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NO ME QUEDA MÁS REMEDIO

NO ME QUEDA MÁS REMEDIO

No me queda más remedio. No sé cómo acabó pasando aquello, pero el caso es que, en la mañana del dos de enero, ocurrió. Los pajaritos cantaban, las nubes se levantaban, mi perro me despertaba lamiéndome la cara para que le abriese la puerta de casa y poder salir a mear… hasta ahí todo parecía normal. Sin embargo, por hache o por be, aquel hombre llamó al timbre de mi casa mientras yo acababa de leer "El jubilado iracundo" de Javier Marías y escuchaba algunas versiones de "Sobreviuré" en Té la mà María (uno de mis blogs preferidos para la lectura matutina) y, por equis o por ka, abrí la puerta y le invité a un café. Era un tipo grande, no excesivamente alto, ni excesivamente gordo, pero tenía unos hombros enormes, tanto que casi pasaba por las puertas de lado. Se sentó en el sofá y yo me quedé de pie viendo cómo hablaba, pues no había dejado de hablarme en ningún momento. Él parloteaba y parloteaba y yo asentía como si le entendiese perfectamente, aunque andaba pensando en otras cosas y, la verdad, más que escucharle, le oía. Total, que al cabo de una media hora y dos cafés, le invité amablemente a marcharse de mi casa alegando que no necesitaba ningún tipo de enciclopedia sobre animales; el hombre hizo ademán de levantarse, pero sin conseguirlo, dado que estaba sufriendo un infarto mortal y, claro, al ser mortal, poco se podía hacer. Me dijo: “¡ayúdeme!” y le respondí: “¡pero si es un infarto mortal!”, gritó: “¡help me!” y espeté: “no hablo Alemán”. Y murió, con una mano en el pecho y la otra en el segundo tomo de la enciclopedia, el de los tiburones tigre (que son más peligrosos que los blancos, a veces). En ese momento, yo, que no estaba muy acostumbrado a que un extraño se muriese en mi sofá, solté un suspiro, no muy grande, más o menos así: ¡ais!; luego metí la mano en su chaqueta, cogí su cartera y las llaves de su coche y salí pitando de la escena del infarto. A los tres minutos de estar conduciendo a gran velocidad, vamos, a sesenta por hora en una urbanización donde el máximo es treinta, me di cuenta de que me había dejado la lavadora puesta y se me iban a arrugar las camisas, por lo que decidí regresar. Al entrar al salón me encontré a mi perro dándose un festín con el cadáver, no con él como comensal, sino como plato principal. Los enormes hombros del vendedor de enciclopedias habían desaparecido en las tripas de mi perro. No se me ocurrió otra cosa que decirle al chucho que siguiese y que no dejase ni las migas. Y así lo hizo, muy obediente él. Tendí la ropa y seguí con mi vida normal.

 

Días después, llamaron al timbre, pero no abrí.

 

Ya en marzo, me pararon por la calle unos policías y me preguntaron por un tipo grande que vendía libros. Yo me puse muy nervioso y no se me ocurrió otra idea que invitarles a mi casa a tomar un café, invitación que aceptaron con mucho gusto. Pero no me quedaba café, así que les serví unas cocacolas y empecé a contarles todo lo ocurrido. Se morían de risa, sobre todo, mientras narraba la merendola que se dio mi perro con el cadáver. Eso me molestó un poco. No es de buen gusto burlarse de alguien en su propia casa, en su refugio, en su hogar. Así que cogí un hacha que tenía a mano y les corté la cabeza. Pillé las llaves de su coche y me fui a toda pastilla con la sirena de policía sonando, ¡qué divertido!, pero recordé que era la hora de “Rebelde”, el capítulo 157, ¿recordáis?, ¿aquel en el que parecía que al fin llegaría el desenlace pero que luego no sólo no terminaban los problemas, sino que todo se enlazaba y enredaba más y más?, pues ése, y volví a casa a verlo. Al entrar en el salón, mi perro jugaba con una placa de policía sobre el sofá, no quedaba ningún otro resto de los dos hombres recién asesinados. Vi la telenovela y, después, seguí con mi vida normal.

 

A la mañana siguiente, llamaron al timbre, y abrí la puerta. Era una exploradora de ocho años con voz de pito que vendía galletas de menta para no sé qué viaje al Polo Norte; justo en el momento que iba a deleitarme con una cancioncita sobre castores y otros bichos de esos, ¡se la eché al perro! Y seguí con mi vida normal.

 

Un tiempo después, me dio por escribir mis memorias en un diario, y me puse a ello. Cuando terminé, guardé el diario en lugar seguro para que nadie lo encontrase jamás; cuál fue mi sorpresa al llegar hoy a casa y verte a ti, lector, leyendo mis memorias y descubriendo el pastel. ¿Ves a mi perro relamiéndose? Lo siento, amigo, ya te he dicho que no me queda más remedio.

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9 comentarios

Cerro -

Gracias, Espuma. Un abrazo.

Espuma -

¡¡Bestia, más que bestia!!

:-(

aún así, te deseo un radiante año, Cerro.

;-)

Cerro -

Gracias, Gladys y Nofret por vuestros comentarios. Besos.

NOFRET -

Hola Cerro, tanto tiempo! :)
Vaya con tu perro, por las dudas, yo por tu casa ni pinto! En serio sí que tienes imaginación! (podrías prestarme un poco...)
Un gusto leerte, trataré de ser más asidua, que lo disfruto mucho.

gladys -

Hace tiempo que no pasaba por aqui, y lo lamento, aunque no tanto, no me gustaría encontrarme con tu perro.. Si él se está relamiendo, no sabes como me ha dejado a mi.
Felicitaciones. Y feliz año... un poco tarde no?
Gladys

Cerro -

Feliz año, Perseida. Besos.

mj -

!Feliz Año!
Muchos besos, siempre al Sur.
Mj

Cerro -

Gracias, Tela. Feliz año.

Té la mà Maria -

Hace poco viste Pulp Fiction no ? como se te ha ido la olla, esto se tiene que publicar, ademas hay publicidad de blogs encubierta y te van a dar una pasta que para que.

buen año colega !!!
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