¡Que no se os escapen los sueños XVII
Llegando a los cielos con los pies en la maceta, yo también tengo mi fórmula secreta. La Cocacola siempre es igual, yo a veces tampoco puedo cambiar. Ya no quiero más tener buena suerte, abrázame fuerte y hazme volar, hazme reír, hazme llorar. Reír y llorar. Kiko Veneno.
Como las cosas malas de esta vida provienen siempre del cielo, he guardado mi fórmula secreta en lugar seguro. Pasé muchos años buscándola, pidiendo subvenciones al Estado y los amigos y contando a todos que seguía con ello, que estaba experimentando con todo tipo de mecheros de colores y que eran siempre colores lisos, pues, en los comienzos, utilizaba también los de dibujitos, pero me despistaba con las flores, las manchas de vaca, las de cebra, las letras de direcciones de bancos y estancos, los teléfonos de bares a los que llamaba y nadie me conocía, lo que era extraño, porque ¿quién da su número de teléfono a un desconocido?, etcétera. Explicaba que por eso comencé a usar solamente mecheros lisos, verdes, rojos, azules, amarillos y, en su defecto, blancos y que, sin embargo, al cabo de meses y meses de investigación científica, planteando el problema, muy relevante, por cierto, aunque con claras dificultades de resolución; revisando libros y más libros, archivos, legajos ; formulando hipótesis, de las de generalizar, que si no, ¿para qué andaba yo echándole tantas horas a los vientos?; comprando un recogedor nuevo para barrer los datos que fuesen saliendo en forma de variables, muestra, diseño ; analizando datos para, posteriormente, contrastar; extrayendo las conclusiones. Al cabo de unos meses, decía, me di cuenta de que hasta el último paso todo iba siempre bien, excepto una explosión de nada -que no se debe mezclar nunca un ácido con una base lo sabe todo el mundo, pero también todos sabemos que el tabaco mata y, como nos produce gran placer transgredir, fumamos-, llagas por las quemaduras en los dedos y alguna que otra cosilla, todo iba siempre viento en popa (o en proa si quieres dar marcha atrás), pero que llegando a las conclusiones todo se iba al carajo. ¿El trabajo de un mes o dos? Al carajo. ¿El dinero pedido a los amigos para subsistir ese tiempo? Al carajo. ¿Mi relación sentimental, con otro par aburrido de no tener a nadie que le abrazase por las noches ni por los días? Al carajo. ¿Yo? A tomarme un carajillo de fiado en el bar de Carlos. Y todo ello con razón, admitía.
Resulta duro admitir los errores, más aún cuando son errores que se repiten en el tiempo. No llega a ser humillante, pero tampoco es de sabios, como cuentan por ahí. De sabios es no equivocarse demasiado. Pero yo llevaba ya cuatro años y seis meses buscando mi fórmula secreta, contaba, y nada de nada. ¿Y para qué es esa fórmula?, me preguntaban, al principio, mis amigos, y cuando ya no me quedaban amigos - pedir dinero prestado y no devolverlo no es la correcta manera de mantener las amistades -, me lo preguntaban por la calle, que después de la pequeña explosión me hice famosillo. Sí, como lo leéis, famosillo, como esos personajes que salen en la tele contando que han hecho estupideces y soltando sandeces por sus enormes bocas y de los que viven, y muy bien, los caraduras televisivos (más bien, telesoides) de la prensa color Espinete. Pues así, la gente del barrio me conocía, bien como el Loco-bombas, o bien como el héroe que salvó al barrio del nuevo McDonnals - con mis mayores respetos hacia el Pato. Yo a todos les contestaba lo mismo: Es secreta. Y se quedaban tan contentos, los panolis, secreta ¡eh!, ¡ah!, era la frase más veces elegida para su respuesta a mi respuesta, o ¿eh?, ¡ah! Claro, claro, fórmula secreta, jejé. Yo los llamaba los Ehahs, onomatopéyicamente hablando, claro. Literalmente los llamaba imbéciles. ¿Es que nadie se daba cuenta de que me pasaba el día durmiendo o fumando? ¡Qué formula secreta ni qué giraldas! Lo único que quería era la pasta para sobrevivir.
Cada uno tiene su manera de sobrevivir, de llevar la vida mal que bien. Y, como cantase ya Don Kiko: Yo también tengo mi fórmula secreta.
© Gonzalo López Cerrolaza
Como las cosas malas de esta vida provienen siempre del cielo, he guardado mi fórmula secreta en lugar seguro. Pasé muchos años buscándola, pidiendo subvenciones al Estado y los amigos y contando a todos que seguía con ello, que estaba experimentando con todo tipo de mecheros de colores y que eran siempre colores lisos, pues, en los comienzos, utilizaba también los de dibujitos, pero me despistaba con las flores, las manchas de vaca, las de cebra, las letras de direcciones de bancos y estancos, los teléfonos de bares a los que llamaba y nadie me conocía, lo que era extraño, porque ¿quién da su número de teléfono a un desconocido?, etcétera. Explicaba que por eso comencé a usar solamente mecheros lisos, verdes, rojos, azules, amarillos y, en su defecto, blancos y que, sin embargo, al cabo de meses y meses de investigación científica, planteando el problema, muy relevante, por cierto, aunque con claras dificultades de resolución; revisando libros y más libros, archivos, legajos ; formulando hipótesis, de las de generalizar, que si no, ¿para qué andaba yo echándole tantas horas a los vientos?; comprando un recogedor nuevo para barrer los datos que fuesen saliendo en forma de variables, muestra, diseño ; analizando datos para, posteriormente, contrastar; extrayendo las conclusiones. Al cabo de unos meses, decía, me di cuenta de que hasta el último paso todo iba siempre bien, excepto una explosión de nada -que no se debe mezclar nunca un ácido con una base lo sabe todo el mundo, pero también todos sabemos que el tabaco mata y, como nos produce gran placer transgredir, fumamos-, llagas por las quemaduras en los dedos y alguna que otra cosilla, todo iba siempre viento en popa (o en proa si quieres dar marcha atrás), pero que llegando a las conclusiones todo se iba al carajo. ¿El trabajo de un mes o dos? Al carajo. ¿El dinero pedido a los amigos para subsistir ese tiempo? Al carajo. ¿Mi relación sentimental, con otro par aburrido de no tener a nadie que le abrazase por las noches ni por los días? Al carajo. ¿Yo? A tomarme un carajillo de fiado en el bar de Carlos. Y todo ello con razón, admitía.
Resulta duro admitir los errores, más aún cuando son errores que se repiten en el tiempo. No llega a ser humillante, pero tampoco es de sabios, como cuentan por ahí. De sabios es no equivocarse demasiado. Pero yo llevaba ya cuatro años y seis meses buscando mi fórmula secreta, contaba, y nada de nada. ¿Y para qué es esa fórmula?, me preguntaban, al principio, mis amigos, y cuando ya no me quedaban amigos - pedir dinero prestado y no devolverlo no es la correcta manera de mantener las amistades -, me lo preguntaban por la calle, que después de la pequeña explosión me hice famosillo. Sí, como lo leéis, famosillo, como esos personajes que salen en la tele contando que han hecho estupideces y soltando sandeces por sus enormes bocas y de los que viven, y muy bien, los caraduras televisivos (más bien, telesoides) de la prensa color Espinete. Pues así, la gente del barrio me conocía, bien como el Loco-bombas, o bien como el héroe que salvó al barrio del nuevo McDonnals - con mis mayores respetos hacia el Pato. Yo a todos les contestaba lo mismo: Es secreta. Y se quedaban tan contentos, los panolis, secreta ¡eh!, ¡ah!, era la frase más veces elegida para su respuesta a mi respuesta, o ¿eh?, ¡ah! Claro, claro, fórmula secreta, jejé. Yo los llamaba los Ehahs, onomatopéyicamente hablando, claro. Literalmente los llamaba imbéciles. ¿Es que nadie se daba cuenta de que me pasaba el día durmiendo o fumando? ¡Qué formula secreta ni qué giraldas! Lo único que quería era la pasta para sobrevivir.
Cada uno tiene su manera de sobrevivir, de llevar la vida mal que bien. Y, como cantase ya Don Kiko: Yo también tengo mi fórmula secreta.
© Gonzalo López Cerrolaza
¡Que no se os escapen los sueños! XVI
Como las cosas malas de esta vida provienen siempre del cielo, escuché la voz de mi pareja desde el piso de abajo. Sus jadeos llegaron de arriba, del dormitorio, estaba con otro tipo. Al verme en la puerta, mirándolos, callado, se quedó inmóvil. El tipo cogió su ropa desperdigada por el suelo y salió de la habitación y luego de la casa con el rabo entre las piernas. Ella estaba tan bonita, desnuda, despeinada, sudorosa, caliente, que no pude resistirme y le hice el amor con frenesí.
Encendí un cigarrillo. No dije nada. Ella tampoco. Disfrutamos el momento como si nada hubiera pasado, sólo aquel magnífico instante de pasión desenfrenada que hacía años teníamos a diario y que se había ido apagando como una vela se consume por el paso del tiempo. Acabado el pitillo le dije: Gracias, cariño, me has devuelto a la vida. Y ella me respondió: Lo sé, lo he notado, amor.
A veces hay que bajar del cielo para subir a la tierra. A veces hay que odiar para volver a amar.
© Gonzalo López Cerrolaza
Encendí un cigarrillo. No dije nada. Ella tampoco. Disfrutamos el momento como si nada hubiera pasado, sólo aquel magnífico instante de pasión desenfrenada que hacía años teníamos a diario y que se había ido apagando como una vela se consume por el paso del tiempo. Acabado el pitillo le dije: Gracias, cariño, me has devuelto a la vida. Y ella me respondió: Lo sé, lo he notado, amor.
A veces hay que bajar del cielo para subir a la tierra. A veces hay que odiar para volver a amar.
© Gonzalo López Cerrolaza