rutinario sin pensar a dónde te diriges, automatizas los sueños por tus pies, por tus zapatos. Chocas, ¡pam!, un rostro nuevo, desconocido, en el que vas reconociendo tus propias ojeras. "Perdón"; "perdonado"; despacho, libros y manuscritos. Hay un cigarro fumándose dos labios...
COSAS QUE PASAN
Con el metro en marcha, corre que te corre, suave que es muy suave, piensa que no sabe y suelta en un alarde: "¡Yeeepa, ay, chiriguai chiribiribí!" y, lógico, todos: "¡!", unos: "¡ahh!" y otros: "¡ooh!", pero sobre todo: "¡!" y la tipa que estaba al lado se desmaya y se estampa contra el suelo, el agente de Prosegur sale pitando y se olvida una bolsa, la vieja que la agarra y no dice esta boca es mía, pero piensa: "esta bolsa no es vuestra", pero justo en ese instante se muere de vieja y el dinero cae y se esparce por todo el vagón y, lógico, todos: "¡!", unos: "¡ahh!" y otros: "¡ooh!", pero sobre todo: "¡!"; pillan el dinero, ríen, sonríen, se abrazan, se besan, se quieren eternamente por un instante y sueltan a coro, como sellando lo allí ocurrido de forma que nadie de fuera lo pueda saber nunca, un enorme, intenso y rápido: "¡Yeeepa, ay, chiriguai chiribiribí!".
Un gato maulló a la Luna, la gran bola de queso no respondió, simplemente se convirtió en queso gruyere. Por sus agujeros cayó hacia la Tierra todo el chocolate líquido caliente de su interior. Por suerte, no nos dio, al final acabó en Marte, ahora, el Planeta Negro. Cuentan que, por eso, nosotros hoy vemos la Luna plana.
CANTO DE SIRENAS
Le susurré al oído un beso; me arañó con la nariz la barba mirando con sus mejillas mis ojos; mordí su cuello - siempre quise ser vampiro de sirenas - justo en el momento que cantó una lluvia de agua salada. Y vimos un lugar sin segunderos de reloj chirriando, sin arena de playa hacia abajo, sin sombra de Sol en movimiento.
Después, humo; después, negra carretera vestida de domingo y niños botando en los charcos; después, pereza y luz sin bombillas.
LA VIDA DE TUS DÍAS DE MAYO
Puedes quedarte allí sentada
y oxidarte como el hierro del olvido.
Puedes perecer sin hacer nada.
Los caramelos de flores malvas
saben a memorias del hastío.
Los puedes chupar con total calma.
No dirás que te duele la espalda
de recoger los frutos de vino.
Lo puedes beber en la mañana.
Puedes recordar la madrugada
en que vinieron a por tu hijo
y regodearte en suerte mala.
Puedes rezar pidiendo venganza
a Dios, la Virgen o Jesucristo,
y puedes llorarle a la almohada.
O seguir la vida de tus días
mirando adelante a cada paso
sin sentir el peso de la ira.
O abrazar de nuevo a tu marido
hasta los confines del ocaso,
olvidándote de donde habita el olvido.
QUE LA VIDA PASA
¿Cuándo vas viendo que pasa la vida
si no en el instante en que estás muriendo?,
cuando el que era nuestro cuerpo emprende huida
y hasta más ver, sin saber qué está haciendo.
¿Cuándo cambian las penas por la risa
si no cuando te conoces viviendo?,
cuando sabes que por ti no es la misa
ni el entierro al que ahora tú estás yendo.
¿Cuándo oirás que repica la campana
triste por tu muerte y por tu encierro
en una caja con un RIP grabado en hierro?
Puede ser que el hoy no tenga mañana
y que el ayer se pierda en la memoria
de esos que lloran tu acabada historia.
Gonzalo López Cerrolaza. Hecho a mano.2004.
DURMIENDO SIEMPRE
¿No has escuchado el despertador?
He hecho el café y no te duchas. Baja
o subo yo. Escalones que tiemblan.
Decido, no llegó el momento, gritando,
escribo grafittis en los ríos
con piedras planas y saltarinas.
Te huelo, tumbado en la cama te huelo,
veo cómo tus sueños sonríen,
discrepo con la dama de muerte
que piensa que ya es hora de andar.
No hay música, no hay sonidos de instrumentos.
Amarguras y cipreses, plañideras,
el hombre negro y blanco habla de ti,
el hombre nocilla, el hombre chocolate.
Y no te conoce. Nadie espera.
No hay música, no hay palabras que me digan.
El hombre chocolate invoca frío.
Hoy recordar me queda, y tu ropa;
hoy conocer me queda, y tu imagen.
Quiero ser yo tu destino, y no sé.
Te olía, tan quieta en la cama, te olía.
PAÍS CONTINENTAL
País Nunca Jamás,
donde palabras extrañas obligan.
Y nunca jamás ríes.
Y nunca jamás Murcia.
País de Maravillas,
donde no dan pero sí venden.
Y, maravillas, hambre.
Y, maravillas, Niza.
País de Dulces Sueños,
donde hasta el azúcar amarga.
Dulces sueños, insomnio.
Dulces sueños, Birmingham.
País Cuento Clásico,
donde mil cuentas y recuentos.
Y cuento clásico, dominio.
Y cuento clásico, Europa.
ANTES DE ENCENDER LA NOCHE
Hastiado de andar ocupado
tomé vacaciones indefinidas.
Un hombre con bigote me gritaba
y no cerré la puerta
al salir para no volver.
Me prometí cambiar el rumbo,
dirigirme raudo hacia el poniente.
No sujetaba mi mano ninguna
calavera, tibia ni peroné.
No lancé preguntas al viento
cuyas respuestas afirmasen
o negasen mi larga existencia.
El teatro a los escenarios.
Yo sabía lo que buscaba.
Me prometí cambiar el rumbo,
dirigirme raudo hacia el poniente
antes de apagar la luz.
No hice pactos con Satanás,
que nunca creí tener alma,
¿cómo la iba a vender?
y ¿cuántos euros me darían?
Me prometí cambiar el rumbo,
dirigirme raudo hacia el poniente
antes de encender la noche.
El Viaducto no era opción,
como tampoco el veneno:
no quería dormir mi destino,
tan sólo variar la senda.
Tomé vacaciones indefinidas,
mientras, un hombre gritaba.
Y no cerré la puerta,
pero eché algún candado,
perdí las llaves y abrí cerraduras
antes de dar un soplido a las velas.
DESPEDIDA DULCE
Noche con colores
de óleo y escarcha
blanca, fría, muda,
y recién pintada.
Como cuatro perros
jugando a las cartas,
o cuatro esqueletos
echando las tabas,
borrachos caminan
en la madrugada
de un ronco diciembre;
tres dongs de campana.
A su paso salen,
rojas las pisadas,
dos lindas mujeres
con mirada amarga.
Una es hija suya,
la otra su hermana,
rebusca en su bolso,
saca una navaja.
Se acerca al más alto,
un galán sin alma
que se cae al suelo
de una cuchillada.
Los tres hombres vivos
se miran las caras,
el padre, en el medio,
pregunta: "¿qué pasa?,
¿te me has vuelto loca
que a mi amigo matas?"
Las hijas lo miran
y le dan la espalda.
Como en un silbido
dicen en voz baja:
"A hierro termina
quien a hierro mata".
Se quita la blusa
la niña más baja,
enseña a su padre
su espalda morada
por golpes, por palos,
la chica violada.
"A hierro termina
quien a hierro mata".
Despedida dulce,
amarga venganza.
Respuesta a Intención, de Chus
Podría hacerte subir
la Cuesta Moyano
o cualquiera de mi Casco,
el Antiguo, el de Toledo;
podría darte besos de cera
en museos a la luz de las velas;
podría pintar tu eternidad, Chus,
aunque no sea
Domenico Theotocopoulos,
aunque no seas
de Orgaz, mas sí Señor.
QUISIERA
Quisiera que no me quisieses demasiado,
quisiera que no pidieses más de lo que no hay,
quisiera que vivieses conmigo o sin mí los pecados,
quisiera que pecases más de lo normal.
Quisiera que los domingos no hubiese misa,
quisiera que a nadie tuvieses que rezar,
quisiera que tus dioses no tuviesen prisa,
quisiera que sus verdades fuesen verdad.
Quisiera que tú supieras lo que te extraño
las noches que decides venir a dormir,
quisiera que no alimentases el desengaño
de la vida que has decido vivir sin mí.
Quisiera, quisiera,
quisiera que estuvieses lejos, a mi lado,
quisiera, quisiera,
quisiera que la madrugada nos despertase un día
y no nos dijese que la luna se ha marchado,
se ha cansado de esperar.
Ya no deshoja las margaritas que coronaron
la felicidad que había en tus ojos cuando sabían
que te quería y te tenía en un altar.
Quisiera que nunca quieras querer quererme,
quisiera que me dijeses ¡déjame en paz!,
quisiera que el cartero una mañana venga a traerme
un beso tuyo desde Galicia en una postal.
Quisiera no echarte siempre tanto de menos,
quisiera no haberte echado tanto de más,
quisiera que sólo recordases los ratos buenos:
caricias, besos con sexo y con amistad.
Quisiera que los meses en el calendario
te hubiesen hecho aprender bien la lección,
quisiera que estuviese más vacío el armario,
mas quisiera a veces como tú no sentirme yo.
Quisiera, quisiera,
quisiera que estuvieses lejos, a mi lado,
quisiera, quisiera,
quisiera que la madrugada nos despertase un día
y no nos dijese que la luna se ha marchado,
se ha cansado de esperar.
Ya no deshoja las margaritas que coronaron
la felicidad que había en mis ojos cuando sabían
que me querías y me tenías en un altar.
Quisiera que por un plato de lentejas
no vendieses tu bello reino de mujer,
quisiera que le echases más cuento que calleja
a tu vida y vivieses por puro placer.
Quisiera nunca más volver a verte
y quisiera que fuese por ti,
que no dejes que el amor yo vuelva a hacerte,
que me entere por amigos de que te has ido a París.
Quisiera volver a casa una noche y darme cuenta
de que no estás y de que era lo mejor,
quisiera echar de menos tus maletas,
mas quisiera a veces que no fuese cierta esta canción.
Quisiera, quisiera,
quisiera que estuvieses lejos, a mi lado,
quisiera, quisiera,
quisiera que la madrugada nos despertase un día
y no nos dijese que la luna se ha marchado,
se ha cansado de esperar.
Ya no deshoja las margaritas que coronaron
la felicidad que había en mis ojos cuando sabían
que me querías y me tenías en un altar.
NUEVE MESES (A Sofi, para que se le pase la gripe)
9 de agosto. No existían sueños de algodón. Las pesadillas acartonadas volaban sin posarse en los árboles ni en los niños. Un gato negro y escuálido dibujaba, muerto de hambre, un ratón en la arena de la playa que jamás cobraría vida, ni su posterior muerte, para ser alimento del felino. María preparaba el desayuno. Alberto estiraba las sábanas de una cama que llevaba tiempo sin deshacerse por nada que no fuera dormir y soñar besos invisibles. ¡Qué felices fueron durante muy poco tiempo! Un matrimonio de meses y una eternidad de frustraciones y silencios incómodos. Un hogar dulce de cara a los amigos; noches sin sal de dos que duermen dándose la espalda; acidez de estómago y nunca de más abajo; mañanas amargas y solitarias.
9 de julio. No existían besos de algodón. No es la inapetencia sexual la que da el olvido, ni la dejadez la que separa dos cuerpos entrelazados. Quizás la rutina. Puco, el perro, hace tiempo que fue enterrado. Llevaba muchos meses sin jugar con su pelota de tenis y había comenzado a mearse en cualquier rincón de la casa. Pasear por la orilla con las zapatillas atadas de los cordones y colgadas de los hombros para sentir el agua en la piel descalza ya no era divertido para Alberto, como tampoco lo era picotear de la fuente de patatas fritas recién hechas antes de que llegasen a la mesa. ¡Qué calores! Cada verano más infernal, cada día más hielo en los vasos y en las miradas de dos extraños que comparten techo y suelo.
9 de junio. No existían vacaciones de algodón. Ni existirían al mes siguiente. Vivir en una casita en la playa suele dar lugar a ello. ¿Para qué ir de veraneo a ningún sitio teniendo vistas al mar? ¿Para qué bajar las maletas del armario si no quiero ir contigo a cualquier lugar? María habría elegido Madrid. Lo imaginaba, ingenua, vacío en julio y agosto. Libre de humos y ronquidos de coches despiertos. Museos y tiendas vacíos y acicalados para ella. Tan guapos. Tan elegantes. Un dependiente le calzaría esos zapatos que él jamás le regaló y que ella nunca se atrevió a pedir. El metro. Un día entero por el metro. Deseos extraños no conseguidos que seguía soñando mientras recogía piedras húmedas de entre la arena, de entre las algas.
9 de mayo. No existían flores de algodón. ¡Qué despacio pasa el tiempo! Habían pasado sólo dos meses y parecía que quedaba aún una autopista de horas. Alberto llevaba días durmiendo menos, se despertaba a deshora soñándose muerto. Una vez despierto y pasada la pesadilla, seguía notando un leve balanceo, como el de un gorrión posado en el hilo telefónico de cualquier ciudad. La sopa de cocido le quemó la lengua, más de media vida quemándose la lengua con la misma sopa de cocido, el mismo sabor, la misma espesura, siempre igual de caliente. Siesta. Cada día unos minutos más de siesta, cada día unos minutos más cerca del minuto, cada día menos días, cada día más y más largo y gris.
9 de abril. No existían lluvias de algodón. De agua sí. Un balde bajo la gotera de la cocina, la misma desde que se compraron la casa, la misma, pero con los armarios más chirriantes y las paredes más amarillas. María cierra los ojos dejando a un lado la vigilancia del arroz, que ya es mayorcito para saber cocerse solo. ¡Qué tiempos! Piensa el día que entró por primera vez en esa habitación, ya amueblada y en cómo brillaban los ojos de Alberto al enseñársela, la había hecho para ella, para ellos. Se abrazaron, cerraron los ojos y bailaron al son de la felicidad que los unía, sin música, sin tatareos, sin una orquesta o unos mariachis que les marcasen el compás a seguir, porque sus corazones ya tenían su propio ritmo. Abre los ojos, el arroz ya está en su punto.
9 de marzo. No existían relojes de algodón. Alberto no ha ido a trabajar. Toda la mañana encerrado en su dormitorio sopesando los pros y los contras de su decisión, la última, la más importante, quizás el paso de gigante que nunca se atrevió a dar. Su estómago ya no le tiembla al pensar en ella desde hace años. Antes era divertido, antes era el motivo por el que se levantaba. ¿Ir al cine?, una misión. ¿Llevarla a cenar?, una batalla. ¿Dormir a su lado?, una guerra, la única guerra llevadera, la única guerra en que alguien podría sentirse cómodo y disfrutar, la mejor guerra: miedo, dificultad, ataque, premio, sonrisas, victoria compartida, amaneceres brillantes. Estaba decidido: lo haría el día de su aniversario.
9 de febrero. No existían caricias de algodón. El coche se ha vuelto a estropear, ¡estúpido coche! Alberto quería cambiarlo, y lo hubiese hecho de no ser por la idea que tenía en mente desde hacía ya algún tiempo. El autobús. Antes hubiera avisado a María y habrían ido a la ciudad paseando, correteando entre pellizcos y risas, recogiendo flores silvestres, una para su ojal, las demás en un ramito para María. ¡Cuánto tarda en llegar el transporte público cuando lo necesitas! Con la edad las distancias se alargan y el tiempo en el reloj de arena cae más despacio. Con la edad podían contar con los dedos de una mano los gestos de cariño de todo el mes, parecía como si las caricias se les hubiesen caducado.
9 de enero. No existían copos de algodón. El clima no es excesivamente frío por estos lugares, la costa baña con su brisa la nieve de las montañas y la derrite como dos adolescentes enamorados se derriten con sus miradas. No la ha felicitado por su cumpleaños. Tampoco pasa nada, no celebran los cumpleaños desde... ya no recuerda cuánto ha pasado desde el último cumpleaños que celebraron. La Navidad y la Nochevieja sí. Y su aniversario, siempre. Doce rosas rojas. Año tras año. A Alberto nunca se le ha olvidado un aniversario. Un amago de sonrisa. Doce rosas rojas no tapan doce años tristes, ni una vida sin hijos. Podría haber sido madre, pero él jamás quiso. No quiero hijos. Y ella aceptó. Maldito 9 de septiembre en que se casaron.
¡Que no se os escapen los sueños! XX
Al día siguiente llamaron a la puerta dos hombres que parecían sapos. El resto para qué contarlo. Ahora no tengo ni carnet, ni coche, ni dinero para pagar la multa que me cayó por peliculero.
A la luz de tus ojos
A la luz de tus ojos
contemplo el azul de las velas,
la llama horizontal que son tus labios.
DE VIDA EN VIVO
De vida en vivo me paso las horas,
sin el deber de recordar
ni tu voz ni tu pan ni tus piernas,
ni la primera vez que me besaste,
pues jamás te has ido, Sofía.
De vida en vivo te abrazo en la aurora.
Y no quiero nombrar estrellas,
ni saber que ahora ha pasado.
Lléname otra vez los ojos. Mira,
hay un espejo flotando mares.
De vida en vivo despierto a deshora.
Y las ojeras de amarte se agrandan,
no deseo otra cosa que tenerte
en mi piel con tu piel. Canta,
hay nuestras vidas en singular.
QUITAPENAS
Detesto ser capaz de hacerte daño,
habita en mí la sal de los terrones
de azúcar, la maldad sin intención.
No es cierto que sabré saltarme el muro
de carne y de ternura levantado.
Quisiera detener todas las horas.
Antaño decidí aprenderlo todo
teniendo un clavel entre los dientes,
bailando, me abracé a un tango de rubia
mirada de un azul mayor que el rayo.
Descubrí que al final no había túnel,
que son más negros que el carbón los grises,
quien domina es el único que juega,
el resto somos sólo una canción.
No vale, apostaste con mis cartas;
dos ases no dejan de ser dibujos
pintando hacia la muerte del deseo.
¡Lector! Admire este tocadiscos
en vida, que viviente soy un baile.
Escuchan, son los únicos que sueñan
teniendo un clavel entre sus dientes,
los tangos de Gardel quitan las penas.
VIVIR SIN PECADO
Ni lujuria, ni gula, ni pereza,
¿qué me queda, entonces, en esta vida?,
¿la soledad?, ¿el hambre?, ¿la pobreza?,
¿un alma muerta o, si no muerta, herida?
Queda sólo, lo digo con franqueza,
una etapa en la vida descosida
que aguarda, como zorro en la maleza,
pecados que la dejen bien zurcida.
Una etapa en la vida desganada
que duerme con los ojos bien cerrados
y de día permanece tumbada,
pues está enferma y está desvencijada,
con mal presente, con buenos pasados
y un futuro del que no espera nada.
(Del libro Hecho a mano)
AMORES DE CHAT
Cené con Doña Tecla, la amante del teclado,
se quitó la rebeca mirando hacia otro lado,
me dijo suavemente: quiero que me teclees,
y la besé un buen rato, así como lo lees.
Pantallas con ventanas que muestran cuando esconden
más que un día sin niebla y nunca me responden
¿qué coño es lo que busco, qué encuentro y qué ya tengo?,
si todo está tranquilo, ¿por qué me voy y vengo?
Los ajos se repiten, son un disco rallado,
sus voces me transmiten que mi sueño ha volado
contigo, con mis manos. Tan guapa, no me esperes
que no quiero esperanzas, pues sé que no me quieres.
Amanece apagado, pc de Steve Wonder,
que, ciego, de un bocado, la nocilla se come;
¿Sabes?, te sigo amando, juego con la Nintendo
mientras pienso tus labios y a ellos voy corriendo.
Comí con Mini Mouse*, la novia del ratón,
que tiene un guante blanco y roba el corazón
de los que nos quedamos mirándola beatos,
es madre que no cose, y amante de mil gatos.
Un Linux que no es Windows me dijo que existía,
se me quedó colgado, perdí mi biografía.
Busco en las papeleras las letras de canciones
que nunca escribí a boli y perdí a pares o nones.
Me duele la cabeza de haberte conocido,
dijiste sólo sexo y me doy por vencido,
no quiero que me cuentes un cuento tras los besos,
he quedado con otra y no estoy para excesos.
Además, dulce Alicia, ¿país de maravillas?
puedes irte tú sola, que no me hace cosquillas,
que ya tengo bastante con pensarme solito
historias de un tal Dickens, y más no solicito.
Dame el bicarbonato y el zumo de cebada
para seguir pensando que no ha pasado nada.
La nada no lo es todo, ni el todo es poderoso,
ni el poder de los osos es nada si te evoco.
Pondré un rato el Emule que quiero ser pirata,
la vecina no sube, quizá estiró la pata,
quizá sigue soñando que nunca despertó,
como esa cenicienta que descalza me amó,
una bella durmiente más que una bestia ronca,
se comió una manzana y armó una buena bronca,
sé que iba colocada del fruto colorado,
¿romper de una patada un espejo dorado?
Pepito Grillo vino a repartir buen vino
y dar en el pescuezo al hijo del padrino,
la novia se ha fugado con la pasión fugaz
que siente por un preso fugado de Alcatraz.
Besé a Emilia un segundo y estoy desayunado,
a veces amo el mundo, no siempre demasiado,
odio los pegamentos que no pegan la piel
que no quieren juntarme a tus labios de miel.
Las cartas que me escribes: faltas de ortografía,
reenvíos de otros hombres, la virus de María,
ésa que no perdona que me fuese contigo,
pero ya, al fin y al cabo, te digo como amigo
que lo que le molesta de toda nuestra historia
es que le dabas vueltas como gira una noria,
pensaba que algo había y algo quedó en su mente,
no sé, que la querías. Eres sobresaliente,
matrícula de honor, que cantaban Tequila,
de lo soso el sabor. Y tú por mí tranquila
cuando te vas de viaje, que no sufro abstinencia,
y no hago mi equipaje, ni muero por tu ausencia.
Me puse ayer a dieta, seguro que algo engordo,
ya paro de escribirte, me estoy quedando sordo
de oír de mis amores y leerte la vida,
¿nos vamos a la cama?, comienza otra partida.
* Léase como se escribe.