Desde aquí veo las montañas de Gijón y bailo
en las nieves de sus picos;
desde aquí huelo las rosas rojas de tu jardín en Cuzco
y la tarta de manzana de la señora de esa esquina de Azuqueca;
desde aquí palpo las mejillas suavitas
de aquellos trillizos de Ruanda
y siento en las yemas de mis dedos
el calor del Vesubio;
desde aquí le hablo al árbol más viejo de Central Park,
y al más joven, y me escuchan los sueños
con papagayos y mantas que abrigan en todos los agujeros;
desde aquí oigo a tu padre contarme el cuento
de antes de dormir y a tu hijo llorarme la incipiente
salida de uno de sus dientes, allá en vuestro París;
desde aquí, en mi Sao Paulo, saboreo las vidas
a las que no llego a vivir por mí misma, porque no soy tan alta,
ni tan lista, ni tan guapa, y tampoco tengo escalera
o taburete, para subir y llegar a los frutos de esas vidas;
sin embargo, consigo probar su néctar con mi voz y mis sentidos,
porque poseo mi mirada;
sí, tengo La Mirada, y en el mar en que navega,
no hay pirata que se atreva a robarla.