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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Cuentos para dormir renacuajos.

MI LECTOR PREFERIDO

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Él no me exige el tema del cuento, ni que el protagonista se llame como él; tan sólo quiere ser lector de oídas. Él no desea que al final se casen la dama y el caballero, ni que el malo muera o sea encarcelado entre paredes ahuesadas de noventa gramos; tan sólo necesita colorear un poco el cielo cuando está nublado. Él no sabe ni quiere saber de grandes entramados de sorpresas, de redes tejidas por mil arañas ni de problemas eternos que, al sumar cien, se resuelven en las páginas finales; tan sólo necesita mirar mis ojos para sentirse seguro bajo la manta, oír las caricias mágicas del bosque para cerrar sus ojitos. Y, lo más importante, Él no necesita que mi historia termine, pues le basta con pasar cinco minutos leyendo mis labios, para bajar sus párpados soñando con un lobo que habla, un duende que salta o un hada que sonríe, sabiendo, además, que mañana volveré para contarle otro cuento para que se duerma.

27/09/2008 19:56 Autor: Gonzalo López Cerrolaza. #. Tema: Cuentos para dormir renacuajos No hay comentarios. Comentar.

MARINELA, LA CERVATILLA SALTARINA

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A Marinela, la cervatilla saltarina, le entusiasmaba saltar. Saltaba arbustos, saltaba piedras, saltaba charcos, incluso, se saltaba las clases de Conocimiento del Medio. Y así le fue, que no conocía el medio: no sabía lo que era un río, una cordillera ni un gato montés; ella sólo sabía saltar, saltar y saltar. Marinela era una cervatilla esbelta, de piel dorada con un collar blanco de terciopelo alrededor del cuello y, como hacía tanto ejercicio, sus patas traseras eran fuertes y fibrosas, sin perder nunca esa delicadeza que la convertía en la cervatilla más hermosa del todo el bosque Fles. Al verla, los pájaros carpinteros dejaban de trabajar para silbarle y echarle piropos; los enanitos salían de la mina un cuarto de hora antes porque sabían que así se cruzarían con ella de camino a casa, los enanitos también silbaban y gritaban improperios a Marinela, todos excepto mudito, aunque su cara babeante valía más que mil palabras; y hasta Caperucita una mañana que se encontró con la cervatilla quedó tan prendada de su belleza que olvidó a dónde se dirigía con una cesta llena de dulces y silbando una canción que la hacía parecer la tonta del bote. Así era Marinela, la más molona del lugar. Se cuenta incluso que los duendes con orejas muy muy puntiagudas aplaudían al verla saltar, aunque yo no me lo creo.

 

Pasaban los días y Marinela seguía saltando sin parar, tan bobalicona ella, y los demás animalitos del bosque seguían perdiendo los ojos al verla, hasta que llegó un momento en que Pepa, la Señora Comadreja, que era ladina como una comadreja, no pudo aguantar más que su marido y sus amantes mirasen como lo hacían a Marinela y trazó un plan malvado. Lo trazó en el suelo, con las patitas delanteras, y creedme, niños, si os digo que ese plan malvado era el plan más horrible que nadie en el Bosque Fles pudo pensar jamás de los jamases ni nunca de los nuncases; el problema fue que una ráfaga de viento se llevó la arena por los aires y el plan trazado en el suelo desapareció sin dejar rastro. Entonces Pepa la comadreja decidió contratar un asesino a sueldo. Salió encapuchada y sigilosa en la noche y llegó a la Taberna del Cuervo, allí vio a Tobías, el Gato Montés, y le invitó a unos güisquis. Entre vaso y vaso le contó el asunto y su más oscuro deseo, a lo que Tobías, el Gato Montés, dijo: "¡Marramamiaumiaumiau!", se levantó tambaleándose (se habían pimplado casi dos botellas de güisqui) y salió al bosque decidido a cumplir el encargo de la comadreja.

 

Marinela, tan ingenua siempre, se encontraba saltando y saltando para vacilar delante de un par de oseznos adolescentes que la miraban absortos con granos en la cara. Nada hacía prever lo que ocurriría en aquella noche estrellada... ¡De pronto, se escuchó un rugido! (¡gggrrrmiau!), era Tobías, y sus dientes no dibujaban una sonrisa, sino ¡la muerte! (¡gggrrrmiau!); pero Marinela la tonta, digo... la cervatilla saltarina, que no había aprendido en las clases de Cono lo que era un gato montés, pensó que el gruñido sólo era uno de tantos piropos que estaba acostumbrada a oír y siguió saltando y saltando. Tobías se puso en posición de ataque mortal... sin embargo, cuando el asesinato era inminente... se detuvo. "¡Qué buena que está la cierva! – pensó - ¡me he enamorao!". Y sus dientes agresivos fueron, en un instante, tornándose en esa sonrisa que apacigua las marabuntas y duerme el vuelo de un águila, porque es una sonrisa de cupido y huele a fresas con chocolate y tiene el tacto de la seda oriental... Esos segundos fueron mágicos, los saltos de Marinela eran saltos en las nubes, los ojos de Tobías juraban amor eterno, los arbustos tenían color de rosa y los charcos eran ahora fuentes que rozaban la copa del árbol más alto. Y Marinela seguía saltando y saltando... Y Tobías notaba que el amor estaba en el aire y escuchaba a los Beatles como banda sonora de la que sería, a partir de ahora, su nueva vida de enamorado... Entonces apareció Gispi, el Papá oso, que iba en busca de sus dos oseznos adolescentes, y al ver la estampa, soltó un rugido y se zampó de un sólo bocado a Tobías y a Marinela. Eructó, se limpió la sangre de la barbilla, dio media vuelta y mandó sus hijos a dormir, exactamente igual que ahora vosotros tenéis que dormiros, ¿vale? FIN

27/09/2008 19:52 Autor: Gonzalo López Cerrolaza. #. Tema: Cuentos para dormir renacuajos No hay comentarios. Comentar.

LAS BRUJAS DE LAS GALLINAS SALVAJES

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Para que Javi se lo lea a Pablo (2ª Parte) 

En el capítulo anterior... lean el capítulo anterior, no me sean vaguetes.

 

Harino, el zorro blanco, seguía muy pachucho. Los animalitos del Bosque Fles hacían turnos para cuidarle, todos se habían unido, como si de un incendio del bosque se tratase, ante la desgracia del enfermo. Sin embargo, aún no sabían quién sería el valiente que se atrevería a cruzar la puerta mágica que daba al mundo de las brujas de las gallinas salvajes. Las leyendas sobre las brujas pirujas que se contaban en el Bosque Fles eran numerosas y todas acababan en tragedia, siempre. ¿Sería Jacobo, el duende de orejas muy muy puntiagudas?, ¿sería el Juez Bernardito, la lechuza blanca?, ¿sería el fantasma de Marinela, la cervatilla boba? Pues no, como nadie se proclamaba voluntario - bueno, nadie no, porque Piti, el Gigante Valiente, que era muy valiente porque era un gigante, sí que quería ir, pero se había hecho un esguince el día anterior jugando a la petanca y le fue imposible -, decía que como nadie excepto Piti se atrevía, Saturnina, la piraña bermellón, decidió enviar a las ardillas, que al ser tan tontas ni se enterarían del riesgo que corrían y, en caso de que sufriesen un final terrible y nunca regresasen al Bosque Fles, nadie las lloraría demasiado. En fin...

Las brujas de las gallinas salvajes eran siete y se llamaban: Carmen, Aurora, Alicia, Cristina, Sofía, Érika y Laura. Estaban jugando a la comba tan tranquilas cuando, de pronto, se encontraron con catorce ardillitas temblando de miedo acercándose por la derecha y haciendo un círculo alrededor de la comba. ¡Qué estampa! Siete brujas hechas y derechas rodeadas por catorce ardillas bobas a las que hubieran podido aplastar de dos pisotones por bruja. Una de las ardillas intentó hablar, pero no se la entendía nada, por suerte, las brujas sabían un montón de idiomas y cómo solucionar los problemas del habla y los nervios psicológicos y, entre todas, ayudaron a la ardillita a exponer el problema. El problema no era otro que * y las brujas decidieron ayudar a las ardillas, "son unos bichos tan bobos que no merece la pena comérselos, a ver si nos van a contagiar", habían pensado todas. Total, enviaron a Javier y a Rodrigo, los practicantes del Bosque Fles, en la superambulancia de David y Manolo para que curasen a Harino con dos inyecciones mágicas, una por nalga; y así pasó, el zorro blanco se recuperó y ya nunca más faltó a su cita con las gallinas salvajes, aunque, por los efectos secundarios de las inyecciones, ahora eran las gallinas salvajes las que asustaban al zorro blanco, pero bueno.

Ya les dije que leyesen el capítulo anterior.

FIN

- ¿Y las ardillas?

- Las ardillas ¿qué?

- ¿Qué qué pasó con ellas?, ¿fueron las heroínas del Bosque por haber salvado a Harino?

- ¡Hum!, sí, podrían haberlo sido, pero como eran tan poco avispadas, no recordaban el camino al Bosque Fles y tardaron varios meses en regresar del mundo mágico de las brujas salvajes, así que para cuando volvieron a casa, ya nadie se acordaba de ellas. Venga, ahora a dormir, que es viernes y tengo que irme de fiesta.

EMPACHO DE GALLINAS SALVAJES

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Para que Javi se lo lea a Pablo

El día que Harino, el zorro blanco, no salió a asustar a las gallinas salvajes, todos en el Bosque Fles se preocuparon un montón. ¡Uf! Como para no preocuparse, Harino llevaba diecisiete años sin faltar un solo día a su cita con las gallinitas salvajes. Los animales decían: "mira, por ahí va el zorro Harino, a asustar a las gallinas", y así era cada mañana, hasta haberse convertido en una fotografía típica del Bosque Fles. Por eso fue que la mañana que nadie vio al zorro, el Juez Bernardito mandó a los guardabosques a su choza, a ver si le había pasado algo. Los guardabosques, que no eran otros que Pin y Pon, dos muñequitos de "Famosa" más pequeños que los diminutos y que andaban a saltos porque sus piernas no eran móviles, tardaron en llegar a la casa del zorro más que un hobbit en tirar un anillo de latón a un río, pero llegaron. Allí se encontraron a Harino tirado en el suelo medio muerto y decidieron avisar al Médico del Bosque Fles. José Antonio, el Médico, apareció en un pispás junto a David y Manolo, los superconductores de la ambulancia, a la vez que todos los habitantes del Bosque se reunían alrededor de la casa del zorro para ver qué pasaba, más por el morbo que produce una situación de esas características que por la preocupación de que algo grave le pasase al zorrito. Josecito - que así lo llamaban los animalitos - hizo un rápido reconocimiento a Harino y le diagnosticó un empacho de gallinas salvajes. "¡Oh!", dijeron todos, "¡un empacho de gallinas salvajes!". Ahora sí que se preocuparon de verdad. Resulta que un empacho de gallinas salvajes es una enfermedad realmente contagiosa y mortal y sólo tiene una cura posible: conseguir el perdón de las brujas de las gallinas salvajes. Con todo, Josecito volvió a su clínica mientras David y Manolo hacían sonar la sirena de su ambulancia a toda mecha.

FIN

- ¡Noooooooooooo! ¿Qué pasó, qué pasó? ¿Qué hicieron las brujas?

- Mañana os lo cuento. Ahora a dormir.

EL OCTAVO INCENDIO DEL BOSQUE FLES

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El Bosque Fles se incendió muchas veces, mogollón, pero, sin lugar a dudas, el octavo incendio que sufrió fue el peor de todos. Tras él, no quedaron ni los huesos de Marinela, la cervatilla saltarina.

Allá por el año del Cangrejo enano, más o menos, Dani apareció por el Bosque Fles. Dani era un niño de dos años que había salido con sus padres al campo a comer paella un domingo cualquiera; como quiera que fuese, el caso es que aquel domingo hizo un calor de los que derriten la forja del herrero y prenden las cucharas de palo de las brujas pirujas. Dani, quien aunque pequeño era muy espabilado, se escabulló por entre las piernas de los mayores y se fue al río a darse un chapuzón, pero claro - ya lo decía el padre de Piaget - los nanos de dos años no son buenos nadadores olímpicos, y pasó lo que tenía que pasar: la corriente que atrapa en sus fauces al incauto, los gritos de los mayores pidiendo auxilio, papá Rafa que se tira al agua vestido para salvar a su retoño, un hada-sirena que aparece con un fogonazo mágico, le limpia los mocos al peque con un cleenex y desaparece pensando que es la más chachi del mundo, el cocodrilo dando vueltas alrededor del niño creyendo que cenará filetes tiernos... y la salvación: Saturnina, la piraña bermellón, que andaba por allí y no tenía otra cosa mejor que hacer que salvar a pequeño humano y llevarle en brazos (en aletas) hasta el Bosque Fles. Lo normal en estos casos.

Luego, los pensamientos del pequeño: que si qué bosquecito más frondoso, que si qué florecillas más saladas, que si qué ardillitas más bobas y muchas más cosas en diminutivo. En cinco minutos, Dani deseaba volver a casa con sus papis y sus juguetes y llegar a tiempo para ver Los Lunnis; y como no se le ocurrió otra cosa, sacó de su bolsillo el mechero que le había escamoteado a tito Gonza - esto es, a mí - y prendió fuego a diestro, siniestro y ambidiestro hasta que no quedó ni un árbol sin arder y pudo divisar el camino a casa.

En casa todos se abrazaron contentos y felices, parecía el final de un capítulo de cualquier teleserie; sin embargo, en el Bosque Fles los pocos supervivientes lloraban desconsolados, parecía la mitad de un capítulo de cualquier teleserie. Entonces Saturnina, la piraña bermellón fue a pedir ayuda a Rafa y éste, que era más majo que las pesetas y los céntimos de euro, se fue con sus herramientas a pasar dos días en el Bosque Fles dando a todos los animalitos sesiones dobles de bricolaje, con lo que, tras pasar por la ferretería más cercana, todos los animalitos pudieron arreglarse sus ahumadas casitas, chalets y madrigueras. Desde entonces, cada año, los animalitos invitan a Rafa, a Gema y a Dani al Bosque Fles a comer champiñones, eso sí, antes de que el nano ponga un pie en el bosque, lo registran para ver que no lleve ningún mechero.

FIN

- Papi, ¿de verdad que todos los animalitos volvieron a construirse sus casas?

- Siiiiiiií... Bueno, casi todos. Las ardillas, que ya sabéis que a las pobres les faltan dos veranos, suspendieron el curso de bricolaje de Rafa y tuvieron que emigrar al lado oscuro del Bosque, pero ésa es otra historia. A dormir.

PATAS DE GALLO

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- Cuéntanos el del gallo Kiriko, porfa.

- ¿El del Gallo Kiriko?, ¿otra vez?

- ¡Siiiiiiiiiiiiií!

- ¿Con el final bueno o con el final malo?

- ¡Con el bueno, con el bueno!

- ¡Ufff!, en fin... Ahí va...

 

 

¡POBRE GALLO KIRIKO!

 

Era tan madrugador él... Cada mañana, al salir el sol, el gallo Kiriko despertaba a todos los animalitos del bosque Fles con su dulce canto:

¡KIKIRIKIIIIIIIIIIIIÍ!

 

¡Kikirikí!, ¡ains!, así los despertaba, aunque a veces le daba el punto y lo que cantaba era Shakira, contoneando todas sus plumas. Había que verle, el Gallo Kiriko, a sus treinta y nueve años de edad, bailoteando a lo Shakira.  

 

¡POBRE GALLO KIRIKO!

 

Pero llegó una mañana en que no despertó a nadie, su canto no se escuchó en el bosque Fles, se había ido de paseo a Toronto y no le dio tiempo a volver antes de que saliese el sol. Pero bueno, así era él, todo un aventurero. De camino a Toronto se encontró con una autoestopista asesina, la subió a sus lomos y la llevó hasta un motel. Allí... bueno... creo que la invitó a cenar un sanwich mixto. Ella quedó conmovida por la amabilidad de Kiriko y por sus ojitos de querubín y decidió dejar su vida de autoestopista. Siguió asesinando, eso sí, pero ahora, mientras disparaba a diestro y siniestro, además conducía una Harley.

 

¡POBRE GALLO KIRIKO!

 

Ya en Toronto, por lo visto, el gallo Kiriko hizo nuevos amigos, luego los deshizo y se volvió para casa. Los animalitos del bosque Fles seguían durmiendo apaciblemente cuando oyeron un fuerte:

¡KIKIRIKIIIIIIIIIIIIÍ!

 

Así que, con lágrimas en los ojos por el hijo pródigo, se vieron obligados a cogerle por el cuello y meterlo en el horno para que nos dejase dormir, con una pizca de limón, ¡je!, sólo dejaron las patas.

 

¡POBRE GALLO KIRIKO PUÑETERO!

FIN

 

- ¡Biennnnnnnnnnnnnnnnn! ¡Otra vez, otra vez!

- No no no, ahora a dormir, que si no mañana querréis comer alitas de pollo, y ya he puesto las lentejas en remojo.

- ZZZzzz... 

TOÑÍN Y SALAH, LA ARDILLA ASESINA, Y EL CUENTO SIN FIN

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(Sí, lo sé, es de Los Cuenteros, pero me gustaba para esta sección) 

Érase que no se era, niños, un día muy muy soleado... vamos, que estaba oscuro oscuro - igualito que un día no soleado -, total, que nuestro amiguito Toñín - que no es que se llamase así, pero no nos acordamos de su nombre - no había salido a pasear cantando "tralararí tralarará" al bosque Fles, porque era alérgico y un pelín vaguete, así que decidió quedarse en casa sobando. Y claro, ni se encontró con un búho sabiondo llamado Bernardito ni rescató a ninguna princesa de las temibles garras de Salah, la ardilla asesina. Tampoco le importó, ya que la idea que tenía Toñín de las princesas de los cuentos de hadas era que debían ser más lelas aún que las hadas madrinas, que ya es decir. Él prefería a las brujas pirujas y a las brujas no pirujas, ésas que te enseñan a distraer y a robar al descuido y vender las joyas de los ricachones en el mercado negro. Pero volvamos al momento que nos ocupa, el del día no soleado:

Toñín - o Rigoberto, que no recuerdo bien su nombre -, se encontraba vagueando en su choza de caña y barro, una choza de chichinabo que le había okupado al primer Cerdito - sí, hombre, el primero de tres hermanos que se dedicaban a la construcción y decían oink, oink -, casi tan vago como Toñín, aprovechando que se encontraba en viaje de promoción del cuento: Los Tres Cerditos se construyen un adosado en Benidorm, y había dejado la puerta abierta. ¡De repente, apareció un ser maligno! ¡Era Salah, la ardilla asesina!... ¿Y sabéis lo que pasó, niños? Pues yo tampoco.

Y ESTE CUENTO NO TIENE FIN

- ¡Ah!, por eso es un Cuento sin fin, ¿verdad, papi?

- Muy bien, bonito, vas pogresando... ¡A dormir!

03/03/2007 11:05 Autor: Gonzalo López Cerrolaza. #. Tema: Cuentos para dormir renacuajos No hay comentarios. Comentar.

DE AHÍ SU APODO

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El Saliva vivía en un árbol hueco del bosque Fles. Toda su vida fue un viajero errante, vagó de un sitio para otro sin echar raíces; había aprendido mil idiomas y conocía el sabor de las frutas de cualquier árbol; sin embargo, no fue hasta que llegó al bosque Fles cuando supo del verdadero amor, no de ese cosquilleo que sienten los adolescentes al agarrarse por la cintura en el baile de fin de curso, sino aquel amor que atraviesa las montañas como un túnel y serpentea los mares como un tiburón, aquel amor que no marchitan las rosas ni se distrae en el olvido cuando las cosas no marchan bien. El Saliva había conocido en el bosque Fles a Diadema, la ardilla más bonita que nadie pudo jamás contemplar, tenía los ojos de avellana, la boca de piñón y la voz de las Suprems. Se casaron en octubre ante la alegría de todos los animalitos del bosque Fles; habrían preferido casarse en primavera, pero la lechuza, el Juez Bernardito, no pudo darles otra fecha para la celebración. Con todo, fue un día mágico para El Saliva y Diadema, fueron dos amantes eternos y roedores incansables hasta que la muerte los separó. Por desgracia, Diadema no supo salir de un círculo de fuego que se creó durante uno de los inumerables incendios que sufrió el bosque Fles. El Saliva, por su parte, no podía dejar de ser una ardilla y, como bien sabéis, las ardillas no son unos animales que se distingan por su inteligencia ni por su valor, más bien son bobas y cobardicas, así que El Saliva corrió y corrió sin parar al oler el humo desde su cama y no se dio cuenta de que dejaba a Diadema dormida, pues no se acordó de despertarla; la dejó sola, dormida y sin posibilidad de escape.

 

El entierro no fue por la Calle del Pescado, porque el Bosque Fles no tiene calles, sólo caminitos como el de Caperucita. Fue muy triste. El Saliva no paraba de llorar añorando esos días de azúcar que había vivido junto a su amada; las demás ardillitas y el resto de animalitos y bichos del bosque también lloraban echando de menos esos ojos avellana, esa boquita piñón y esa voz a lo Suprem. Todos lloraban. Todos excepto Diadema, que estaba muerta, y los muertos no lloran.

 

El Saliva vivía en un árbol hueco del bosque Fles. Toda su vida fue un viajero errante persiguiendo una estrella, hasta que la encontró, sintió su calor y vio cómo se apagaba. Desde entonces, nuestro amigo ardilla se dedica a escupir (¡puaj, puaj y más puaj!) desde su árbol a todo el que se mueve, de ahí su apodo.

 

-  ¡Bieeennn, bieeennn! Jajajá, ¡qué bueno! ¿Nos lo cuentas otra vez?

- No, ya es tarde, pero si os dormís ya mismo, mañana os cuento el Cuento de Bori el Hurón Meón.

- Zzz, zzz, zzz…

UN BOMBERO EN EL BOSQUE FLES

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Un día Joselito el bombero, yendo al bosque Fles a apagar un incendio cualquiera,  se topó con un caracol. El caracol le dijo: “Joselito, Joselito, el fuego es uno de los cuatro elementos, así que no me seas elemento y no gastes el fuego”. Pero Joselito siguió su camino en busca de un incendio que apagar. ¡De pronto, dio con sus pies en un hormiguero! La hormiga madre le dijo: “Joselito, Joselito, el agua es uno de los cuatro elementos, así que no me seas elemento y no gastes el agua”. Pero Joselito siguió su camino en busca de un incendio cualquiera, para apagarlo. ¡De repente - TICO TICO TICO TICO -, oyó un ruido extraño! Era un pájaro carpintero. El pájaro carpintero le dijo: “Joselito, Joselito, la tierra es uno de los cuatro elementos, debe renoverse para volver a florecer, así que no me seas elemento y no guardes la tierra gastada”. Pero Joselito siguió su camino en busca de un fuego que apagar con agua para salvar la tierra gastada. Y así pasó, que el aire (el cuarto de los cuatro elementos) no pudo propagar su fuego por todo el bosque Fles, ya que el imbécil de Joselito se dedicó a apagar todos los frentes ardientes que el aire intentaba extender. Luego, a la noche, Joselito se fue a casa a dormir, tan tranquilo.

 

Pero ahí no acaba la cosa. Los tres animales mágicos a los que Joselito no había hecho ni caso se unieron, formaron un clan asesino, y aún hoy, en las noches de focos del campo de fútbol encendidos, se puede ver a un caracol, una hormiga y un pájaro carpintero hablando en círculo, planeando la mejor de las maneras de asesinar al lelo de Joselito, quizás ahogándole, quizás quemándole en la hoguera, quizás enterrándole vivo, quizás haciéndole volar contra las rocas…

 

-         Uf, ya se han dormido… ¡menos mal! Me estaba quedando sin historia…

-         ¿Pero qué pasó, Gonzalo, cómo mataron al bombero idiota?

 

-         Cuando tengas cinco años te lo contaré antes de dormir.

  FIN


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