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Crónicas sobre mi abuelita 8. Cuidado con los bichos

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Si ya me lo decía mi abuelita: "hijo mío, ten cuidado con los bichos del bosque", y yo a veces le hacía caso. Y así me fue, que un día salí a bucear al estanque con frac y apareció una rana que me contó que si le daba un beso en la boca, se convertiría en Liliane Bettencourt, pero que podía llamarla Lili, porque ella lo valía; yo pensé que era un truco y que podía ser un tiburón disfrazado, así que salí corriendo del estanque con mis aletas de buceo y mi frac empapado, sin mirar atrás, saltando arbustos, esquivando ramas, evitando despertar a los lémures orejipeludos, a los indris y demás bichos, cuando, de pronto - casi podría decirse que de repente -, me topé con dos excursionistas que me confundieron con un pingüino e, intentando salvarme, me metieron en su mochila y me llevaron hasta una cabaña de madera que se habían construido en medio del bosque.

Allí me trataron muy bien, me dieron churros con chocolate y un libro de dibujos para colorear con ceras; luego me dieron una navaja suiza, me llevaron hasta la parte más frondosa del bosque por la noche y, ¡ale, pingüino, a sobrevivir! Así que... nada, allí estaba yo con mi frac, mis aletas y mi navaja suiza, solo en medio de un bosque desconocido, viendo pasar corriendo a Caperucita y a un grupo de enanos mineros silbando, escuchando los rugidos de los tiburones a lo lejos, pues me dio por pensar que me perseguía una manada de tiburones de rama en rama; así que no me quedó otro remedio que sacar mi móvil y pedir un taxi para volver a casa; ya en el taxi camino a casa, tuvimos un percance, casi atropellamos a una ardilla que había cruzado sin mirar.

Si ya me lo decía mi abuelita: "hijo mío,la ardillas son unos animales algo bobos".

RECUERDO DE CHAPLIN-CHARLOT

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Y recordar, al fin, las alpargatas,

las dudas y los pelos en la ducha,

las sopas de zapatos, el bigote

plagiado por aquel loco bajito.

 

Y recordar, al fin, en mil colores,

palabras musicadas en silencio,

el chico que rompía las ventanas,

la risa, la alegría de estar vivo;

la sencillez de un gesto de teatro,

bombín, bastón y grandes pantalones,

el pobre se hizo rico como pobre

con quimera dorada en su mirada.

 

Y recordar, al fin, que por amores

se mata y se asesina sin complejos,

hilvana cien verdades como puños

en negro, blanco y negro, gris teñido.

 

Y recordar, al fin, un vagabundo

que empapa con sonrisas todo llanto,

abierta carretera al horizonte,

se marcha dando pasos celestiales.

GOLPEANDO

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Les juro que así fue, casi de golpe,

nadando entre la gente -había un golpe-

y mareado tras beber un golpe

de aguardiente, le rozó de aire un golpe;

 

al banco central se fue a dar el golpe;

bajo su chaquetón, notaba el golpe

de su corazón al sentir el golpe

de efecto cuando a un cliente le dio un golpe.

 

Y la huida en coche, una curva, un golpe

de volante, la sangre, un bajo golpe

del destino que dio de gracia el golpe

y él, pálido, muriendo tan de golpe.

 

no hubo palabras solemnes, ni un golpe;

la muerte, claro, fue para él un golpe;

lo enterraron en un lúgubre golpe;

al fondo el triste mar provocó un golpe.

PARA QUE NO ESTÉN CANSADOS

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Mira, el columpio rompe el viento en un vaivén

y un par de pies colgantes rasgan papeles

mientras la risa asoma bajo una nariz redonda.

Gírate, que el balancín siempre sube y sube,

una y otra vez hasta igualar un kilo de lentejas

con un litro de batido de vainilla.

 

¡Eh! Que las palas y los cubos, y los rastrillos,

levantan muros y almenas, defensas inquebrantables

contra el paso de los años.

Oye, las metralletas, algunas veces, tan sólo matan

monstruos de aire y de armario; otras veces,

empapan de agua los odiados trajes de domingo.

 

Escucha, ¿no te parece estar junto al Mediterráneo?,

tengo una concha mágica que me regaló el abuelo.

Y dime si esta vez los indios no dejarán

que muera el último bisonte, o si, de nuevo, los vaqueros levantarán

sus vallas de alambre de espino, del que pincha como una rosa.

 

¡Vamos!, despierta ya del sueño del parque

que debemos volver con mamá y papá hasta casa;

son ya casi las ocho y ya sabes que los Lunnis son siempre puntuales;

pues los columpios deben dormirse pronto,

para estar descansados mañana a la tarde.

Si el cielo era tu infierno (para el diablillo Luismi)

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Si el cielo era tu infierno y si las llamas

quemaban con cosquillas solamente,

con risas, con tu humor resplandeciente,

escoge, que tendrás una y mil camas.

 

Si el cielo era tu infierno y ahora clamas

al viento y a la mar tan fuertemente

que tu Zamora llora penitente

viendo pasar tu vida en fotogramas;

 

y si tu infierno es cielo en nuestra tierra,

y nuestras vidas son tan aburridas

sin tu magia, tu sol, tu paz, tu guerra;

 

tendremos que subir hasta tu infierno,

sin ruido despertar almas dormidas,

bailar con tu amistad, Jimul eterno.

MIGAS SIN RASTRO

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La puerta de la entrada estaba abierta,

las escaleras bajan hasta un cielo

que está en alerta,

que está en alerta;

me harás picar cien veces en tu anzuelo,

me harás saber si esta velada incierta

te mantendrá despierta,

te mantendrá despierta.

 

Me das una de miel y otra de menta,

me invitas a pasar hasta tu cuarto

y allí me inventas

más de la cuenta;

después de provocarme tres infartos,

después, cuando ha pasado la tormenta,

te vas cual Cenicienta,

te vas cual Cenicienta.

 

La cama es un desierto mientras tanto,

la almohada es como un niño sin juguete,

como un billete

que cae de canto,

como un fantasma que murió de espanto.

 

Me siento como un traje en un armario

con frío, miedo y colgado de ti,

pez sin acuario;

una hache dentro de un abecedario

que, muda, intenta hablar; un adversario

que está solo entre mil

buscando tu mirada sin censuras,

perdiendo el alma, el siglo, la cordura.

 

Vuelves de la cocina con un beso,

me afeitas la barbilla con las manos

y me tiemblan los huesos,

y me tiemblan los huesos;

parece que han menguado los enanos

del circo de esta noche en tren expreso

que traquetea travieso,

que traquetea travieso.

 

Y mueves tu perfecto culo inquieto

de un brinco, y te vistes mi camisa

sobre tus senos,

sobre tus senos;

te sales al balcón a oler la brisa,

me quedo solo y me siento un boceto

que va de más a menos,

que va de más a menos.

 

La cama es sombra como un mar sin manto

de estrellas, una obra sin sainete,

como un boquete,

como un quebranto,

como un diablillo convertido en santo.

 

Me siento como una jaula de grillos

que gime y llora para poder salir,

un sol sin brillo;

un pino del revés; un bocadillo

que muerden sin piedad; como un barquillo

que deja tras de sí

migas sin rastro; y mientras se clausura

esta aventura,

creo que me ha invadido la locura…

 

Que empiezo a saltar desde las alturas

si no vienes aquí

y me traes tu mirada sin censuras,

que pierdo el alma, el siglo, la cordura…

 

La cama es un bosquejo mientras tanto,

como el entierro de un viejo ciprés

o uno de los quinientos dedos de un ciempiés,

como un futbolista en el banquillo; como un barquillo

que deja tras de sí migas sin rastro,

migas sin rastro…

 

No espero que construyan las aceras

hasta que estés aquí

y que amanezca (¡chas!) cuando tú quieras,

que gano el norte, el mundo, la quimera...

 

La cama es un silencio mientras tanto,

como la duda del ser o no ser

o un piso de soltero en alquiler,

como un otoño sin amarillo; como un barquillo

que deja tras de sí migas sin rastro,

migas sin rastro…

 

Me siento solo en un aniversario,

con frío, miedo y colgado de ti;

un calendario

que los meses perdió; como un corsario

que deja tras de sí

migas sin rastro, sin mapas de tesoros,

plata y oro,

a la deriva en un mar incoloro.

 

Me pierdo en laberintos de pintura

hasta que estás aquí,

hasta que se me acerca tu cintura,

y me quema el olor de tu figura.

 

La cama es una nave en el espacio

que a la deriva viaja como un pez,

como un dos que se ha convertido en tres,

como un loco buscando su tornillo; como un barquillo

que deja tras de sí migas sin rastro,

migas sin rastro…

NOCHES DE TESOROS

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Un loro lo acompañó

en sus viajes llenos de aventuras

por los bares de todo Madrid.

 

Noches de vino y pasión

brindando con jarras y con cubas

con un fresco olor a carmín.

 

Vio en bandeja la emoción

de unas piernas con champán

cuando al ir de camino a la barra

naufragó en su mirada el azar.

 

Abordó su corazón,

la endulzó con un ramo de uvas

untando nocilla en el pan:

 

- Le haces sombra al bermellón,

pues tus labios llenos de locuras

se visten de un bello azafrán.

 

Y encontró su cascabel

escondido en el ajuar

de su mapa de cuerpo desnudo

que invita a un pirata a pecar.

 

Y saliendo de un letargo

vendió su viejo camión,

pidió a la primavera su barco

y tejió con flores un cañón

que dispara por encargo

besos con sabor amargo

que, subiendo la marea,

sólo anhela, sin embargo,

ser canela en tu colchón.

 

Calaveras de marfil.

En un muelle lleno de sudores

se comparten abrazos y ron.

 

Banderas de regaliz.

Por su vientre dos manos recorren

una ruta que nadie trazó.

 

La abrazó y no se durmió

para ver amanecer

noches llenas de tesoros

que brinda con un guiño el placer.

 

Y saliendo de un letargo

vendió su viejo camión,

pidió a la primavera su barco

y tejió con flores un cañón

que dispara por encargo

besos con sabor amargo

que, subiendo la marea,

sólo anhela, sin embargo,

ser canela en tu colchón.

 

Y jamás de los jamases

pensó en poder atracar

en un muelle de retales

que, cosidos, dan un cuerpo

que siempre llueve al amar

besos que cantan al día,

cantares que labran vida

mientras mueren al azar

solitarios malheridos,

ahogados en soledad,

que se afeitaron la barba

azul, roja, negra o blanca,

que no supieron soñar,

que perdieron mil batallas,

que no tuvieron agallas

para un tesoro buscar.

20/10/2011 07:29 Gonzalo López Cerrolaza #. Canciones No hay comentarios. Comentar.

CACERÍA LUNERA

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Un globo, dos globos, tres globos... la luna es un globo que se me escapó. Y me fui a buscarla. Organicé una persecución con perros, policías, voluntarios de protección civil y hasta un grupo de ingleses se apuntaron animados con la idea de pillar por el camino algún zorro. También había focos, enormes, para iluminar por la noche, pues la luna es como los vampiros, sólo sale de noche y por el día descansa en un ataúd redondo de espuma, acolchadito, acolchadito. Los focos sólo nos sirvieron para que se uniese a la cacería Batman, el loco ése que se cree que todos los días son carnaval.

A las dos semanas de búsqueda, encontramos un número de teléfono escrito con carmín en una servilleta. Llamamos ansiosos por localizar a la luna vía gps, pero no hubo manera, pues la única que contestó fue una gorda; vamos, gorda de voz se entiende, que no la vimos físicamente, pero le oíamos masticar donuts. Pero ahí no acabó la cosa: mientras tomábamos un té soso junto a los ingleses, a uno de éstos se le ocurrió ir a la cafetería de donde provenía la servilleta: “Lilis”; y allá que fuimos, con antorchas y palos, palos muy largos. En el bar “Lilis” sólo había una camarera engullendo rosquillas a mansalva - supusimos que ella era la gorda del teléfono, aunque al único que se le ocurrió preguntar fue a uno de los tunos,... digo... a uno de los de protección civil, y la tiparraca le arrancó una mano de un bocado; así que el resto preferimos quedarnos con la duda. Bien, decía que allí sólo estaba la rellenita y diez o doce liliputienses que no sabían nada de la Luna y que tenían encerrado a Gulliver en el almacén de la derecha (en el de la izquierda había una banda de perros jugando al póker y un artista loco pintando la extraña estampa). Así que nos marchamos cabizbajos y sin luna lunera cascabelera.

Después de aquello, el grupo de cacería estaba tan chafado que decidimos disolvernos como azucarillos en el café y dispersarnos como mi amigo Emilio, que siempre anda disperso. Los ingleses se fueron a Australia a ver si ponían de moda las cacerías de canguros; y del resto no volví a tener noticia, excepto de uno de los perros de caza que se vino conmigo y al que llamé Simondice, y no fue un nombre afortunado, la verdad, porque cuando le ordeno algo, por ejemplo: “Simondice, siéntate”, me tengo que sentar; o cuando le digo: “Simondice, haz una caquita”, pues, ¡hala!, a hacer una caquita. Así que casi no le doy órdenes y por eso me torea como quiere, el chucho.

Dos años después de todo esto, ocurrió algo inenarrable.

Y cinco meses más tarde, ocurrió algo inesperado. La luna volvió a su redil para nunca más escapar. Para entonces, nos importó un pimiento a todos, ya que como no podíamos vivir sin mareas, ni hombres-lobo ni esas cosas, ya habíamos puesto en lo alto del cielo, por la noche, a una sustituta de la luna, que no era otra que la gorda de “Lilis” inflada a base darle rosquillas de helio, que, por cierto, simulaba la mar de bien a la Luna llena, pero llena, llena, llena y rellena.

 

CAPERUCITA

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Caperucita tiene tres peluches

de lobo en su cama,

quizás;

guarda horquillas de colores

en sitios insospechados;

tiene un mechón azul bajo su capa;

hace trampas cuando juega al tute

con los amigos de su abuelo,

que estuvo de viaje años atrás.



Caperucita tiene tres peluches

de lobo en su cama

y un cojín de Hello Kitty,

quizás.



Esta noche no ha salido Dexter de caza,

no ha sorprendido a la abuelita en la ducha

ni se ha enfundado el camisón.

Una caperuza roja ha desteñido en la lavadora

toda la ropa blanca.

La cesta llena de pasteles ha quedado olvidada

en la despensa, para deleite de los ratones.



Caperucita ha dejado atrás los cuentos,

se ha hecho trenzas y se ha vestido de negro

- nadie la reconocerá -

para ir al concierto de los Children

donde el lobo Laiho aullará para ella

mientras empieza a vivir

el cuento de su vida.

 

                                                                                                                                         

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CRÓNICAS SOBRE MI ABUELITA 7. A BUEN ENTRENADOR...

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Si ya me lo decía mi abuelita: “hijo mío, a buen entrenador pocas palabras bastan”, pero yo no le hacía caso, y así me fue, que me pasaba todo el día hablándole al entrenador de natación y, claro, como lo hacía dentro de la piscina mientras nadaba, pues tragaba agua sin parar - ¡cof, cof!, tosía. Y Don Perico, que así se llamaba el entrenador, me tenía tirria y me daba ánimos en plan: “¡cierra el pico, leñe!”; y yo venga a hablarle y a hablarle. Le contaba lo que había desayunado, lo que había visto en la tele, si me habían castigado en el cole... ésas cosas de la vida diaria de un estudiante de 4º EGB. Yo sabía que a Don Perico le encantaba escuchar mis historias, no por la cara que ponía, que era más bien de asco que de otra cosa, sino porque cuando decía: “¡ya no puedo más!” y se lanzaba a la piscina en plan tigre y me inflaba a aguadillas, sé que lo hacía porque utilizaba la psicología inversa, que haces o dices una cosa, pero en realidad quieres decir o hacer lo contrario (por eso se llama psicología inversa, aunque también podría haberse llamado psicología contraria, reversa, invertida, opuesta o trastornada, pero bueno, es lo que hay, no le demos más vueltas o circunvalaciones).

En fin, tras varios meses de hablarle al entrenador en las clases de natación y de muchas aguadillas, un día me dio por bucear hasta el fondo de la piscina, pues me pareció ver allí abajo un broche dorado que no era otro que el famoso broche sajón de Kingston; así que buceé y buceé, lo agarré con la mano izquierda pensando que me haría rico y subí a la superficie en una especie de caída libre hacia arriba, vamos, en subida libre. Por desgracia, el broche no era más que una horquilla de mierda con un muñequito de Piolín que, al ser amarillo limón, me hizo confundirme. ¡Maldito Tweety!

Muy enfadado, cambié la piscina por las clases de solfeo; pero no pasé del RE menor – no me preguntéis por qué. Y de ahí a las clases de Mecanografía. Venga a teclear todo el día, clic, clac, clic, clac, clic, clac... Salía de las clases con los dedos destrozados. Un día un compañero, Marcos, que tenía cara de bobo, dijo que era más rápido que yo tecleando y que me echaba una carrera. ¡Preparados... listos... ya! Y él comenzó a teclear rápido como el viento y los guepardos, a lo que yo aproveché para agarrar mi máquina de escribir, estampársela en la cabeza y robarle el bocadillo. Después de eso, me convertí en el jefe de la clase de mecanografía de nivel 0. Lo malo fue que al poco tiempo pasé a nivel 1 y allí ya había otro jefe, con lo que mi hazaña con Marcos el bobo se quedó en el olvido. Si ya me lo decía mi abuelita: “hijo mío, las tumbas se abren a cada instante y se cierran para siempre”, o algo parecido.



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